Poco seso el mío, escribiendo después del fantasma, pero es que acabo de terminar con esto:

Una de las grabaciones estrella de la temporada, que está teniendo escaso eco en el foro - ahora mismo solo recuerdo unas líneas desdeñosas de Gruberoviano. Quizás no les haya picado la curiosidad, así que dejo mi comentario más que nada por intentar arrancarles alguno, porque creo que el disco merece un poco de atención, aunque solo sea para criticarlo.
Hay que empezar por Jonas Kaufmann, protagonista casi absoluto de la función. Discrepo de quienes, como mi admirado Rupert de Hentzau, dicen eso de que está perdido en repertorio italiano. Primero porque la evolución de este señor desde aquellos primeros horrores parisinos es evidente y segundo porque resulta muy osado negarle al muniqués un concienzudo estudio de cada personaje y una clara idea de cómo abordarlo. Kaufmann no está perdido; otra cosa es que su ubicación nos convenza. En ese sentido, y me voy a ganar unas cuantas collejas por la comparación, su caso –no su canto, ojo- cada vez me recuerda más al de Fischer Dieskau, otro cantante al que se tachó en su día de ajeno al universo verdiano. El Radamés de Kaufmann es todo un despliegue de medios expresivos, no solo en los momentos de expansión sentimental o heroica, garantizados por sus vibrantes agudos, sino también en los instantes más íntimos, gracias a medias voces y pianos bastante más aseados que en otras ocasiones (¿ventajas del estudio, quizás?

). Algunos pasajes tienen una variedad de acentos y matices que podrá pecar de excesiva e incluso de artificiosa, pero que al menos para mí justifica la enésima escucha de un papel tan trillado. Por no irme a lo más obvio (
Celeste Aida, que termina
morendo como está escrito,
O terra addio), recomiendo, a modo de ejemplos, el arco dramático que dibuja en todo el final del acto III o el arranque de la última escena,
in voce cupa y con algún efecto que no será del gusto de todos los paladares (ese sonido velado en la u de “più non vedrò” y “ove sei tu”).
Anja Harteros es una pareja casi inevitable de Kaufmann, con quien comparte trayectoria y ambiciones (ambos son dos líricos de escuela germánica que aspiran a hacer historia fuera de su territorio “natural”). Su Aida, asimismo, muestra un minucioso trabajo de preparación –sorprendente, si tenemos en cuenta la cantidad de empresas en que anda metida- y el resultado final es notable (sobresaliente incluso en pasajes como
O patria mia), pero revela sus limitaciones mucho más claramente que su
partenaire. La voz es bella y la maneja con solvencia en toda la tesitura media y primer agudo, pero en punta las tiranteces son evidentes. El fraseo quiere ser imaginativo, pero le falta naturalidad y suena a veces un poco pastoso. En los dúos del tercer acto sale, a mi juicio, bastante mal parada.
Tengo a Pappano por el director más interesante de ópera italiana en la actualidad (dejemos aparte a Muti). Su sintonía con Kaufmann está clara, demostrada por producciones como el
Andrea Chenier del ROH la temporada pasada. En este caso, he disfrutado como un enano de la orquesta en uno de los mejores trabajos de instrumentación de Verdi, a menudo ninguneado en las grandes versiones vocales de referencia (las que tengo por casa están dirigidas por Erede y por Serafin, que parece Karajan comparado con don Alberto). Pappano nos ofrece una versión vibrante pero sutil, de tempi flexibles y atención a los detalles minuciosamente recogidos en la excelente grabación de Warner (¡cómo suenan los violines en
Su! del Nilo o en el preludio del cuarto acto!). Sabe moverse en ese difícil equilibrio entre tradición y modernidad de la partitura. Sin pretenciosas lecturas y respetuoso con las expectativas del gran público, evita el tópico y la brocha gorda (así ocurre con la utilización de la fanfarria en la Marcha, que suena casi como una cita). La comunicación de la orquesta con el coro es extraordinaria. Se me ponen los pelos de punta solo con recordar la entrada de los sacerdotes al juicio, una presencia casi espectral al principio, progresivamente invasiva y ominosa conforme se impone el crescendo orquestal.
Del resto del reparto me ha gustado bastante la Amneris de Ekaterina Semenchuk, una mezzo de graves dudosos y a la que también se podrá acusar de falta de italianità, pero que construye un personaje para mí bastante convincente, mantiene el tipo en los dúos y tiene un final en punta. Todo lo contrario que Ludovic Tezier, cuya aristocrática línea de canto es incapaz de transmitir el ansia de venganza y el cruel acoso de Amonasro sobre su hija. A Erwin Schrott, después de haberlo padecido como Figaro hace unos días, lo veo aceptable en el monolítico y cavernario Ramfis. Y Marco Spotti es un faraón bastante apañado.
En conjunto, insisto, una versión con personalidad propia, que no convendría despachar como simple acontecimiento mediático. A no ser que uno ya se considere servido y haya optado por no escuchar más aidas en su vida, que no digo que sea una mala decisión.