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Vuelve la ópera en temporada regular, vuelve a nuestras vidas. Vuelve para establecerse el ritmo rutinario, que se consigue con la vuelta al trabajo, el fútbol dominical (aunque, hoy en día, siempre hay fútbol) y la temporada de ópera. Estamos de nuevo caminando.
Un año más, un año menos, para buscar, para disfrutar, para criticar, para compartir las cosas buenas que tiene la vida.
E igual que empiezan los cursos con incertidumbre, pero ilusión los niños al ir al colegio, así hay que enfrentarse al nuevo curso operístico, que ha de traer algunas cosas buenas, algunas cosas malas, algunas sorpresas y algunas decepciones. La vida misma.
Temporada se inaugura con un Fausto que hacía mucho que no se veía en Valencia (16 años), operón que siempre es muy disfrutable si alguien no lo estropea.
Es una coproducción de Les Arts con alla Scala, la Staatsoper de Berlín y el Real, toma ya, prime escenografía.
Pues la producción es resultona y ha gustado a varios de mis allegados, pero, a mí, no. Y eso que Johannes Erath me tenía ganado con los Cuentos de Hoffmann que nos trajo a Valencia y fueron una auténtica delicia, un derroche de inteligencia y de trabajo.
Pero este caso, no, que no me ha entrado. Y para decir eso hay que ser valiente (me remarcó el gran Amolaópera), porque, a mi mujer, que siempre tiene razón, si que le gustaron. Pero a mí, no.
Pasan muchas cosas todo el rato, demasiadas. Y distraen. Algunas tienen sentido, otras no. Algunas logran un efecto interesante, otras no. Saltimbanquis, equilibristas, números circenses, la Commedia dell’arte, el teatro dentro del teatro, sombreros gigantes, escaleras que suben, prostitutas que miran por la ventana, etc… Al final demasiadas incongruencias e incoherencias. Ya me contarán porqué Valentin es Pierrot y Marguerite es Colombina. Fausto es un bobo y Mefistófeles es un gamberro que se cambia unas 20 veces de vestuario. Y como era el estreno, lleno de desajustes, como el trozo de bigote que se le quedó un rato en un moflete al bueno de Esposito con los leotardos mal puestos en un cambio de vestuario demasiado rápido.
Si Erath me hubiera explicado que quería contarnos en cada momento, puede que me hubiera gustado más. Aunque no creo, porque pasaban demasiadas cosas, demasiados detalles, constantemente, lo que molestaba y distraía y requería de los cantantes un esfuerzo que afectaba a su prestación. Muy trabajado, pero a veces sin sentido.
Tubo detalles muy logrados, vale, como el juego de sombras en el que se ve como Mefistófeles mueve los hilos de Fausto, pero otros inexplicables como el que Valentín, mientras canta su maravillosa aria, le esté tirando cuchillos a Margarita cual espectáculo circense.
Bueno, como irá al Real y aun faltan foreros por escribir, ya contradecirán o contradirán, que se puede decir de las dos maneras.
La orquesta, excelentemente dirigida por el suizo Lorenzo Viotti, una de las promesas más prometedoras del mundo mundial. El maestro de Lausana iba cantando con la boca una obra que, en su francés natal, se sabe de memoria. La orquesta brilló cristalina, casta y pura y se fundió con la magnífica música de Gounod. Excelente.
Sólo un pero, aunque no achacable ni a la orquesta ni al maestro. Por motivos probablemente espurios, montaron las dos primeras filas de asientos desmontables, dejando una orquesta alargada y apelotonada, cuando en Fausto es suficientemente numerosa (6 contrabajos, por ejemplo) como para dejarles el máximo espacio orquestal. Eso hizo que se acumulara prácticamente todo el viento (flautas, oboes, clarinetes, fagots y trompas) en el lado izquierdo del foso y muy esquinado, sonándome descompensado, desde mi localidad, sobre todo en el primer y segundo acto.
Fausto fue Iván Ayón-Rivas, que canta bonito, me dio la impresión de que el papel le viene grande. Además, es un poco tosco interpretativamente. El papel de Faust, que es de maravillosa música, me parece el menos conseguido psicológicamente, carente de personalidad y, prácticamente, sólo un enamoradizo trivial y poco profundo. Iván arriesgó en el do del Salud demeure y casi falla estrepitosamente, pero se aplaude su valentía.
Mefistófele fue un excelente Alex Esposito. Fue de los Mefistos que se mueven más por lo grotesco que por lo perverso, travieso y casi entrañable. Trabajó como un enano, sudó como antes de las pausas de hidratación, y nunca perdió ni lugar, ni línea, ni compostura. Excelente.
Margarita fue una buena Ruth Iniesta. La producción quiso robarle parte del personaje entrañable y tierno que interpreta con unos movimientos grotescos y un vestuario y peluquería incongruentes. Pero Ruth cantó bien, segura y esforzada en una producción también muy exigente para ella.
Valentin fue Florian Sempey, un clásico en el papel, que gusta mucho por doquier, pero yo lo vi justito. Su preciosa aria no me gustó y en la escena de su muerte y maldición se la pasó haciendo el gilipollas desde media hora antes de fenecer.
Siebel fue una excelente Ekaterine Buachidze. Bonita voz, hermoso timbre y acertada actuación. Tuvo que hacer menos el bobo que los demás, aunque se vistió también de colombina haciendo de espejo de Margarita en otro momento que no entendí.
Marthe, vestida de monja toda la obra (???) fue una siempre cumplidora Gemma Coma-Alabert.
El coro, soberbio. El coro de los soldados excelente.
En fin, un comienzo irregular, porque, a veces, menos, es más. O, a veces, demasiado, es demasiado.
Saludos
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