|
Desde que cometí el error de contarle a una persona muy cercana qué movida/leyenda/mito había acerca de Callas y Fedora, cada vez que me hincho como un pavo por alguna música que he comprado/descargado/adquirido de forma exquisitamente legal (que una diva es una diva hasta para comprar garbanzos), me suelta "ya, pero no tienes la Fedora de la Callas". Cosa que, en rigor, no es falsa. Me queda el consuelo de que él tampoco la tiene. Y el cosmos mundial tampoco. Lo que sí tengo es Fedora en dos vídeos distintos de la misma producción, con los mismos vestidos (o casi), con el mismo tenor con la misma barba, y que constituyen sin embargo dos documentos videográficos opuestos, tal es la personalidad magnética que una diva del teatro cantado puede imprimir a un gran papel.
Cómo debe cantar la soprano verista es una cuestión que siempre-de-los-siempres-forever-and-ever ha movido a encendidas discusiones (es como cuando dicen que Zinka Milanov y Leontyne Price son la soprano verdiana y a mí me da la tos). ¿Cuál es el paradigma del canto verista? ¿La Tosca de Callas? ¿La Maddalena di Coigny de Tebaldi? ¿La Tosca de Leontyne Price? (NOPORFAVOR, era una pregunta retórica). ¿La Adriana Lecouvreur de Olivero? ¿Su Minnie? ¿La Francesca da Rimini de Kabaivanska? ¿Dónde está el equilibrio entre fonación clásica, "bella" y ligada, con el bastante arranque para dominar la orquestación (y las tensiones argumentales) de la Giovane Scuola, y la interpretación realista que esta escuela quiso imprimir a sus obras, sin caer en el melodrama vulgar? ¿Es más una cuestión de técnica o de talento? Y sobre todo (que es a lo que yo iba con esto), ¿llegaron a ser Mirella Freni y Renata Scotto divas veristas?
Cuando el Liceo de Barcelona puso Fedora en 1988, la televisión pública se hizo cargo de una retransmisión que nos ha llegado con razonable integridad (aunque puntuales interrupciones, como Renata Scotto logrando un momento sublime sobre las palabras "Un'altra madre" y la interrupción televisiva privándonos del resto de la frase, resultan muy irritantes). Vocalmente, para qué negarlo, es tarde para Renata Scotto (por poner un ejemplo, el La4 de Mi turba... Ah! en el arioso O grandi occhi lucenti di fede! es pavoroso). Y sin embargo, la entereza del personaje, poniendo en pie con vehemencia un argumento lejano a los más sólidos del género, resulta incuestionable desde su propia entrada. En un primer acto de manual, principesca, se deja llevar primero por su ensoñación amorosa, pero ante la constatación del atentado, sus arrestos la llevan a despreciar la sangre, a la propia policía (cuya condición pusilánime cuestiona hirientemente) e incluso al niño incapaz de recordar el apellido Ipanoff, antes de hacer un sobrecogedor juramento sobre la cruz y terminar con una sentida despedida a Vladimiro. Pero es su espionaje de Loris lo que dispara a la actriz, que continuamente insinúa, finge, interrumpe, indaga con la mayor discreción del afecto fingido por Ipanoff. En el dúo final del segundo acto, con la emboscada tendida (espeluznante el Fate il vostro mestiere), espera con calma tensa los relatos de Loris (un Plácido Domingo absolutamente en una de sus noches), y sabe (pese a otra molesta interrupción de los útlimos momentos del acto) mostrarse febril, tierna, y finalmente, salvífica. El acto III sólo comienza a motivarla a partir de la charla con De Sirieux, donde la contención ante el descubrimiento de los trágicos sucesos del hermano y la madre de Loris son remarcables, pero tanta tensión acumulada aflora (nuevamente a través de un Plácido Domingo en uno de sus grandes días) en un arioso final de poner los pelos de punta, cuando se pregunta si será perdonada después de muerta, cuando dice tener frío y desea un último abrazo y cuando deja de poder ver a su amado. Un momento absoluto de ópera.
Al lado de semejante encarnación, Freni indudablemente palidece. Entiéndaseme, la modenesa tiene una salubridad vocal a prueba de bombas (Scotto tenía 54 años en Barcelona, Freni tiene 61 en Nueva York), no pasa apenas por ninguno de los (tampoco tantos, la verdad) sudores fríos que a Scotto le genera resolver la parte vocal del personaje, y el mundo (y en ese momento concreto, Nueva York, que en el entreacto le da como las llaves de la ciudad y ella dice una cosa como "ya, vale, muy bien, pero es que yo tengo que cantar el tercer acto") la amaba por esa cosa tan manida y sin embargo tan meritoria que es la reinvención. Freni, de la lírica carnosa, solventísima y un punto insípida que sin embargo, de la mano de Karajan o Abbado, hizo histórica a Mimí, a Micaëla, a Suzel o a la Amelia/Maria del Boccanegra, evolucionó hasta encontrar, en los años 80 y 90, cierto idilio con papeles de cierto peso del cambio de siglo (Manon Lescaut, Tosca, Madame Sans-Gene, Trittico, Adriana, Fedora). Todo ello tiene un mérito incuestionable. Pero como revelación de las claves del canto verista, a mí se me queda muy corta. A través de Freni, Fedora sólo emerge pasajeramente en el algunas frases del acto I, los momentos más dulces de comprensión a Loris en el dúo del acto II, un divertido coloquio sobre los amores de Olga y su súplica de piedad a Loris por la espía traidora. Ni siquiera en la escena final (tan delicada, tan sobre un hilo que puede partirse a la mínima y sin embargo, tan emocionante) borra Freni de la memoria a las Fedoras del pasado. Queda la diva, su cierto personaje y su magníifico canto (y la cuidada edición del MET de ese DVD, muy superior a la retransmisión televisiva de la otra función), que hará las delicias de sus fans. Pero (aparte de que en Nueva York Plácido Domingo está en una noche MALÍSIMA), a mí no se me va la sensación de que el verismo (cuyos excesos, por otro lado, conocen hasta qué extremo detesto) no termina de ser eso.
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
|