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Friedrich Schiller, famoso poeta, dramaturgo, filósofo e historiador (debía ser bueno) alemán es el autor de esa sarta de disparates históricos que dio lugar al "Don Carlo" verdiano. A Don Giuseppe debía gustarle mucho, pues también en obras suyas se basan "I Masnadieri", "Luisa Miller" y "Giovanna D'Arco". Esta última compite con "Don Carlo" en cuanto a la cantidad y calidad de burradas históricas que contienen. Como es sabido, Santa Juana de Arco, Patrona de Francia, fue quemada ¡por hereje!. Pues bien, el tal Friedrich la hizo morir en una batalla. Tchaikovsky, en su interesantísima ópera, la devolvió a la hoguera. Solera, libretista de Verdi, añadió más despropósitos, atribuyéndole un romance amoroso con el rey de Francia. Y el produccionero de la versión que se ha visto en la Scala ha batido todos los records, permitiéndose incluso cambiar las palabras de Giorgio "non sacrilega sei tu" por "pura e vergine sei tu", es decir, sustituyendo un posible pacto diabólico por un vulgar asunto de bragueta, sacando al rey de Francia pintado de purpurina montado en un caballito de cartón y, en un alarde de originalidad, haciendo que toda la trama de la obra transcurra como producto de la imaginación de la protagonista, no muy en sus cabales, tal como al parecer indica el "manual de instrucciones" incluido en el programa.
Todo esta sesuda reflexión se debe a que anoche estuve viendo el estupendo video de la "Giovanna" que aparece en Youtube. Pocas sopranos se han atrevido en escena con la heroína francesa en las últimas décadas: mi idolatrada Renata, Ricciarelli, Dunn y no sé si alguna más. Caballé nos dejó una extraordinaria prestación discográfica. Anna Netrebko ha hecho una espectacular aparición en la inauguración de La Scala con el más puro estilo de eso tan denostado en la actualidad: el divismo del cantante, absurdamente sustituido por el del regista. Y lo ha hecho con sus armas: una voz bellísima de timbre, de considerable volumen y extensión suficiente, y un desparpajo escénico más que notable. El éxito ha sido grande y merecido. Y yo lo celebro. Francesco Meli ha sido Carlos, uno más de los reyes verdianos. Me gusta mucho la voz, de lírico puro con brillo, y un encomiable fraseo. Parece que le cuesta el ataque a los agudos, aunque no da aquel increíble re bemol que se inventó Plácido (uno de los episodios más extraños de la historia del disco). Devid Ceconi, un barítono grandote, cumple sin excesos en el papel de Giorgio, posiblemente el padre verdiano más agilipollado y metepatas (junto con el otro Giorgio, que en esto de metepatas no le iba a la zaga). La dirección de Chailly, con brío y brillo verdianos al frente de los magníficos cuerpos estables de La Scala. En suma, una excelente velada con un título que, sin ser de los mejores de su autor, merece sobradamente la atención.
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