
Cuando compro alguno de estos cofres con los que las discográficas se han propuesto aliviar nuestras estanterías deshaciéndonos de repes sueltos, y sobre todo, aliviarse a sí mismas, transformando el CD nuevamente en objeto de comercio, si bien de forma masificada, siempre me propongo, platónicamente, oírlos en su integridad, cosa que termino logrando una cantidad razonable de las veces. Y dentro de la caja Puccini de Warner sobre el catálogo EMI, comprada a precio de saldo, la Tosca incluida no es ni de Sabata, ni Levine, ni Pappano, sino de forma un tanto oddity, Prêtre 1964.
Grabación que tiene que competir contra una doble maldición: la referencia cuasiabsoluta establecida por la previa grabación mono de Victor de Sabata, con igual soprano y barítono, generando una odiosa a la par que inevitable comparación, y el destino de la toma de servir de banda sonora de una película que finalmente no se hizo. Prêtre, obviamente, recibió el encargo de hacer la Tosca hiperteatral e hiperdefinitiva, y aunque globalmente no puede decirse que lo lograse, el esfuerzo por conciliar la intensidad del discurso con cierta plasticidad "visual" y las necesidades de un reparto que para reventar la dialéctica teatral pasa sus apuros.
Callas hace aquí el mayor esfuerzo discográfico de su carrera de hacer de la necesidad virtud. Porque conoce el papel hasta el dobladillo, quiere perfilar el fraseo hasta el verdadero límite de su expresividad, y porque, por el contrario, es totalmente consciente de que la voz ya no está. Y así nos va: hora y tres cuartos de aciertos expresivos (a menudo portentosos, pero que a veces se parten por exceso, por querer expresar tanto-tanto-tanto, tan todo-todo-todo, que la naturalidad queda desvirtuada: por todas las veces, la desatada escena final) y de penurias vocales evidentes en el continuo vibrato (que la genial intérprete quiere usar continuamente como señal de una mujer neurótica, frágil y a la defensiva), en la emisión algo apretada para que ese vibrato no se le descontrolase (lo que hace que la A y la O se le confundan más que nunca), en la complicación para sostener el canto tendido (
Non la sospiri convertido astutamente en un juego de sombras chinescas porque la voz ya no puede envolver la melodía,
Ed io venivo a lui a toda velocidad, un
Vissi d’arte filiforme y notoriamente fallido arriba –y con todo, globalmente hermoso-) y en agudos a veces salvables (curiosamente, la lama) pero normalmente no (los Do5 de la cantanta,
non è ver, non è ver,
Ah, cessate il martir y
Ah, Mario con te). En suma, una asunción fallida pero no del todo: los muy fans de la Callas le encontrarán motivos, si no de disfrute, al menos de sincera admiración.
Gran sorpresa la que proporciona, sin embargo, Carlo Bergonzi, al que recordaba como un Cavaradossi excelente pero no: Excelente en lo soberanamente bien que canta, y No en su abierta contradicción con los modos de esta versión tan oscura, lúgubre y verista (donde un tenor más alaridista hubiera pegado mejor), llegando a lo risible en la escena de la tortura. La revisión del disco me ha hecho ver la injusticia del recuerdo: es cierto que en la escena de la tortura está ingenuo, pero no fuera del rol, y sobre todo, el canto no es excelente, es hipersupermegamuy excelente. Vale que el agudo, canónicamente emitido, tiene el recorrido que tiene (tampoco hace falta derruir la Arena de Verona en cada función en la que Bonaparte vence a Melas), pero uno oye cómo resuelve todas las frases insidiosas como
Ah, m’avvinci nei tui bracci, mia sirena,
Occhio all’amor soave,
E rido ancor,
Sei tu?, el emocionantísimo
Io lascio al mondo una persona cara o multitud de frases de las dos arias y del dúo final, que tantos otros tenorinos que hicieron fortuna como Cavaradossi no sabían resolver sin toser sobre la frase, y se advierte claramente la diferencia, para el que la quiera ver, entre el buen canto y el que no lo es.
No tan bien los secundarios como uno quisiera. Giorgio Tadeo evita la payasada abierta, pero, picado también por el virus de la hiperexpresividad que invade el disco entero (Bergonzi aparte, vive Dios), tiene sus problemas para mantener la misma nota en todo el Angelus. Ercolani está regular como Spoletta y Ugo Trama mal como Sciarrone, y así, solo Leonardo Monreale en su doble papel de Angelotti y carcelero hace justicia a la sensacional generación de comprimarios italianos de posguerra.