Con él llegó el escándaloSi bien es cierto que desde 1951, el escándalo no ha dejado de acompañar a Bayreuth, primero con los montajes de Wieland Wagner, que en su tiempo hicieron añicos la tradición wagneriana, aunque en 2024 serían ultraconservadores, hubo que esperar hasta 1972 para que Bayreuth tuviera su primer contacto con el Regietheater. Hacía tan solo seis años que Wieland había muerto, y la efervescencia creativa y los altos niveles artísticos estaban en declive. Aceptando su propia incapacidad para mantener dichos niveles con su sola capacidad artística, Wolfgang Wagner contrató a
Götz Friedrich, un joven director de escena de Alemania del Este, para dirigir Tannhäuser. Hasta entonces, los montajes de Wieland para esta ópera ya habían puesto a prueba al público con sus coreografías que fueron calificadas de obscenas y en 1961 había afrentado a la ortodoxia wagneriana con la Venus negra de Grace Bumbry. Pero no se imaginaban la que se les vendría encima.
Friedrich era alumno de Walter Felsenstein, quien en la RDA estaba revolucionando la escena con un movimiento llamado "regietheater", centrado más en el drama y en lo escénico, que en ponerse al servicio de la música. Como bien diría Frederic Spotts, ese año el público se convirtió en la aristocracia de Wartburg y Friedrich en Tannhäuser. En 1978, en su último año, esta producción volvería a hacer historia, esta vez para ser la primera de Bayreuth en ser filmada íntegramente.
Tannhäuser es un alter ego de Wagner, un artista rebelde, inconformista, que no es comprendido por la refinada y religiosa sociedad de su tiempo, y de pensamientos volubles, dividido entre el amor puro de Elisabeth y la pasión desenfrenada de Venus, claramente enamorada de él. Un creador libre que no encuentra su sitio. Friedrich se hace eco de todo esto, aplicándole los métodos del regietheater. La obertura es escenificada: en una plataforma escénica, rodeada de cortinas negras, con un pequeño hoyo triangular sobre la que se desarrollará el montaje, aparece Tannhäuser solo, con su lira, pensativo, ansioso, antes de que aparezca una furibunda bacanal, coreografiada por el mítico
John Neumeier, mucho más radical y sexual que la de Wieland. Unos largos hilos rojos aparecen en el escenario, con los bacantes, dando rienda suelta a frenéticas danzas, con guiños a fetichismos y a dominación sadomasoquista, con algunos bailarines vestidos de cuero y con máscaras. Al final de la misma, aparecen tres esqueletos, guinda final de una orgía de perversiones, muerte y destrucción. Venus aparece enmascarada, con un vestido solo de mallas que deja ver su desnudez (esta realmente un disfraz), una diosa sensual, sádica y frívola, con un aire a Joan Crawford. La segunda escena (y también decorado del tercer acto) es toda la plataforma desierta, con la estatua de la virgen a un lado. Los peregrinos que van a Roma llevan a cuestas una cruz de madera. Los caballeros cantores del Wartburg aparecen en comitivas, con sospechosos uniformes de cuero que recuerdan a ciertas alimañas que mandaban en Alemania hacía tan solo unas pocas décadas. El acto segundo muestra a la sala del Wartburg elevada por muchos escalones, dando una idea del excluyente y elitista mundo que Tannhäuser dejó por el Venusberg. Durante la entrada de los invitados, se levantan los estandartes. El vestuario de las damas, pajes y ujieres es medieval, pero el de los invitados masculinos es totalmente negro, con placas e insignias, y chaquetas de cuero que recuerdan descaradamente a las SS nazis, e incluso tras el famoso coro hacen un amago de saludo romano. Un arpa al que hay que tocar marca los turnos de los cantores, aunque Wolfram, Tannhäuser, Biterolf y Walther impiden a los pobres Heinrich Schreiber y Reinmar tomar su turno pese a que no paran de intentarlo. Cuando cae en desgracia tras cantar su himno, Tannhäuser desciende por los escalones, una muestra de la caida en desgracia de quien contraviene las reglas, algo que podría aplicarse hoy en día a la cultura de la cancelación, ¡quién se lo diría a Friedrich! El tercer acto es la misma plataforma del primer acto, toda desierta. En el preludio del mismo, se ve a una Elisabeth envejecida, sufriente, llorando por su amado. Wolfram la observa, acompañado del pastorcillo. Llegan los viejos peregrinos y Elisabeth no les encuentra. Tras su plegaria, se arrastra sola por todo el escenario, ofreciendo ese sacrificio a Dios. Al final, Tannhäuser agoniza mientras el coro de jovenes peregrinos, con el escenario oscurecido, como si fueran en realidad los ángeles, cantan fuera de escena anunciando el milagro de su redención. Tras exhalar su útlimo aliento, todo el coro canta sus últimas líneas, con el escenario iluminado, cierra la obra en apoteosis final.
Friedrich reduce, como ya hizo Wieland, el escenario de cualquier atrezzo innecesario para concentrarse en la escena, reduciendo la representación a la esencia más absoluta de la obra. Lo consigue, no solo por el atrevido montaje, sino por la impresionante dirección de actores, conseguida por solventes cantantes y la excelente cámara: así captamos las expresiones de ansia y luego casi orgásmicas de Tannhäuser en el primer acto, la frivolidad de Venus, la incondicional, dulce pero al mismo tiempo enérgica Elisabeth en el segundo acto, y luego totalmente destruida en el tercero, la pasión y la química con Tannhäuser, cuando éste canta su himno a Venus, cómo él cae en la silla de ella extasiado, y luego la expresión doliente de ella durante el resto del acto, cómo intentan tocarse, separados por los escalones, antes de que él se vaya a Roma y le despida con un gesto trágico.
Colin Davis dirige la
Orquesta del Festival de Bayreuth de manera notable, ágil, con tensión dramática, de tempi más bien rápidos, que acompañan a la tragedia más que recrearse en la majestuosidad de la música. El
Coro del Festival como siempre de alto nivel.
Spas Wenkoff interpreta a Tannhäuser. Uno se pregunta por qué este tenor búlgaro no tuvo mayor estrellato del que merecía y más presencia en las grabaciones de óperas wagnerianas, ya que supera por mucho a Kollo, Domingo, Jerusalem o Hofmann. Wenkoff es un tenor de voz abaritonada, timbre heroico, emisión firme, volumen potente, y que no llega cansada a la gran escena de la narración. Además es un excelente actor, ya que sus expresiones (en el acto segundo transmite la sensación de Tannhäuser de que ninguno de sus rivales está a su altura) y movimientos transmiten la tragedia del personaje.
Gwyneth Jones supera con creces el reto de interpretar a Elisabeth y Venus, algo que pocas sopranos hacen en vivo (en Madrid lo vimos con Angela Denoke en 2002), y en una tesitura más cómoda que la Brunilda del Anillo de Boulez-Chéreau que cantaba por esa misma época en Bayreuth. Aquí no aparece tan gritona, es más, la voz es bella, firme, y hay destellos de lirismo, lo que hace pensar que Jones quizá debió ceñirse a las heroínas wagnerianas "ligeras". Y como actriz es conmovedora, de hecho su mejor momento es la plegaria final de Elisabeth, tanto en lo vocal como en lo actoral.
Bernd Weikl es un Wolfram excelente, quizá le falta un poco de grave, pero le sobra en nobleza y elegancia.
Hans Sotin también es un más que solvente Landgrave, aunque las sorpresas vocales vienen tanto del mítico
Franz Mazura en su breve intervención como Biterolf, excelente, y de
Robert Schunk como un Walther más romántico, heroico, que el habitual comprimario. El niño
Klaus Brettschneider, de los Tolzer Knabenchor interpreta al Pastorcillo, algo que pocas veces ocurre en esta ópera.
Esta producción controversial supuso una primera terapia de choque para el conservador público de Bayreuth, y una trayectoria que tras el Anillo de Chéreau y Boulez supondría ya un punto de no retorno. Nunca antes se había representado Tannhäuser de forma tan cruda, y musicalmente sigue siendo la más redonda de las producciones de esta ópera filmadas en Bayreuth, y un clásico en DVD junto al viejo montaje del Met. Hay que conocerlo.