
Ferenc Fricsay siempre ha encarnado un Mozart paradójico: reconocido y desconocido a la vez, clásico y moderno, iluminado y recóndito, dramático y feliz, clarísimo y lleno de misterios. Todo ello confluye en un
Don Giovanni planteado desde una visión germánica y profundamente ilustrada, muy beethoveniana (desde la visión que Fricsay tenía de Beethoven), humanista y casi ligera. La tragedia que hace infelices a tantos personajes y mata al protagonista se impone por el propio (crudísimo) significado de sus actos, no por historias de fantasmas.
A esta visión sobria, culta, finísimamente mozartiana y al mismo tiempo inexorable, responde de forma soñada el rol protagonista de Dietrich Fischer-Dieskau. Que es un noble de elegancia lacerante, venenosa, infalible; un hombre bien consciente de su perversidad y con todo, decidido a manipular a todo su entorno con tal de conseguir lo que quiere. A su magnífico canto (qué trascendencia propia del Requiem en la muerte del Comendador) añade el barítono berlinés estupendas dotes interpretativas y gran atención (casi siempre) al recitado. En conjunto, una de las encarnaciones mozartianas fundamentales consignadas en el disco.
En el resto del cast hay sus más y sus menos. El finísimo Ernst Haefliger y Sena Jurinac comprenden perfectamente el concepto de director y protagonista, y aunque la gran soprano yugoslava no es un
sfogato natural para Doña Ana, y se atasca en alguna agilidad, la gran clase de su Mozart y su palpitante feminidad se acaban imponiendo (está espléndida en la escena de su frustrada violación). Maria Stader, tantas veces tan cómplice de la batuta, está aquí en baja forma (el aria de entrada es verdaderamente embarazosa) pero Fricsay, que la adora, la conduce primorosamente por el cuarteto
Non ti fidar, o misera, donde da frases de verdadera escuela mozartiana, y por la gran aria
Mi tradì quell’alma ingrata. Pese a un canto que no supera la medianía y una dicción horrorosa, Karl Christian Kohn se toma muy en serio su parte y acaba siendo un esmerado, atento y musicalísimo Leporello. Pasables Ivan Sardi y (apurando) Walter Kreppel, y decepcionante Irmgaard Seefried, no porque haya nada muy malo en su Zerlina, sino porque es la Seefried, y uno esperaba de ella, si no un mejor y más radiante estado vocal, al menos más astucia para evitar sonar a señorona que se hace la ingenua.
En conjunto, como casi siempre con Fricsay, un Mozart de obligado conocimiento, luminoso y casi kantiano, con un protagonista fabuloso y un cast que, sin ser el ideal, aporta un gran número de buenos momentos de canto del genio salzburgués.