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Madrid, 15.01.2005. Teatro Real. G. Rossini, Il barbiere di Siviglia. Emilio Sagi, dirección escénica. Llorenç Corbella, escenografía. Renata Schussheim, vestuario. Eduardo Bravo, iluminación. Juan Diego Flórez (Conte d’Almaviva), Bruno Praticò (Dottor Bartolo), María Bayo (Rosina), Pietro Spagnoli (Figaro), Ruggero Raimondi (Don Basilio), Marco Moncloa (Fiorello), Susana Cordón (Berta), Enrique Sánchez Ramos (Un ufficiale), Juan Carlos Robles (Ambrogio). Orquesta Titular del Teatro Real. Coro de la Comunidad de Madrid. Gianluigi Gelmetti, dirección musical. Ocupación: 100%
Enrique Sacau
La noche operística empezó con la profunda tristeza del minuto de silencio dedicado por el público del Teatro Real, en pie, a la soprano Victoria de los Ángeles. Un recuerdo que hizo pensar en la grabación discográfica de su ‘Rosina’ y en tantos papeles y canciones que en su vida interpretó. A ella se dedicó, sin embargo, una representación de Il barbiere di Siviglia de Rossini que no estuvo a la altura de sus méritos: ni nos reímos para poder entretener la pena de su pérdida, ni disfrutamos de ópera de calidad.
La noche estuvo lastrada desde el principio por la producción escénica de Emilio Sagi, a quien he visto dirigir cosas mejores que ésta. Contradiciendo lo que él mismo dice en la entrevista publicada en el programa de mano, Sagi convierte Barbiere en una bufonada con tintes folclóricos dejando las características de comedia burguesa para otros directores. Y lo hace cambiando a los personajes: el ‘Dottor Bartolo’ es un histrión, el burgués ‘Figaro’ un vendedor ambulante, los criados son muchos más de los que un ‘avaro brontolone’ querría contratar y el pueblo de Sevilla está sólo compuesto por ‘flamenquitos’ que bailan por las calles. Y es que Sagi quiso hacerlo todo nuevo y se equivocó: las bromas tradicionales no estaban y las nuevas no hicieron gracia, como demuestra que apenas se oyeron risas entre el público de la sala.
A ello contribuyó la confusión provocada por el horror vacui, que llevó a Sagi a llenar el escenario de cosas innecesarias que entorpecían (sillas por el suelo, una columna griega, pajaritas de papel…) y a mover a los actores con poca gracia, estropeando así el efecto chocante de la llegada de ‘la forza’ al final del primer acto. Con respecto al quadro de stupore habría mucho que hablar: que ‘Figaro’ soborne al ‘ufficiale’ para que entre en la casa contradice la dramaturgia de la ópera, puesto que se acaba con la sorpresa que se lleva el policía; que sea ‘Figaro’ y no el ‘Conte’ el que se queda fuera del cuadro es un absurdo, cuando es precisamente ‘Figaro’ el único que no toma parte y se dirige al público (‘Guarda Don Bartolo / Sembra una statua’). Mucho ruido, pues, en un escenario lleno de sirvientes que se movían y que cambiaban las habitaciones de sitio mientras los actores cantaban. Un gran jaleo. Bonita idea, eso sí, que los dos amantes se vayan en globo al final de la ópera.
La realización de la escenografía tuvo sus más y sus menos. Resultaron estupendos los decorados de Llorenç Corbella, que se movían silenciosamente, algo tanto más importante cuanto más molesta resultaba la manía de Sagi de pasearlos durante los números. Mención negativa merece el vestuario, que pecó de excesiva profusión de lunares (todo el mundo parecía llevar lunares), y de referencias a la commedia del arte (el ‘Dottor Bartolo’ resultaba un monigote de ésta en versión postmoderna). El traje fucsia del ‘Conte’ en la escena final no había por dónde cogerlo. Peor, si cabe, la iluminación de Eduardo Bravo. Algún crítico ha objetado que la luz era ‘poco sevillana’. Pero es que además de eso, que no es importante, las casas de la derecha hacían sombras en las de la izquierda (acto I) y la luz venía de todas partes haciendo sombras por doquier (Acto II). Recordaba esas escenografías antiguas en las que los cantantes, a veces, hacían sombra en las nubes del fondo… En fin, muy mal.
Tampoco acabó de volar la cosa musicalmente, entre otras cosas, por causa del foso. La Orquesta Titular del Teatro Real se ocupó como pudo de la edición crítica de la obra bajo la batuta plana, anodina de un Gianluigi Gelmetti que, además, tocó lamentablemente la guitarra para acompañar al ‘Conte’ en su serenata del primer acto. No fueron infrecuentes los desajustes, si bien no la tónica general, pero no hubo ni un momento de chispa. Sonaron aislados abucheos cuando entró en el foso para dirigir el segundo acto.
El reparto resultó irregular. Pietro Spagnoli tiene una voz ancha, broncínea y potente, pero algo sucedió en el primer acto que se lo pasó ahogado y gritó al final del ‘Largo al factotum’. En el segundo acto estuvo en su sitio y aunque su ‘Figaro’ no es divertido, en esta parte resultó vocalmente irreprochable. Recibió abucheos Bruno Praticò, cuya voz no dijo nada como ‘Dottor Bartolo’. Se le oía poco, el timbre resultó pobrísimo, fraseó sin agilidad e hizo muy poco servicio al médico sevillano. María Bayo se equivocó de medio a medio cantando la parte de mezzo: pareció estar marcando la ópera todo el rato y sonó pesante en la coloratura. Sólo tomó altura cuando subió al agudo, donde quedó claro que es una soprano. ¿Por qué no cantaría como una soprano durante toda la ópera?
Convenció en sus dos intervenciones el veterano Ruggero Raimondi como ‘Don Basilio’: una vez más demostró que donde esté un buen actor, la ligera tirantez vocal se olvida. Se llevó una ovación cerrada del público. Y arrasó, sin más, el increíble Juan Diego Flórez. Cada vez que lo veo en directo, me gusta más. No sólo actuó bien, sino que lució sus agilidades, su timbre limpio, agudo fácil, buena proyección y, como siempre, muy escaso volumen. El teatro se vino abajo cuando cantó el ‘Cessa di più resistere’, que resultó alucinante.
Muy bien Susana Cordón (una estupenda ‘Berta’) y bien Marco Moncloa (‘Ambrogio’), pero lógicamente no hicieron por levantar el vuelo de una noche que empezó triste por Victoria y acabó del mismo modo. Ya le dedicarán otra cosa más lucida, espero.
21.01.2005
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