Ventajas y riesgos de la nostalgia.

Célebre y alabadísimo disco del que diría que conserva casi intacta su capacidad de persuasión. Carlo Bergonzi da muestras del esperado magisterio verdiano en todo momento en expansión melódica, fraseo, sentido del drama, elegancia y, en suma, eso que se ha venido a llamar
parola scenica verdiana (sin duda, es el tenor de la discografía que mejor ha comprendido qué significan musicalmente las continuas repeticiones de la frase
Dio mi lascia in abbandono, y el aria es excepcional). Magisterio del que también va sobrado Cornell MacNeil, que canta en estilo en todas las dinámicas en cualquier lugar de la tesitura y es capaz de una cordialidad musical y humana que hace cierta como nunca la frase
In terra un padre somiglia Iddio per la bontade, non pel rigor. Shirley Verrett es una Duquesa excepcional por la tremenda belleza del instrumento y la sagacidad de su fraseo (a destacar la escena del interrogatorio de Luisa) y solo de la encantadora Anna Moffo cabe decir que ha podido perder cierta vigencia. La astuta soprano es muy consciente de lo que puede y no puede hacer con sus medios (si se mira con detenimiento, el de Luisa Miller es un papel tremendo, con muchas y muy distintas dificultades para la soprano que lo aborda), y por ello, se esmera en detallar un fraseo que vaya al corazón mismo del melodrama. Sin duda lo consigue, y en ese sentido, su Luisa es conmovedora y personal, pero repasada hoy, el personaje así construido aparece un punto pasado de lagrimita y de suspirito en los momentos en que la vocalidad del papel no le es propicia. Cleva organiza el discurso teatral de forma profesional y coherente, pero no mucho más. En resumen, una gran grabación que sigue siendo un clásico de la discografía.

Grabación bastante envejecida, dentro de que, ya en los primeros 80, una puesta en escena tan opulenta y kitsch como teatralmente inerte, el entonces aún medianillo nivel de la orquesta del MET y (si bien quien tuvo, retuvo) los 57 años que se gastaban la soprano y el tenor tampoco eran lo más de lo más de la vanguardia.
Bonynge claudica de entrada: consciente del momento en que se encuentra el reparto (y en particular, su esposa) y de que la orquesta no tiene nada de poesía, realiza todo tipo de cortes propios de los años 50 (en 1983 aún cabía esperar al menos, de un músico de su talla y de Alfredo Kraus, el dúo de la torre que aquí se escatima), acelera tempos y "envuelve" algo la melodía donizettiana, pero menos de lo habitual. Qué duda cabe de que Joan Sutherland está aún en condiciones de dar grandísimos momentos de canto en su aria del primer acto y en la locura, pero a su concepción romántica e idealizada, casi abstracta, de la heroína donizettiana no le va bien ni su edad (la fastidiosa comparación con sus asunciones anteriores es tan injusta como inevitable) ni su limitado juego escénico. Tampoco es el mejor Edgardo de Alfredo Kraus, que hace aquí todas esas cosas por las que sus incondicionales le aman, pero también unas cuantas de las que generan el rechazo de sus
haters: emite de forma modélica y el estilo siempre es aristocrático, pero la voz suena cansada, el sonido más ajado que de costumbre, el personaje impostado (el dúo del primer acto les queda artificialísimo y especialmente poco conseguido). Pablo Elvira y Paul Plishka se preocupan casi exclusivamente de sus páginas solistas y los secundarios están bastante mejor de lo usual en la época cuando el templo americano hacía ópera italiana. En suma, una Lucia con grandes nombres pero más de momentos que de fluidez teatral, que, sin embargo, aún es disfrutable si la nostalgia tiene el día indulgente.