
En 2006 el Festival de Salzburgo tiró la casa por la ventana para celebrar el 250 aniversario del nacimiento de Mozart, y montó toda su obra operística. Como suele ocurrir a día de hoy, la mayor atención se puso en las puestas en escena, a cual más extravagante y “super-fashion”. Las direcciones musicales fueron, al menos, competentes, mientras que las sobras se dejaron para los repartos vocales, poblado con las habituales voces de chichinabo que hoy cantan Mozart. Cuando éramos niños y jugábamos al fútbol, al más torpe lo poníamos de portero; en el canto, ahora pasa algo parecido: los ceros a la izquierda que canten Mozart

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Afortunadamente, este “Idomeneo” es una excepción y el reparto es bastante potable. Vargas es un dignísimo protagonista, con voz de tenor y no de sietemesino. Quizás por momentos el papel le resulte demasiado central (en el da capo de “
Fuor dal mar” tira hacia arriba para desahogarse), y algunos sonidos no acaban de salir con la necesaria fluidez, pero su canto, en general, es de bastante buen nivel. Muy buena la Ilia de Ekaterina Siurina, una estupenda cantante, de emisión homogénea, fraseo expresivo y buen control del aire, como demuestra en las notas largas, magníficamente reguladas, de “
Zefiretti lusinghieri”. Una pena que esta cantante haya tenido una carrera tan anónima. Debe ser porque sólo sabe cantar, y no es ni guapa ni macizona

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Harteros canta la Elettra, y se encuentra aquí mucho más a gusto que cuando se mete en los berenjenales verdianos. En cualquier caso, en los momentos más dramáticos (como su aria del tercer acto) a la voz le falta pegada y contundencia, y la complicada tesitura le hace sudar de lo lindo, debido a los habituales desequilibrios de su emisión. Lo peor viene por parte de Magdalena Kozena como Idamante. Canto descontrolado, tremolante y desabrido, que a medida que asciende por la tesitura se va descalabrando cada vez más (su primera aria, "
Non ho colpa", es un suplicio). Confunde la agitación interna de su personaje con un fraseo enfático e histérico, de dicción incomprensible, que nada tiene que ver con una acentuación urgente e incisiva que es lo que se pide. La señora Kozena sí ha hecho carrera, y como estrella del mundo mundial

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Buena la dirección de Norrington, contrastada, dramática, vigorosa, pero al mismo tiempo límpida y detallista. Extraordinario trabajo con los cantantes, por ejemplo, en los recitativos a los que se da el realce dramático y musical que se merecen. La puesta en escena no se inventa “historias para no dormir”, y sigue con fidelidad el argumento, pero todo es así como raro y epatante.