
Sigo fascinado por esta genial ópera. La única vez en mi vida que vi "De la casa de los muertos" de Janaček fue en 2005 en el Teatro Real, posiblemente igual que muchos madrileños, a menos que la hayan visto fuera. Y fue con José Van Dam en el rol de Goryanchikov, Marc Albrecht en la batuta y el montaje de Klaus Michael Grüber.
En 1992, se estrenó este montaje en el Festival de Salzburgo, cuando el siempre añorado Gerard Mortier era regente del festival. La Filarmónica de Viena, que ya la interpretó en la mítica grabación de Mackerras, vuelve a atreverse con esta dura y al mismo tiempo bella ópera, que hace sentir la frialdad de la prisión spiberiana en la que transcurre la obra, y que recurre al lirismo y a la belleza cuando se trata de transmitir los sentimientos de los personajes cuando cuentan sus historias y cuando sufren los castigos de los guardias.
El montaje de
Klaus Michael Grüber tiene la escenografía y vestuario del español
Eduardo Arroyo. El montaje es amplio, sencillo, utilizando pocos decorados y usando mucho la iluminación. Esa luz azul de fondo a veces recuerda a Wieland Wagner. Pero también puede convertirse en su lastre, ya que la hace más estática de lo que ya puede ser. No ayuda tampoco el rapado de medio cabello que confunde a los prisioneros. Aunque verlos a todos con ese peinado y su uniforme amarillo da una sensación de uniformidad, de que para el estado zarista los presos no son más que números, desperdicios sin la mayor necesidad de atención. Es la personalidad de cada uno lo que hace esta languidez más llevadera. En el primer acto, hay un enorme árbol en el medio, y un águila, que es un actor disfrazado de este animal. Los presos yacen sentados junto a un muro, mientras cosen botas. En el segundo acto, que transcurre en el río Írish, la iluminación sugiere alguna que otra silueta de barco, mientras los presos trabajan en un bote real. La representación de "Don Juan" transcurre a oscuras y con un cielo estrellado, en vivo recuerdo que era en un espacio reducido del escenario. En el tercer acto, sólo hay una pequeña torre donde el preso viejo hace la vigilia de todos los demás que duermen en el suelo. Al final, vuelve el árbol del primer acto, y cuando a Goryanchikov le dan sus pertenencias, todos se alejan mientras se queda abrazando a Alieya, quien parece hacer ademán de irse cuando cae el telón.
Claudio Abbado dirige a una
Filarmónica de Viena apoteósica como siempre, ahora con unos tempi rápidos y una interpretación enérgica, en la que se siente el dinamismo que casa bien con la obra de Janacek. Precioso el violín en la entrada de Goryanchikov, por poner un ejemplo solista. Mención al coro masculino de la ópera de Viena, especialista en Janaček.
En un reparto coral como el de esta obra poco puede destacarse por separado.
Nicolai Ghiaurov es el protagonista, pero no tiene interpretaciones relevantes, dentro de las cuales se ve que aún está bien de voz. Pero en esa época (1992) habría que verlo en Verdi. La soprano
Elzbieta Szmytka es un Alieya de voz dulce. Grandes tenores como
Philip Langridge como Skuratov,
Heinz Zednik como Shapkin o el veterano
Josef Veverka como el viejo prisionero se encuentran en el reparto. Mención especial a
Monte Pederson como Siskov, no siendo la voz más imponente pero sí lo suficientemente convincente en su larga escena del tercer acto. Como curiosidad,
Andrea Rost es la voz de una campesina que se oye fuera de escena en el segundo acto, una voz preciosa.
Esta producción fue editada en VHS, por Deutsche Grammophon, de hecho está en una colección de vídeos de ópera con subtítulos en español. Pero no ha salido en DVD, algo sorprendente dado su alto valor. Quizá porque en las versiones de Boulez y Chéreau, o la reciente de Castorf y Young, tenga serios competidores.