
Hans Hotter (Sir Morosus) – Georgine von Milinkovic (Haushälterin) – Hermann Prey (Der Barbier) – Fritz Wunderlich (Henry Morosus) – Hilde Güden (Aminta) – Pierette Alarie (Isotta) – Hetty Plümacher (Carlotta) – Josef Knapp (Morbio) – Karl Dönch (Vanuzzi) – Alois Pernerstorfer (Farfallo)
Chor der Wiener Staatsoper
Wiener Philharmoniker
Karl Böhm
El topos literario de los amores ridículos entre el varon maduro y la joven mujer aparece a lo largo de la historia de la ópera de una manera más recurrente de lo que en principio pueda pensarse. Desde una perspectiva seria o trágica, el tema puede hallarse en obras tan dispares como
Tristan und Isolde (donde funciona como complementario telón de fondo de la afirmación de la ingobernabilidad del propio deseo, y por tanto, de la supremacía de la voluntad individual),
Don Carlo (donde sirve para dar pie a una meditación sobre el aislamiento físico y emocional) o
Manon (donde ilustra la tesis tranquilizadoramente burguesa de que el dinero no puede comprarlo todo). La figura del amante viejo es sin embargo más conspicua en el género cómico, donde habitualmente el personaje aparece adornado por las notas de tozudez, conservadurismo a ultranza, autoritarismo y desconexión total con los valores y aspiraciones de la generación más joven y ya pujante, hasta el punto de configurar un arquetipo cuyas variaciones resultan fácilmente reconocibles (
und in dem Wie, da liegt der ganze Unterschied). Al mismo responden entre otros el Beckmesser de
Die Meistersinger von Nürnberg, el Bartolo de
Il barbiere di Siviglia, con el género invertido la Marcellina (
pagar, o sposar) de
Le nozze di Figaro, y por supuesto, el Don Pasquale de la ópera homónima de Donizetti, el personaje que de entre todos los citados de manera obvia se viene a la cabeza como pariente más cercano al pensar en el buen Sir Morosus.
Lo que frente a la casi totalidad de los citados singulariza el tratamiento que otorgan Strauss y Zweig al tema del
vecchio innamorato es el enfoque básicamente bienhumorado que se le dispensa, junto con un tratamiento del carácter del protagonista que, más allá de la peripecia bufa a que se le somete, se halla como teñido de piedad, resaltando ante todo su dignidad, su nobleza de carácter y una soledad que en este caso posee algo de lo libremente elegido: Morosus no tiene jamás la posibilidad de conquistar el corazón de Aminta, pero desde sus reflexiones en el dúo inicial con el Barbero sobre lo bello que sería tener a alguien con quien respirar y pensar (
mit dem man atmet, mit dem man denkt) hasta su monólogo final sobre la felicidad, la música y el silencio (
Wie schön ist doch die Musik, aber wie schön erst, wenn sie vorbei ist), pasando por su conmovedora declaración de amor a Aminta (
Kind, gib dich keiner Täuschung hin, dich ruft keine Ehr´, vor ein großes Opfer bist du gestellt!) no cabe ninguna duda de que es él no solamente quien se halla en el centro de esta obra, sino también y sobre todo, quien va a conquistar el corazón del espectador.
Es más que sabido que el Strauss tardío no goza del especial favor del público, y menos aun fuera de los países germanohablantes, donde permanece como poco más que una rareza, sus extensos pasajes en
parlato o
cuasi-parlato considerados poco menos que soporíferos incluso por muchos de los aficionados que otorgan la más alta consideración a las óperas iniciales. En esta España nuestra, no fue hasta 2009 que el Teatro de la Maestranza tuvo la Gracia de proponer el estreno de la obra, de la mano del maestro Pedro Halffter, que esta temporada la ha dirigido en Munich y hoy mismo la volverá a dirigir en el marco del festival operístico de la ciudad bávara. No voy aquí a defender que
Die schweigsame Frau sea una mejor ópera que
Der Rosenkavalier, por poner un ejemplo, entre otras cosas porque aplicar al arte las categorías competitivas del mundo del deporte es un enfoque que según se ha comprobado puede conducir a resultados completamente erróneos (

). Pero sí voy a defender que cuando se sigue
Die schweigsame Frau atentamente, libreto en mano, ganada a ser posible con una cierta familiaridad con su contenido (la cantidad y velocidad del diálogo puede resultar abrumadora para el oyente no familiarizado con la lengua alemana), y con la conciencia de que Strauss estaba escribiendo
Musik-theater del más genuino (es decir, teatro puesto en música más que música que se vale de la excusa de una acción dramática más o menos intercambiable), la conclusión que se saca es la de que esta obra posee méritos más que sobrados para ser mucho mejor conocida. Un libreto de extraordinaria riqueza es servido por el compositor con la minuciosidad que le caracterizaba, supeditando el curso de la música al de la narración, comentada de manera rica por la orquesta, y sabiendo crear también las paradisiacas islas líricas por las que le amamos los straussófilos (el ya citado monólogo final; o el dúo de tenor y soprano en el primer acto, cuyo clima recuerda algo a los dúos inocentes y extasiados de Octavian y Sophie; o el trío final del acto segundo, en que se yuxtaponen de manera valleinclanesca lo sublime y lo grotesco), así como concertantes (el situado en el centro del primer acto, cuando Morosus reniega con cajas destempladas de su sobrino y de su
troupe; o el del final de ese mismo acto primero; o el posterior al fingido matrimonio, teñido de la muy verdadera emoción del protagonista) regidos por una matemática del caos que no habría disgustado a Rossini; ni por supuesto, más lejos y más cerca, al autor de
Figaro.
Esta es la única grabación que conozco de la obra, pero me resulta difícil concebir la posibilidad de que pueda existir cualquier otra, anterior o posterior, que pueda hacerle justicia en mayor medida. Tomada de una representación en vivo en el Festspielhaus de Salzburgo el 6 de agosto de 1959, el documento (con un sonido no equiparable al de las grabaciones modernas, pero lo suficientemente correcto como para que no se interponga como un obstáculo relevante en la audición, pero con un apuntador tan afanado y próximo que por momentos se interpone como un obstáculo relevante en la audición) serviría por sí solo para explicar por qué Böhm ha sido uno de los máximos directores straussianos. La absoluta naturalidad, la plenitud con que respira la música, la convicción con que aborda cada uno de sus pentagramas, la efervescencia con que hace que vibren simultánea y transparentemente todos los colores de los músicos vieneses, hacen que sea imposible pensar en otra manera de plasmar físicamente esta obra en sonidos: la interpretación, confundida con la obra misma. Lo mismo se ha de decir sobre Hotter, cantante favorito del compositor, que no posee seguramente el
legato más líquido ni el
vibrato más estable ni el tono más seductor de la historia del canto, pero después de todo, de un viejo marinero retirado no se ha de esperar el
legato más líquido ni el
vibrato más estable ni el tono más seductor de la historia del canto. La autoridad con que entona su monólogo final es justamente la de un dios retirado que contempla, paradójicamente a salvo, el Walhalla arruinado de su propia vida. Güden es, pese a la excelencia en la caracterización, en la dicción y en la pura ejecutoria técnica, la protagonista cuya interpretación me parece más datada; hoy se desearía (o yo desearía) una Aminta algo menos pizpireta y algo (solamente algo) más lírica; algo menos Gracita Morales y algo más Carmen Maura. El Henry de Wunderlich es un auténtico placer por la lozanía del timbre, la frescura del agudo, la efusividad del fraseo: un monumento de canto straussiano, y de canto sin más. Prey es un Barbero jovial, avispado, más bondadoso que intrigante, con mucho ya del barbero rossiniano. El reparto acompañante es extraordinario de cabo a rabo.