Anoche vi, en un video procedente de Bruselas, la Tosca "de la discordia", movido por la curiosidad ante los comentarios leídos aquí y por los comentarios que me llegan por whatsapp.
Al ver el nombre de
Rafael R. Villalobos en cartel, lo primero que se me viene a la mente es ¡cuánto tiempo ha pasado y cómo hemos cambiado! Cuando entré hace 14 años en esta casa, había una comunidad muy unida aunque temperamental, en la que además había un importante sector joven, del que han salido algunas figuras importantes del panorama operístico español. Me parece estar aún frente de varios de estos jóvenes, el sr. Villalobos incluido, en colas para entradas del Real o enormes quedadas foreras como la que tuvimos después de una función de La Ciudad Muerta en el Real en 2010. Ahora Villalobos es un nombre en ascenso meteórico al estrellato lírico.
Dado que no iré a estas funciones, me he conformado con ver el vídeo procedente del Théâtre de la Monnaie bruselense, la primera producción con público tras la pandemia en ese país, sin perjuicio de lo que haya podido cambiar para las representaciones en el Liceu.
Arte, poder y sexo, son tres conceptos que están presentes en la Tosca de Puccini y en la terrible película Saló o los 120 días de Sodoma, del cineasta romano Pier Paolo Pasolini. En ambas obras, el abuso de poder y el sexo conforman un monstruo de dos cabezas que aniquila la dignidad humana, y contra el que el personaje de Mario Cavaradossi en la ópera, y Pasolini con su película se rebelaron con éxito y les costó la vida. Teniendo en cuenta el carácter perverso y libertino de Scarpia y los cuatro oligarcas de la película, y el revolucionario, radical e idealista de Cavaradossi, mas el filosófico y crítico de Pasolini, con la ciudad de Roma como común denominador, no es de sorprender que a Villalobos se le ocurriera unirlos en su particular montaje.
El resultado es un montaje que quizá no resulte demasiado provocador para los que estamos curados de espanto, o hemos visto la película, definitivamente más aterradora que esta producción a la que el propio Villalobos ha tildado de "conservadora", afirmación que no se aleja de la realidad, desde el punto de vista de un espectador moderno. Sin embargo, la idea de mezclar Pasolini, Saló y Tosca, puede resultar insoportable para el público conservador, mayoritario en el Liceu, y por eso entre los más veteranos no hay más que palabras de indignación. Con este panorama, no sorprende que Alagna y su mujer huyeran del reparto, sino que lo sorprendente, para mí, es siquiera que el Liceu confiara en mantener a Alagna y este montaje en cartel sin saber que el francés iba a salir corriendo.
El montaje es una única plataforma escénica, poco decorada, circular, una escenografía minimalista, algo que parece habitual en las producciones de Villalobos a juzgar por lo visto en su Così de Sevilla y el Orphée de Madrid. Hay una virgen, hay un retrato femenino imponente, pero no hay mucho más. El vestuario es moderno, sencillo y hay pocos figurantes en escena. No hay coro en escena, sino que canta fuera de ella. En época covid podría entenderse, pero ahora pienso que se trata de una reducción a los detalles más íntimos y oscuros del pathos de cada personaje. En el primer acto, ya aparece Pier Paolo Pasolini, y los monaguillos son adolescentes crecidos, con un parecido a las víctimas de la película Saló. La plataforma escénica tiene cuatro arcos abovedados, que cuando gira la plataforma escénica se muestran pinturas de cuatro perros ladrando. Scarpia, parece más bien un villano un poco afeminado, neurótico, pero al mismo tiempo capaz de ser brutal desde la delicadeza. De hecho, me recuerda al Magistrado de la película Saló que interpreta Umberto Quintavalle. Al final del primer acto, no hay Te Deum, el coro no aparece, y al final aparece Tosca vestida como una obispa, aunque en su sotana blanca aparece una calavera.
El segundo acto es donde empieza la parte provocadora. En uno de los palcos, mientras suena la canción "Love in Portofino", se ve a Pasolini y a Pino Pelosi, el prostituto que le asesinó, flirteando, bailoteando, besándose, e incluso se ve a Pasolini pagándole por sus servicios. Si en Barcelona todos protestan, aquí no parece protestar nadie. Se abre el telón y se ve a Scarpia disfrutando su cena, mientras un niño (el joven Pasolini, quien vivió los excesos de los fascistas italianos en la guerra) amordazado se sienta con él en la mesa. En los arcos aparecen cuatro pinturas de tres mujeres y un hombre desnudos, uno de ellos el soldado colaborador comunista que muere asesinado, puño en alto, por los cuatro libertinos en Saló, interpretado por el actor Ezio Manni. Los esbirros de Scarpia se divierten claramente torturando a Mario y atormentando a Tosca, en una actitud que recuerda a los colaboradores de los libertinos en el film de Pasolini. Y mientras esto ocurre, los monaguillos del primer acto ahora aparecen desnudos, repartidos por la sala, y uno de ellos se tumba desnudo en la mesa, tras depositar unas flores (en otra clara alusión a la película), mientras que otro es abrazado por Scarpia al principio de la escena de la tortura, de la que se ve cómo Spoletta y Sciarrone marcan a Cavaradossi a la vista de Tosca y del público. Cuando Tosca y Scarpia se encuentran solos, éste saca su vena más babosa, desabrochándose la camisa, mientras que a Tosca le ofrecen una caja que al abrir ve horrorizada su contenido. Durante el Vissi d'arte, Tosca acaricia tiernamente a uno de los pobres muchachos desnudos, que había sido arrojado literalmente al suelo por Scarpia. ¿Qué contendría la caja que horroriza a la diva? Pues unos juguetes sexuales, una correa y un arnés sadomasoquista. Scarpia espera que Tosca lo domine, pero finalmente le mata. Antes de salir, libera a Pasolini, el cual estaba también amordazado. Antes de que Tosca se vaya, el director le entrega un vestido rojo.
El telón baja, esta vez mostrando un cuadro de una mujer desnuda degollando a un hombre.
El tercer acto recrea el asesinato de Pasolini. Mientras el niño pastor (aquí un contratenor) canta su canción, se ven las luces de un coche, a Pino Pelosi de pie mientras ve agonizar a Pasolini. El telón se levanta y en la plataforma giratoria aparecen las letras del momumento a Garibaldi "Roma o morte".Cavaradossi es traído a escena, y mientras canta el E Lucevan le Stelle, Pasolini consigue levantarse y empatizar con el pintor. Luego aparece Tosca, pero su primera reacción no es abrazar a Mario sino enfocar a Pasolini, como si quisiera cerciorarse de algo, tras lo cual finalmente corre a los brazos de su amado. La apariencia de Tosca, con esa capa roja encima, y con el físico de la soprano de turno, termina por dárseme un aire a la mismísima Maria Callas, colega y amante de Pasolini, lo cual no deja de tener su simbolismo, teniendo en cuenta lo que la soprano griega significó para esta ópera y para el director romano, quien hizo una película de Medea con ella. Al final, cuando Tosca descubre que Mario ha sido fusilado realmente, el escenario se abre y siguiendo una luz cegadora, la diva desaparece y se baja el telón.
Esta producción que escandaliza al público del Liceu, que lo encuentra un sacrilegio, una estupidez o fallido para la prensa, termina por resultarme interesante en su paralelismo entre Cavaradossi y Pasolini, aunque más entretenida que provocadora y escandalizante.
De la parte musical puedo decir que la soprano
Myrtó Papanatasiu es una Tosca que empieza un tanto ligera pero termina convenciendo con su desgarradora interpretación en los actos segundo y tercero, que
Pavel Cernoch es un bellísimo Cavaradossi, quizá el más guapo que he visto nunca, si bien la voz pese a tener un bonito timbre le falta heroismo, garra, y de hecho en el primer acto es completamente inexpresivo.
Laurent Naouri en cambio es un excelente Scarpia, tanto en lo vocal como en lo actoral, dando una imagen diferente del brutal villano, pero no menos aterradora. Y la orquesta dirigida por
Alain Altinoglu es de gran nivel.
En fin, hasta aquí mi humilde visión de esta producción que ya era polémica desde meses antes de subir el telón. Solo quiero reafirmarme en lo interesante de esta visión y que finalmente la discusión que está generando es claro indicio de que no deja indiferente a nadie, y eso es un triunfo para la escena lírica, para el teatro, y para el propio señor Villalobos, al que seguiré deseándole la mejor de la suertes en su ascendente y cada vez más prometedora carrera.
Si no asistirán a las funciones, pueden hacerse una idea del montaje en
este vídeo completo procedente de Bruselas.