Definitivamente, he de elevar una petición formal a la Administración de este lugar para que supriman el límite de tres emoticonos por post (total, para los que quedamos, tampoco podemos estar sobrecargando tanto el servidor), porque yo ahora mismo necesito 158

. Como dijeron de aquel,
Dios, que buen troll, si oviesse buen foro.
En fin, a lo que yo venía:
Don Giovanni es probablemente el título que mejor se adecúa al concepto que de Mozart tiene Otto Klemperer: el drama pesa como el plomo, pero siempre con criterio, con orientación; tira y tensiona al oyente a veces al máximo para luego no ofrecerle nunca un (pueril) consuelo, sino a lo sumo, algo en lo que reflexionar. Es una lectura inclemente, que en ningún momento finge despreocupación ni ve la necesidad de equilibrar tragedia y comedia (
Tutto nel mondo è dramma, nos viene a decir). Pero esa idea (que no tiene por qué ser la de todo el mundo, pero es de un indudable interés) acaba saliendo un poco así así a cuenta de un reparto que une elementos validísimos con otros más cuestionables, y que, sobre todo, no funciona como equipo, a causa de una llamativa heterogeneidad de aproximaciones estilísticas.
Zerlina es quizá el mayor logro discográfico de Mirella Freni. Joven, fluida y solidísima en la emisión, está, además, expresiva y nada gazmoña: una lectura cercana a lo referencial. Referencia de la que tampoco anda lejos Nicolai Ghiaurov, adaptando muy bien su voluminoso instrumento a Mozart, con el recitativo muy trabajado, el canto ocasionalmente recogido y elegante y con un concepto del personaje de una preponderante e incuestionable virilidad, que arrasa a las mujeres a su paso.
Pero en el resto ya las cosas empiezan a ir peor. Gedda canta Don Ottavio con la calidad de fraseo que se le supone y hace lo que puede con este personaje híbrido (ni padre, ni hermano, ni amante, ni héroe) tan esquivo a tantos tenores, pero hubiera estado mejor 10 años antes. La desenfocada Claire Watson no puede evocar la trascendente ansia de justicia retributiva de su parte, y Walter Berry tiene el detalle de tomarse su labor más en serio de lo que solía hacer con Mozart (haber grabado el
Mache dich, mein Herze, rein con el mismo Maestro impondría lo suyo), pero pasa a pecar de austeridad y el personaje de Leporello se le termina escapando. También se le escapa (¡y de qué forma!) Elvira a Christa Ludwig, que pese a su mucho talento y mucho voluntarismo, no es una soprano lírica: hay frases con las que no puede (
che mi dice di quel traditore cento cose che intender non sa, espía perfecta de las grandes Elviras), piezas que se baja (
Mi tradì, quell’alma ingrata) y una sensación de incomodidad casi continua. Franz Crass está viejito y de Paolo Montarsolo (que en mitad de esta bruma bruckneriana de justicia ultraterrenal golpeando a la naturaleza hasta hacerla ceder, no tiene mejor idea que ponerse a hacer el payaso y a cantar tan mal como siempre) hubo que prescindir.
En suma, una "gran" grabación clásica que plantea con claridad sus muchos y valiosos argumentos, obligada para los amantes de Klemperer, Ghiaurov y Freni (venga, y Gedda), pero que parte de premisas sobre la obra que no son para todos los públicos y que, por otro lado. deja la amarga sensación de que hubiera cundido más con un cast más adecuado, y sobre todo, más homogéneo.