
Tenida siempre como una versión de todo respeto dentro de la (afortunada) discografía de la obra, considero que o bien la lectura de Erich Leinsdorf siempre arrastró una cierta sobrevaloración, o bien la evolución de la interpretación de Verdi y del gusto del aficionado la ha envejecido de forma inmisericorde.
De todo lo cual, el principal responsable es, sin duda, el propio Leinsdorf, quien, con perdón, no entiende el Ballo in maschera: no se trata solo de rutina, ejecución instrumental no más que mediana, ataques bruscos (qué cosa el cierre del acto II), prisas y falta de pulcritud, sino de verdadera carencia de un discurso narrativo, de misterio, de poesía, de un criterio (¡o al menos, una opinión!) sobre qué nos quiere contar con esta historia. Una de las peores labores de un director, por otro lado, no especialmente congenial a este repertorio. Así, el reparto se ve en la necesidad de crear la teatralidad y el dramatismo de la obra en absoluta soledad, algo que solo logra en parte.
Carlo Bergonzi fue el Riccardo de su generación y de las demás. De sus múltiples acercamientos al papel que se conservan (dos en estudio y varias en vivo, alguna preservada en imágenes), sigo teniendo predilección por su primera lectura de estudio, en DECCA, donde la elegancia del canto alcanzaba, en mi opinión, su cénit. Aquí, menos brillante, está como siempre aristocrático, divertido, sensible, noble, y por supuesto, bien voz y completamente en estilo.
También coadyuvan al rescate parcial del disco Shirley Verrett (siempre una grandísima cantante, aunque su instrumento Falcon, en plena juventud, no se adecúe muy bien a la tesitura tan grave de Ulrica) y Reri Grist, peleando con enorme profesionalidad contra la doble antipatía que genera entre los aficionados el papel de Oscar y las voces de soubrette (algún día nos tendremos que poner a hacer el recuento de cuántas sopranos ligeras, músicos de lo más respetable y en ocasiones verdaderas artistazas, fueron desterradas de la memoria de los hombres por mera estética instrumental).
Pero en esa ingrata labor cooperan mucho menos Robert Merrill, que tiene la preciosa voz de siempre y canta tan aburrido como siempre, un equipo de secundarios de perfil bastante romo (Piero de Palma aparte, y a lo sumo, Ezio Flagello), y sobre todo, la Amelia errática de Leontyne Price, que pese a su fantástica voz, no llega a estar arrebatadora casi en ningún pasaje (Amelia es un papel mucho más exigente en el registro centro-grave de lo que aparenta a primera vista, y esa zona fue siempre problemática en la voz de Leontyne), aparte de que traducir continuamente la feminidad de Amelia (que debería ser intensa, enamorada, íntima, asustada y conmovedora) bien en frases abstractas o bien en arranques de énfasis vacuo (y normalmente, sobre su vacío registro grave) superficializa toda la actuación. Frases bonitas, muy bonitas incluso, claro que hay, pero el drama de la esposa atrapada en una pasión prohibida por el mandatario tiene que imaginársela el oyente muy mucho.
En suma, un Ballo sin batuta, con muchas grandes voces y con algunos grandes artistas, donde los que se enteran de lo que va la obra tratan de compensar, con irregular fortuna, a los que no se enteran.