A otra cosa. Concretamente a esto:
Bellini - I Puritani (Liceu, 2001).
Gruberova, Bros, Alvarez, Orfila, Gorny, Madrid, Pierotti.
Dir.: HaiderEs que me apetece escuchar de vez en cuando
I puritani, una obra que, a la indiscutible inspiración melódica de Bellini, añade algunas cualidades derivadas de su condición de “producto francés” (instrumentación más elaborada, tratamiento más abierto de los números, importancia del coro y de las voces graves). Aun así, para quienes concedemos cierto peso a los aspectos teatrales de la ópera, un segundo acto como el de esta obra se hace aun más cuesta arriba que cualquier sucesión de giros disparatados en la historia y solo es disfrutable cuando hay una gran Elvira de por medio. Edita Gruberova lo es, sin duda, y su exhibición de trinos, coloratura y control de las dinámicas rinde a cualquier aficionado al bel canto. El arranque de
Qui la voce sua soave es un momento verdaderamente mágico. Sin embargo, no estoy tan convencido de que el conjunto de su interpretación esté a la altura del entusiasmo de sus tifosi, que ese día se congregaron en manifestación en el Liceu. Agradecería la opinión de quienes tienen mejor oído, pero juraría que en el primer acto la eslovaca está por debajo de su nivel, dubitativa y hasta con algunos agudos calantes; en cualquier caso, en
Son vergine vezzosa me ha impresionado más bien poco. Lo del tercer acto ya es más subjetivo, pero prefiero a una cantante con más temperamento y efusividad, por no hablar de cualidades interpretativas no vocales, que ya sabemos que nunca han sido el fuerte de doña Edita.
El resto del reparto está a buen nivel, pero a todos les falta algo. A Josep Bros lo tengo por un cantante como la copa de un pino, pero su timbre no es el más bello y colorido el universo operístico. Carlos Álvarez, en cambio, cuenta con una voz impresionante, pero desde el principio se le nota incómodo en las largas frases bellinianas y a su personaje le faltan matices. Lo contrario que Simón Orfila, de legato impecable, conmovedor en
A quel suono..., pero achicado en momentos como el dúo con Arturo y con un registro muy desigual, resultado de sus intentos por oscurecer un timbre más bien baritonal y por buscar resonancias (¿nasales?) a un sonido de discreta intensidad.
La orquesta tampoco pasa de discreta, dirigida con ligereza a mi juicio excesiva por Friedrich Haider. En los coros también me pareció oír más de un desajuste. La puesta en escena, de Andrei Serban, muy lejos en inspiración del único trabajo que hasta ahora le conocía (un
Werther vienés). Cuando apuesta por la escenografía tradicional (sobre todo en el segundo acto), resulta más bien torpe en el movimiento de actores –sobre todo de los figurantes- y cuando quiere ser ingenioso, resulta para mí incomprensible (¿qué sentido tiene esa carroza abandonada en torno a la cual gira todo el acto final?).
En fin, listo para el despelleje por parte de los gruberovianos.