
Con mucha mala leche, el Consejo de Sabios del Más Allá (compuesta por gente que nos lee ocasionalmente pero no es forera), descojonados vivos todos de mi capacidad de iniciar con un post propio y en un espacio a cuya moderación pertenezco la que se lió con el tema Pagliacci, me castigó recientemente a escuchar una versión de esa ópera y a comentarla aquí. Y hay personas a las que no puedo negarles nada... (de paso, también me he descubierto mucho menos inmune a expresiones del tipo "faltan huevos" de lo que yo pensaba. ¿Seré un cani machista, a mi edad?)
Bien, lo mío con esta ópera no tiene solución. Ninguna. Como en una ocasión me dijese el difunto maestro Miguel Patrón (a propósito de otra obra), "creo que estás intentando decirme que no es tu ópera". De todas formas, es verdad que tiene cosas. El Prólogo es un número grandioso y el Vesti la giubba y la serenata, ubicadas en su contexto, salen ganando. La frase del oboe y la de los tenores en el momento de los Zampognari son muy bonitas, y los últimos 14 compases del dúo de Nedda y Silvio (
Tutto scordiam) pueden ser embriagadores. El resto y yo no nacimos para amarnos, como diría Nina. Sobre todo, se me ha caído muchísimo el final, donde considero que hace falta un absoluto actor de raza (en este momento, sólo se me ocurre Vickers en la filmación de Karajan) para poder impresionarte ante el delirio homicida del protagonista. A falta de un talento similar, y por más que el juego teatro-realidad está bien traído, me confieso completamente incapaz de empatizar con Canio, Nedda, Tonio, Beppe, el cuchillo, Silvio o el lucero del alba y conmoverme con lo que ocurre. Yo que me lo pierdo, pero
La commedia, desde luego,
è finita.
La interpretación, sin ser deficiente, no termina de responder a las expectativas que genera (o que generan, al menos, las tres voces masculinas principales). Cellini coordina con mucho oficio y cierto gusto (bien la orquesta y mejor el coro en su ingratísima parte), con un claro propósito de limar vulgaridades, tendiendo, por cast y por concepto, a un concepto más lírico de la obra, y el defecto de haberse excedido un poco con esa lija, no sólo porque evidentemente no tiene el talento ni los sonidos que después nos regalará Karajan, sino porque la propia pulsión teatral se le cae más de la cuenta para una ópera tan breve y tan pretendidamente intensa. Lo cual resta atmósfera, principalmente, a la prestación de Björling, resplandeciente de voz y voluntarioso en el fraseo, pero que, por personalidad, no puede crear por sí solo toda la tragedia. Warren está mejor como Prólogo que como personaje del drama. Vale que Tonio quiere ser Rigoletto, Jago, Telramund y Falstaff a la vez, pero en realidad no es ninguna de las cuatro cosas, y así, ni siquiera el innegable talento fraseador del americano (como un acertadísimo siseo en las frases previas al Vesti la giubba) es capaz de hacer interesante al sórdido personaje. Es cierto también que Nedda es un papel híbrido y muy difícil de definir, pero Victoria de los Ángeles no es una opción correcta para la parte. La balatella tiene frases charming pero otras muy justitas, y los momentos dramáticos (cada vez que habla con Tonio, por ejemplo) la superan hasta provocar rubor entre sus fans que la queremos tanto. Finalmente, la espléndida voz de Robert Merrill sólo nos conduce a un fraseo muy genérico que cada día me aburre más.
En síntesis, que sí, pero que no.