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Sábado 17 de octubre Opera Vlaanderen, Antwerpen Tannhäuser
Dmitri Jurowski (dirección musical) Calixto Bieito (dirección escénica) – Rebecca Ringst (escenografía) – Ingo Krügler (vestuario) – Michael Bauer (iluminación) – Bettina Auer (dramaturgia) Jan Schweiger (maestro de coros)
Ante Jerkunica (Hermann) – Andreas Schager (Tannhäuser) – Liene Kinča (Elisabeth) – Ausrine Stundyte (Venus) – Daniel Schmutzhard (Wolfram von Eschenbach) – Adam Smith (Walther von der Vogelweide) – Leonard Bernad (Biterolf) – Stephan Adriaens (Heinrich der Schreiber) – Patrick Cromheeke (Reinmar von Zweter)
Koor Opera Vlaanderen Symfonisch Orkest Opera Vlaanderen
Sí, todo es arduo y complejo en el mundo wagneriano, pero ha de convenirse en que bajo su engañosa apariencia de obra corta y temprana, Tannhäuser es una de las creaciones más arduas y complejas del antipático sajón. Lo es para los teatros a la hora de presentarla, especialmente a la vista de la dificultad extrema de su papel protagonista, a lo que de paso se añade la exigencia de contar con dos voces femeninas contrastadas y de categoría, con uno de los papeles de barítono más agradecidos pero al mismo tiempo más expuestos de todo el repertorio, así como con un bajo que ya ha de ser de pleno formato wagneriano, todo ello más una parte importante para el coro y otra absolutamente determinante para la orquesta, que aquí es ya desde el principio hasta el final uno de los personajes capitales de la obra. Y lo es también, obra ardua y compleja, para los públicos, que se ven confrontados con las contradicciones y polaridades de una ópera apelada aún como romántica, pero en la que se yuxtaponen los estilos compositivos de diversos estratos de la carrera de Wagner con la misma violencia con que se contrastan aspiraciones, ideales, modos de vida antitéticos, sin que mañana mismo, cuando se cumplen los ciento setenta años del estreno de la obra en Dresde, estén todavía muy claros aquellos por los que en definitiva hemos de decantarnos. Desde la catastrófica experiencia sufrida en Bayreuth 2014, no había regresado a Tannhäuser; y de entre los tres teatros bajo mi radar que ofrecen la obra esta temporada, Nueva York me pilla por desgracia bastante a desmano, Londres está contraindicado for all Wagner things, y Flandes anunciaba su producción con una imagen de exquisita delicadeza, dulzura y delicuescencia. La decisión estaba tomada, y en función de lo visto por el teatro y leído por la red, también la de numeros@s Wagner-bitches de todo el planeta Wagner que no han sabido, querido y/o podido resistirse a la ocasión.
La función, hay que decirlo cuanto antes, es francamente notable, teniendo en cuenta para llegar a tal conclusión tanto las exigencias de la obra como los medios de un teatro al que no se infligirá un desdén si se escribe que no se halla entre los de la primerísima línea internacional.
Bieito, que ya es menos terrible de lo que solía o es que ya hay otros mucho más terribles que él, presenta un trabajo de innegable fuerza sugestiva, que se construye sobre la contraposición entre el estado de naturaleza (territorio de Venus, de la negrura, del profundo bosque alemán que domina el primer acto, territorio del instinto y de la sensualidad) y el estado de civilización (territorio de Elisabeth, de la blancura, de un Wartburg que es la sala geométricamente racional de la Aufklärung, donde se desarrolla el segundo acto, territorio aquí del fingimiento y de la auto-represión). El conflicto se resuelve muy claramente en el acto tercero a favor del primero de los mundos, con la poderosa imagen inicial de la sala del Wartburg cubierta por la tierra negra del Venusberg (y/o arrasada por un incendio), y la no menos potente final de Wolfram con el torso desnudo (la producción en su conjunto es como una biblia de lo shirtless) implorando en vano la atención de una Venus vuelta desafiantemente hacia el público, como proclamando el abandono y la derrota de cualquier ilusión de un mundo construido sobre principios de racionalidad. No es una visión positiva: ni Elisabeth ni Tannhäuser son capaces de resolver el conflicto entre la atracción que les une y las circunstancias que les separan, y al final de la ópera permanecen cada uno desesperados, solitarios, desencontrados. Bieito parece decirnos que el dios del deseo es el que rige nuestros destinos, pero eso no quiere decir que sea un dios dispuesto a darnos la felicidad. El pesimismo de la producción se refleja, por lo demás, en la violencia rayana en el salvajismo con que aparecen descritas las relaciones entre los personajes, especialmente a nivel colectivo: así, los cazadores que hallan al protagonista al final del primer acto afirman su camaradería con un ritual primitivo y de resonancias animales, como es tiznar sus pechos de sangre; y durante el torneo del segundo acto el coro asiste al enfrentamiento entre los cantores con una saña, deleite y expectación que recuerdan a los de las omnipresentes deyecciones de la así llamada tele-realidad. Bieito, en fin, no parece haberse interesado por la vertiente cristiana de la historia, ni por el tema de la redención: en su producción, no hay presencia alguna de lo cristiano ni posibilidad alguna de redención, y los valores que encarnan Wolfram y Elisabeth no son otra cosa que vanas máscaras amortiguadoras de sus verdaderos impulsos. Estamos así ante una visión interesante pero probablemente parcial de la (recordemos) ardua y compleja obra de Wagner.
Musicalmente, la función es sumamente honorable, y en algunos de sus elementos, perfectamente homologable a la de cualquier gran escena internacional. Jurowski (no confundir con el titular de la London Philharmonic) ofrece una interpretación cálida, poderosa, intensa, rezumando adrenalina pero bien construida, especialmente lograda en el difícil acto segundo, a la que no obstante ha de reprocharse el innecesario exceso de decibelios, que puso en apuros a los cantantes y debiera haberse evitado en un teatro de dimensiones reducidas como este. El sonido de la orquesta es en todo caso de buena calidad (ya lo quisiéramos en el Liceu), sobre todo por lo que respecta a la cuerda.
El reparto está dominado con mucha claridad por el tenor protagonista, dueño de un instrumento de llamativa calidad: caudal entre lo generoso y lo torrencial, centro de notable belleza, agudo rutilante, Schager es una especie de fuerza de la naturaleza, y lo tiene todo para dominar desde ya el exiguo mercado de los Heldentenoren. Cuanto tiempo durará no se sabe, pero ahora mismo ahí está. El personaje le queda por el momento relativamente unidimensional, relativamente exterior (pero no todos los tenores van a ser Kaufmann), como si la facilidad y la opulencia de los medios con que cuenta hicieran pasar a segundo plano el trabajo estrictamente interpretativo, que con toda probabilidad llegará a dominar (ya lo demostró en el Parsifal del pasado mes de abril) en manos de maestros sabios como Barenboim o Nelsons, que pueblan su agenda para los años venideros. De gran nivel asimismo el Landgrave de Jerkunica, poseedor de un instrumento oscuro, resonante y rotundo, que inundaba con facilidad la sala. Algo decepcionante en cambio el Wolfram de Schmutzhard, de quien esperaba más después del magnífico Albert escuchado este verano en Salzburgo. Hoy quizá no se hallaba en su mejor forma (yo, arrastrando un catarro, tampoco), pero lo cierto es que el instrumento no sonó ni fácil ni noble ni generoso, es decir, no sonó a Wolfram, como si el papel (inesperadamente) excediese sus posibilidades. Las dos intérpretes femeninas lucieron instrumentos de cierto interés, pero destemplados, ácidos y, por decirlo claramente, no siempre agradables de escuchar. Stundyte es capaz de desplegar en forte un agudo potente y brillante, pero en cuanto intenta apianar, frasear, en fin, cantar, el sonido se destimbra y la línea desaparece, menos la imagen sonora de una mezzo seductora que la de la típica soprano dramática de voz estragada después de una larga carrera. Kinča, por el contrario, exhibe sus limitaciones cuando ha de lanzarse al sobreagudo en fortissimo (así especialmente, en su imprecación Haltet ein! con que al comienzo del gran concertante del acto segundo), pero se muestra mucho más interesante cuando ha de cantar de manera recogida y dulce, con una voz más robusta de lo que suele ofrecerse de manera habitual para este personaje. Dada su juventud y lo atractivo de sus medios, no hay que descartar buenas noticias de esta soprano, siempre que sepa dosificarse. Honrosos los secundarios y sensación general de satisfacción.
_________________ À partir d´un certain âge, la vie devient administrative - surtout (Houellebecq)
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