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Domingo 27 de septiembre Opéra National de Paris, Palais Garnier Platée
Marc Minkowski (dirección musical) Laurent Pelly (dirección escénica y vestuario) – Chantal Thomas (escenografía) – Joël Adam (iluminación) – Laura Scozzi (coreografía) – Agathe Mélinand (dramaturgia) Nicholas Jenkins (maestro de coros)
Frédéric Antoun (Thespis) – Alexandre Duhamel (Un satyre / Cithéron) – Florian Sempey (Momus) – Julie Fuchs (Thalie / La folie) – Armelle Khourdoïan (L´amour / Clarine) – Philippe Talbot (Platée) – François Lis (Jupiter) – Julien Behr (Mercure) – Aurélia Legay (Junon)
Choeur et Orchestre des Musiciens du Louvre-Grenoble
Mi particular reencuentro con esta producción mítica de Platée que había ya tenido la dicha de presenciar en mi primera visita al Palais Garnier, allá por mayo de 2006, con un reparto en aquella ocasión muy similar al del maravilloso DVD publicado en su momento por TDK, aunque curiosamente distinto al que asumió la premiére de la producción allá por abril de 1999 (con Jean-Paul Fouchecourt en el rol protagonista, Paul Agnew como Thespis y la Delunsch compartiendo en forma alternada con Annick Massis los papeles de Thalie y La folie). Con casi ya sesenta funciones a sus espaldas, estamos no solamente ante una producción veterana, sino ante una auténtica referencia en lo que a la moderna recepción de las obras de Rameau respecta. Creo que ninguna de las grandes tragedias líricas ha merecido en estos últimos años, al menos en París, una atención tan continuada y una acogida tan entusiasta por parte de un público que, incluso aquí, sigue siendo sorprendentemente reticente ante los encantos de la ópera francesa.
Bien es cierto que la producción continúa siendo una auténtica gozada. Por contraste con el excelente enfoque de Carsen (en el Theater an der Wien y en la Opéra Comique, comienzos de 2014), asimismo hilarante y brillantísimo, pero a la postre mucho más descarnado a la hora de explicitar la crueldad de la historia, la producción de Pelly se centra en el aspecto lúdico de la obra, presentada casi como un cuento para niños (de todas las edades), con el impagable protagonismo de la ranita que aparece hacia el final del prólogo desde detrás de una larguísima mesa llena de vasos de vino, y que durante el preludio del último acto recorre el foso molestando cómicamente a los instrumentistas (como solamente puede hacerlo una ranita impertinente) hasta hacerse de modo triunfal con la batuta del director. Cierto, la escena final muestra la desesperación de la protagonista al verse burlada, y no escatima la ferocidad del coro y de Cithéron hacia ella (como en un cuento cruel para niños), pero la última imagen, Platée sumergiéndose en su charca y haciendo que el agua chapotee un algo ridículamente hacia el exterior, aun cuando posee una cierta ambigüedad parece que sugiera una vuelta de la protagonista a la normalidad de su vida, y desde luego queda muy lejos del suicidio mostrado de manera tan explícita como dramática por Carsen. Antes de ese final, Pelly nos conduce por una narración de desopilante inventiva, adornada por una larga serie de gags de efecto seguro (los espectadores del prólogo arrastrándose por el suelo, el descenso de Júpiter desde los cielos, la irrupción de La Follie sobre el foso orquestal, Momus vestido de Amor en calzoncillos...), y por unas coreografías de brillantez, imaginación y expresividad fascinantes. La producción (la función en su conjunto) es una auténtica fiesta para los sentidos, una invitación imposible de rechazar hacia la felicidad, un antidepresivo de potencia pareja a la que puedan poseer otros medicamentos del alma como Die Fledermaus, Il viaggio a Reims o Die Zauberflöte.
A lo largo de estas casi sesenta funciones, Les Musiciens du Louvre ha sido el grupo que ha asegurado la calidad musical del espectáculo, y a día de hoy escucharles sigue siendo una garantía plena de gozo. Imponente el virtuosismo de este conjunto de músicos, la riqueza y carnosidad de su sonido, la absoluta asimilación del estilo, la vibración que saben imprimir a los pasajes rápidos, la variedad del colorido y del fraseo. Escuchándoles y viendo como su interpretación se acompasa al ritmo de los bailarines sobre la escena, uno siente ganas de reír, y de llorar, y de ponerse a dar volteretas, aunque esto último no sería lo propio ni habría suficiente espacio en el asiento. Minkowski transmite al dirigir esta partitura la convicción de que se trata de una obra absolutamente capital, de la mayor categoría, como si en el atril tuviese la Quinta de Beethoven. Con una energía arrolladora en los pasajes rápidos, y una riqueza de colorido irresistible en los lentos.
El reparto es completamente distinto del que aparece en la grabación oficial antes mencionada. Distinto e inferior, aunque muy digno. El papel protagonista debía haber sido incorporado en esta ocasión por Colin Lee, pero el tenor sudafricano (que había encarnado aquí por ejemplo el temible Rodrigo di Dhu de La donna del lago) anunció hace pocos meses su retirada de los escenarios, y en su lugar ha asumido el rol titular Philippe Talbot. Actor aplicado y gracioso, Talbot carece sin embargo del bienvenido exceso histriónico del gran Paul Agnew, de su capacidad para insistir hasta lo abrumador en el carácter ridículo del personaje. La mayor fuente de decepción radica sin embargo en el timbre mismo del cantante, que es el de un auténtico tenor, pero sin la capacidad de Agnew para jugar con la voz mixta y producir un colorido más blanco que en el caso de Agnew conducía a efectos expresivos muy apreciables de cara a la caracterización y al logro de una comicidad, lo que en el canto a veces algo monocorde de Talbot no se produce. Hay así, a lo largo de la prestación del cantante, la sensación de que falta algo o de que nos estamos perdiendo algo, algo además esencial; algo que sin embargo sí ofrecía Marcel Beekman en la producción de Carsen. Tampoco Fuchs está para mi gusto a la altura de la muy dejantée Mireille Delunsch (quien me iba a decir que acabaría elogiando a esta soprano) y tampoco, al menos desde el punto de vista del más que deseable en este caso desequilibrio emocional, de la muy excesiva Simone Kermes. Fuchs ejecuta correctamente las notas, pero la voz tiene menos peso, menos presencia y menos caudal que la de Delunsch, y desde el punto de vista de la interpretación, lo que transmite es la viva imagen de la Cordura en vez de la Locura, muy controlada siempre, muy elegante, très sage. Y algo (solamente algo) aburrida. De entre la nómina de secundarios, que no son tales en este caso, destaca Antoun por su fraseo bien cincelado y su color más grato que el de Behr (en el DVD, es un joven Yann Beuron quien incorpora los dos papeles), así como Legay por su sentido, ella sí, de lo excesivo y de lo tremebundo (impagable su aparición escopeta en ristre al inicio del último acto). Escaso Duhamel en proyección y autoridad, al contrario que el Jupiter tonante y (él sí) veterano de Lis. Tampoco Sempey alcanza a igualar la comicidad y (ausencia de) sentido del ridículo que exhibe Franck Leguérinel en la grabación. Pero son todas pegas menores, que en ninguno de los casos obstan a la sensación global de maravilla que deja la representación.
_________________ À partir d´un certain âge, la vie devient administrative - surtout (Houellebecq)
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