ROSSINI: ERMIONE (Pesaro 1987) Caballe, Horne, Merritt, Blake
Al hilo del hilo

de la función coruñesa, picado más que nada por la excelente presentación de mister Tunner, me he puesto con este título del (para mí) inabarcable Rossini. Lo cierto es que las observaciones tunnerianas son muy orientadoras:
Ermione, como
La donna del lago, el inclasificable
Viaggio a Reims o
Guillaume Tell, forman parte de ese grupo de óperas que apuntan más allá del universo rossiniano, por así decirlo, y que seguramente atraerán más a quienes estamos fuera de ese mundo que a los admiradores de un
Barbiere, obra maestra en el sentido original del término: perfecta en maestría, pero por ello mismo
finitta,
chiusa. En
Ermione, siempre dentro de los códigos belcantistas de la época, se apunta en otra dirección, y no solo por la flexibilidad en el desarrollo de algunos números, señalada por Tunner, sino sobre todo por la sensación de desasosiego y de tensión permanente que provoca. En este sentido no puede ser más acertada la observación de don Rupert –o de quienquiera que citara- sobre el contraste de la crispada
Ermione con la apolínea (alguno

diría que plúmbea)
Semiramide.
Por eso mismo, me parece aun más endiabladamente difícil de cantar. Porque las casi extintas vocalidades requeridas eran moneda corriente de aquellos tiempos, pero someter al baritenore y a lo que quiera que sea la Andromaca a un duetto tan dramáticamente ambiguo como O
mbra del caro sposo es asunto de más enjundia, por no hablar del permanente desafío del papel protagonista. Si en Coruña han salido airosos, me quito el sombrero. Yo he estado escuchando tres versiones distintas –alternando, que ya sé que no son maneras- y he terminado con la impresión que lo que Rossini tenía en mente se lo llevaron a la tumba las Calibran y compañía. También que los últimos treinta años han corrido en contra de la buena ejecución de la obra, lo que no deja de ser significativo, habida cuenta de la buena salud de la que supuestamente goza el canto rossiniano.
Les dejo mis impresiones de primera escucha para ver si así se animan a aportar las suyas, que seguramente estarán mejor fundamentadas. La función del reestreno, la de Pesaro en 1987, que está en el tubo, tiene un aire mítico que da un poco de apuro discutir. En el apartado masculino, cuenta con dos cantantes en principio idóneos para los papeles de Pirro y Oreste: Merritt y Blake. El primero estaba entonces en forma, al menos en comparación con lo que le conozco de unos años después. La voz de Blake me cuesta disfrutarla, pero su estilo es impecable. Las señoras, en cambio, no salen tan bien libradas. La Horne, ya me perdonarán sus incondicionales, desde la cavatina da muestras de que había comenzado su decadencia; a lo largo de la función, uno asume sus graves uterinos, pero da apuro escuchar algunos agudos casi gritados y en las cadencias parece al borde del naufragio. Eso sí, la fuerza del personaje, el riquísimo fraseo y el dominio de la coloratura están ahí. La Caballé, por el contrario, hace cualquier cosa menos creerse y hacer creíble a la protagonista. Fuera de estilo, afectadísima, falta de química con el resto del elenco y calante, no se sabe si aplaudir su compromiso con el repertorio olvidado o tomarlo como un capricho de diva bastante prescindible.
Tampoco están a la altura del mito, a mi juicio, una dirección musical algo plomiza, a cargo de Gustav Kuhn, y una (falta de) puesta en escena de las de la época, con momentos sonrojantes como el final del primer acto.
Dejo el comentario de las otras dos versiones escuchadas para otro rato, que esto ha quedado bastante ladrillo.