
Última de las cuatro óperas verdianas grabadas en estudio por Carlo Maria Giulini, tras
Don Carlo,
Rigoletto y
Falstaff. En todas ellas, Giulini había modificado sustancialmente el aspecto y el significado de las obras con respecto a la tradición, transformando
Don Carlo en un mosaico de derrotas privadas,
Rigoletto en una pugna sin tregua por la conquista de la dignidad y
Falstaff en una comedia mucho más amarga y oscura que aquello por lo que se la tenía. En
Il Trovatore, la seriedad con la que el maestro acomete la partitura adquiere también contornos novedosos y muy interesantes, a partir de respeto extremo por la partitura (solo la Pira permite puntaturas tradicionales sin las que, probablemente, en 1984 el disco no se hubiera vendido -ni quizá Domingo lo hubiera grabado-) y con esas "brumas" románticas pero doloridas tan típicas de Giulini, que nunca pierden la racionalidad pero siempre son conmovedoras. Globalmente, con todo, no diría que se produzca una resignificación de la obra similar al de los ejemplos anteriores (quizá la obra tampoco se presta a tanto), pero, en momentos concretos (Finale II, Pira, que por una vez es la expresión extrema de la rebelión interna de una persona, y no atletismo tenoril, escena de la prisión) descubrimos nuevos sentidos a una partitura, al menos en otros tiempos, tan frecuentada.
Los hombres son excelentes. Domingo está espléndido de voz, musical y muy expresivo; su complicidad con Giulini es especialmente evidente. Zancanaro es algo menos musical, pero la voz es muy bella y el canto es magnífico. Nesterenko tiene quizá los medios más plebeyos, pero es un artista disciplinado y logra un momento de verdadero embrujo en
È credenza che dimori ancor nel mondo y lo que sigue.
Las mujeres dan dos interpretaciones extrañas. Rosalind Plowright, con la que yo tenía muchas ganas de ser clemente pero no, tiene una voz muy hermosa pero un agudo justito, coloratura muy aproximada, y sobre todo, una gran dificultad para unir el centro al agudo, lo que la hace cantar todo el rato con una cautela tan cautelosa que complica el legato y diluye el fraseo. No es que cante "mal", pero te tiene todo el acto IV pensando ayayayayayayayay que no la líe (y en la cabaletta, con todo, la lía bastante). Brigitte Fassbaender canta e interpreta mucho mejor, pero la suya también es una Azucena extraña. De entrada, porque el instrumento y los modos de cantar no tienen nada de verdianos. Pero, sobre todo, porque si bien en algunos momentos, y muy en especial en la escena de la prisión, la inteligente mezzo berlinesa sabe ser muy sugerente sobre el esquivo papel de Azucena (neurótica, nerviosa, como si su trauma vital la hubiese llevado a una ansiedad constante que no le permite encontrar la paz, un poco a lo Kundry), a ratos, y especialmente en los descensos al grave, se pone en plan melodramática de folletín como si, inesperadamente, quisiera ser Fiorenza Cossotto. Y no.
En suma, un Trovatore serio y oscuro pero muy lúcido, que quizá no sea la versión más trepidante, accesible o divertida para conocer la obra, pero que, gracias al enorme talento de Giulini, resulta una audición óptima para volver a ella en la madurez.