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Lo primero de todo es celebrar la programación de esta olvidada y preterida composición de Mascagni, que suele aparecer vinculada al verismo operístico —en el que el maestro de Livorno fue un auténtico buque insignia—, aunque realmente anticipa (o, mejor dicho, participa) del impresionismo/simbolismo, pues la riqueza, complejidad y audacia de su orquestación recrea ambientes, ideas, símbolos, paisajes y estados de ánimo, mucho más que situaciones propiamente dichas, como aquellas que el mismo Mascagni abordó en algunas de sus otras óperas (éstas sí veristas avant la lettre). Una obra, en definitiva, cuyos méritos (y son muchos) descansan, fundamentalmente, en lo musical, pues el libreto es de una endeblez dramática y una simpleza tan escandalosas que nos hacen admirar aún más el talento del compositor, por haber sido capaz de levantar con él tamaña partitura. Y es esta última razón —el contraste entre la grandeza de lo musical y la flojedad de lo teatral— la que me hace preguntarme si acaso no habría merecido la pena realizar un mayor esfuerzo para ofrecer esta Iris —es la primera vez que se representa en el Real— con un montaje escénico que habría ayudado a realzar la música y a reforzar un texto que, francamente, ganaría mucho con apoyo visual. Pero bueno, es lo que se nos ha ofrecido, y menos da una piedra. Habrá que conformarse.
Pasando al terreno estrictamente musical empezaré haciendo referencia a la correcta y aplicada concertación de Daniele Callegari, aunque se le vio demasiado atento a la soprano protagonista (para la que redujo el volumen de la orquesta en más de una ocasión, como ya se ha señalado), y bastante menos sutil en el conjunto de la función, con una orquesta cuyo sonido se caracterizó más por el volumen y el empastado, que por la delicadeza y la construcción de atmósferas. Bien el coro, aunque también algo desatado de volumen. En ambos casos, dicha circunstancia se vio incrementada por el hecho de que la orquesta tocó sobre el escenario (no en el foso), y el coro frente a una concha que amplificaba su sonido.
Dejando a un lado el tema de la gestualidad —si es impostada, o responde, más bien, a una implicación emocional sincera de la intérprete—, me limitaré a señalar que el de Iris no es papel para Ermonela Jaho, pues requiere una soprano de mayor fuste y caudal sonoro. Baste recordar, al respecto, que la soprano elegida por Mascagni para estrenar el papel fue Hariclea Darclée, una cantante con grandes dotes actorales y dramáticas, cierto, pero dueña también de un instrumento spinto y flexible, que le permitió atender a las exigencias de la parte y a dar vida, por vez primera, a personajes como Tosca, o Wally. No es extraño, por ende, que, salvo en la franja superior —donde la Jaho se mueve con más comodidad— el resto de la tesitura se oyera bastante desguarnecido, sin el volumen, la potencia y el color necesarios. Por esa razón, seguramente, la soprano albanesa —conocedora de tales limitaciones— cuidó la línea de canto, el fraseo y desplegó dinámicas, ofreciéndonos una lectura correcta del personaje, aunque con las carencias ya señaladas.
A Gregory Kunde —un intérprete que merece todo mi respeto, por su intachable trayectoria y la formidable reinvención que ha llevado a cabo como tenor— ya se le van notando las costuras derivadas de la edad y del repertorio más pesado que lleva incorporando hace años. Es cierto que la franja superior de la tesitura sigue siendo muy importante, pues tiene punta, brillo y volumen —lo cual es fundamental en un papel tan exigente e ingrato como el de Osaka—, pero la falta de homogeneidad entre registros resulta ya demasiado evidente, con un centro desguarnecido y una zona grave que suena inflada y poco natural. Todo lo cual hace que la línea de canto se vea seriamente afectada. Además, se ha ido acentuando un vibrato que compromete y dificulta mucho el adecuado despliegue del canto spianato y las frases largas. Con todo, el de Illinois —que inició su carrera como belcantista—, sigue manteniendo su savoir faire técnico (como se vio en la adecuada lectura que hizo de la complicada Apri la tua finestra, que se mueve en la zona de paso), la inteligencia interpretativa, y esa innata musicalidad que le está permitiendo arrostrar, con dignidad y más o menos acierto, el repertorio que frecuenta desde hace tiempo.
No me pareció que la prestación del barítono Germán Enrique Alcántara fuera tan destacable como han hecho ver las diferentes críticas que se han ido publicando estos días. El papel, desde luego, tampoco permite un gran lucimiento, pero sólo puedo decir que el argentino estuvo correcto, sin más.
En cuanto al bajo surcoreano Jong Min Park, debo decir que no me gustó. La voz impacta por su reciedumbre, volumen y oscuridad, pero está emitida de manera tan cupa y lóbrega que apenas logré entender una palabra de lo que el intérprete cantaba. Además, a nivel interpretativo resulto demasiado plano y monótono, sin presentar apenas contraste y emoción para caracterizar al personaje (que tampoco se distingue, precisamente, por su variedad o dinamismo).
Estupenda y entregada la Dhia/Geisha de Carmen Solís —dueña de una voz con mayor peso que la de la protagonista—, muy interesante y expresivo el mercader-trapero de Pablo García-López y bien el resto de comprimarios.
Función disfrutable, que habría ganado muchísimos enteros si se hubiera presentado escenificada. La ocasión lo merecía.
_________________ "Tornate all'antico e sarà un progresso" (Giuseppe Verdi, compositor y genio).
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