Disfruté mucho ayer.
La Devia, inteligente y sabia. Maestra. Como suele suceder con los cantantes veteranos tarda un tanto en calentar, el timbre suena agrio al comienzo, pero ya en la cabaletta "Ah ritorna qual ti spero" y especialmente en el duo subsiguiente con el tenor, aparecen la morbidez, el legato de altísima escuela, la clase, los reguladores, las notas aéreas, los filados.., en definitiva, el arte supremo sustentado en el control absoluto de todos los resortes del puro canto. Su temperamento es el que es y su sobriedad le lleva a no dar ni uno solo de los sobreagudos no escritos, incluido el del final (confieso que la sublime pieza se me queda un tanto coja sin él). Además, su organización vocal se ha adecuado ahora a los requerimientos importantísimos de centro y grave que demandan Norma y Elisabetta, sus papeles más habituales actualmente. Por todo ello, si siente que una nota no le va a quedar bien no arriesga. La Gruberova tiene otro temperamento, es diva assoluta, exhibicionista (en el buen sentido), le gusta caminar en el alambre cual funambulista y siempre, siempre, arriesga, caiga quien caiga y sin red. Si tengo que elegir me quedo con este carácter (muy adecuado a la
meraviglia del bel canto), pero lo lógico es disfrutar con ambas
fuoriclasse mientras podamos, porque esto se acaba. El acto segundo es el más dramático y demanda frases tremendas en la zona grave, por tanto la Devia sufre, pero sale adelante por técnica, por contención, por sabiduría. Magnífica de planificación la escena final con frases larguísimas apoyadas en un fiato aún deslumbrante y en la que tradujo sin excesos, como es ella, toda la impresionante progresión musico-vocal de esta cumbre del melodrama romántico. Fascinante la inspiración donizettiana en esta ópera. Una sucesión de números geniales, una concisión dramática y una fuerza teatral marca de la casa y que preanuncia, enseña el camino, a Verdi.
Gregory Kunde aúna lo positivo de su proyección y sonoridad (aparece y uno tiene la sensación de que se ha tragado un megáfono), sus acentos siempre ardorosos, la genorisidad de su entrega, su musicalidad, sus variaciones y sus buenos agudos con lo negativo de su pesantez actual para este repertorio, la desigualdad del timbre, con una zona central y grave ajada, descolorida y leñosa, así como un fiato justito. Buena la Sara de una cada vez más asentada
Silvia Tró, una gran profesional que va a más, al contrario de lo que sucede con la mayoría hoy día. Sin ningún interés ni vocal ni interpretativo, el Nottingham de Marco Caria. Plebeyo, plebeyo. No es duque, más bien, zapatero remendón.
Bruno Campanella acompañó magnificamente el canto y dirigió con pulso adecuado, pero no pudo ocultar la pobreza sonora de la orquesta. A pesar de que fue mejorando ligeramente durante la función, el sonido grueso, nebuloso, gris, borroso y tristemente cercano al concepto banda provinciana (qué obertura, madredelamorhermoso

) presidió el foso del Teatro Real.
La producción sólo tiene media idea, lo de la araña. Lo demás, vacuo, trivial y feo, pero ni molesta, ni atenta contra la obra.