Esta tarde
Ricciardo e Zoraide, en una grabación procedente del festival rossiniano de Bad Wildbad, en plena selva negra alemana. Esta obra es probablemente uno de los títulos más extraños y experimentales de todo el período napolitano de Rossini, que ya fue de por sí un laboratorio de la más depurada alquimia. Junto a
Ermione encabeza la lista de los títulos más desconcertantes del cisne de Pésaro.
La verdad es que la función es bastante potable para los tiempos que corren. El mejor, el tenor ruso Maxim Mironov, cuya voz y maneras cada día recuerdan más a las de William Matteuzzi, aunque, eso sí, con un sentido de la afinación más riguroso que el italiano. La cercanía del micrófono sin duda le ayuda mucho, pero nunca lo había escuchado tan suelto y convincente como aquí. Coloratura cristalina, brillantez en el registro agudo y fantasía en variaciones y cadencias. Casi para frotarse los ojos.
El otro tenor, Randall Bills, se esfuerza por parecer un baritenor y a ratos lo consigue. Por el lado femenino, la soprano Alessandra Marianelli, modosita, pero gritona por arriba, y la contralto Silvia Beltrami, apañadita, aunque con una voz hinchada, ensanchada y oscurecida de manera artificial,
as usual. Y muy buena labor también del español Pérez Sierra, un director que hasta el momento poco me había gustado en lo que le había visto, pero que aquí parece muy centrado. Desde la fascinante obertura (que no es tal porque enlaza sin solución de continuidad con la introducción y la subsiguiente aria de presentación de uno de los protagonistas, en una deconstrucción formal absolutamente rompedora) atina con la pulsión rítmica, con la transparencia y claridad de la exposición, y con el exquisito realce de la preciosísima orquestación rossiniana. Conclusión: que casi se escucha mejor Rossini en lo más profundo de las lúgubres tierras bárbaras, que en las luminosas orillas del Adriático

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