
Aprovechando que he visto Aida dos veces en el Real ( y admito que, vería una tercera si pudiera), he malgastado dos horas de mi tiempo, porque ni siquiera he sido capaz de verla completa, ya que terminaba por dormirme, con la Aida polémica, aunque yo diría ridícula, de la Ópera de París dirigido por la regista
Lotte de Beer.
En 2021, con los grandes teatros europeos cerrados, la Ópera de París dio una función en streaming y sin público de una de sus producciones más esperadas, la Aida dirigida por Lotte de Beer, la nueva enfant terrible de la dirección operística, dispuesta a dar nuevas lecturas de los clásicos, desde un punto de vista moderno, feminista y antirracista. Los catalanes recordarán sus polémicos Pescadores de Perlas en el Liceu (los del reality), aunque esos me gustaron.
Para De Beer, y no muy alejada de la tónica actual de la Ópera de París, Aida es una obra que destila colonialismo. Y la solución que encuentra la señora, es que dado que es racista y ofensivo pintar a los cantantes de negro, es ambientar la obra en el París de la época de Verdi, en pleno siglo XIX. Aida y Amonasro vienen representados por dos marionetas que expresan los sentimientos de los personajes, mientras éstos tienen que cantar detrás de los titiriteros que mueven los muñecos, éstos presentando las facciones de personas de raza negra. No hay cantantes negros, ni pintados de color para representar etíopes, sino dos marionetas con rasgos muy africanos, quizá basados en las esculturas de los diferentes pueblos de este continente. Pero además es un movimiento escénico muy complicado ya que detrás de los muñecos están los titiriteros y detrás de ellos el cantante, de tal modo que Radamés no le declara su amor a la soprano, sino a una muñeca. De hecho, el primer acto tiene lugar en un museo. Aida es la estatua a exhibir, a la que Radamés canta su Celeste Aida, acariciando la vitrina. Radamés parece ser un militar europeo, y Amneris una dama decimonónica, además de que Ramfis parece más bien un marchante de arte y el Rey un monarca también a la europea,aunque sea el único cantante negro del reparto. En la escena del templo los personajes pasean mirando las diferentes obras de arte expoliadas a África. En la escena de Amneris y Aida, las doncellas son señoras en corsé, y Amneris le saca la verdad a la marioneta, ya que teme compartir a Radamés con una muñeca. En la escena triunfal, hay un enorme lienzo donde en los seis minutos de la marcha triunfal y el ballet, se recrean con actores vivos, diferentes obras maestras de la pintura. De hecho el final de esa escena es la Amneris como la Victoria de Samotracia, y Radamés a su lado. A partir del tercer acto es escénicamente tedioso, aunque no deja de ser incómodo ver a Radamés cantar el dúo de amor con una marioneta, mientras la pobre soprano está detrás. El acto cuarto empieza en una sala vacía, pero ricamente empapelada como en el siglo XIX, de fondo verde. Al final de la escena del juicio, los visitantes del museo son los sacerdotes. El final de la obra es realmente grotesco: en un escenario ya desierto,aparecen en el suelo varios muñecos africanos, tirados, desmembrados, y el dúo final es ver a Radamés acariciando y cantándole a los restos de lo que fue la marioneta de Aida. Al acabar de cantar, la soprano abandona el escenario, mientras Radamés yace abrazado, aferrado a esta muñeca.
Musicalmente, en cambio tuvo un acompañamiento notable, con
Michele Mariotti dirigiendo a una estupenda
Orquesta de la Ópera de París.
Sondra Radvanovsky canta una Aida sensacional, con una voz exquisita, especialmente en los pianissimi, marcándose un O Patria Mia impresionante. El vibrato es el que es, y la dicción la que es, pero la soprano estadounidense demuestra que quizá no sea solamente la mejor opción para el rol, sino que este sea su mejor papel de todos.
Jonas Kaufmann en cambio no está ya para Radamés. La voz en esta obra ya no suena ni aguda ni grave, sino una mezcla intermedia no tan agradable de oír a veces. El Celeste Aida muestra a una voz que hace lo imposible por no quebrarse. Quizá en las partes más heróicas pueda destacar algo, pero definitivamente ya no puede con este rol, y para muestra el Celeste Aida de este año en Verona que hay en Youtube, donde el agudo ya no responde a la tesitura de tremenda aria. Curiosamente, se marcó un Cavaradossi más o menos decente y desde luego mejor cantado en Madrid a los pocos meses de esta Aida, lo que me hace pensar cuán difícil es Radamés.
Ksenia Dudnikova me parece una Amneris interesante, con una voz en forma, aunque la dicción no sea lo suyo.
Dmitry Belosselsky es un Ramfis muy bien cantado, y
Ludovic Tézier se confirma como el mejor del reparto junto a Radvanovsky, con un Amonasro excepcional, con un timbre que a veces recuerda a los más grandes barítonos del pasado.
Soloman Howard es un excelente bajo y su Faraón enana autoridad.
Roberta Mantegna y
Alessandro Liberatore son dos lujos para los pequeños roles de Sacerdotisa y Mensajero, aquí muy bien abordados.

En los últimos años, estamos viviendo una irrupción de lo políticamente correcto, que detrás de las buenas intenciones de antirracismo y diversidad, se esconde un afán censor que termina por resultar estúpido. De Beer resulta más racista y orientalista si cabe, al sustituir a Aida por una marioneta con los rasgos perfectamente estereotipados de una mujer africana. ¿No podría buscar a una soprano negra? Prefería ver a Indra Thomas o Latonia Moore, sopranos negras que aunque se encuentren en un estado de madurez vocal, a una marioneta y ver a la pobre soprano blanca y rubia corriendo detrás de ella. En París ya se quita la danza de los niños negros de La Bayadera, y los bailarines usan zapatos de acuerdo a su color de piel.
Y lo más curioso es que parte del público está de acuerdo con ella, y mucho de él es gente joven. Eso es lo peligroso. Incluso a Grace Bumbry por decirle a Angel Blue, quien recordarán que se fue de Verona en protesta por el "blackface" de Aida, que en una Aida con etíopes por rigor histórico no pueden ir como blancos de ojos claros, la llamaron una diva obsoleta y olvidada.
Y nos quejamos aquí del montaje de Hugo de Ana (el cual por cierto ha gustado a más gente de la que parece, y en el Preestreno juvenil oía a la mayoría decir que fue muy bueno aunque coincidían en el exceso de proyecciones como un defecto a subsanar). Estoy convencido de que ponen este adefesio de Aida y el Real habría levantado unas protestas que nos habrían remontado a los tiempos de Mortier. Señores, no se quejen de vicio que en las grandes capitales europeas no está mejor la cosa.