|
Empezando por las Sieglindes, Janowitz no sólo ofrece una inmaculada (y espiritualmente virginal) lectura del rol, sino que, como bien señala Gino, "responde" al mismo color y fraseo de la orquesta, y en última instancia, al mismo planteamiento iridiscente, ligero, elegante y exquisito con el que Karajan emprendió su Tetralogía, logrando momentos de combinación con la orquesta verdaderamente hermosos, sobre todo en el primer acto. Pero la carnosidad sensual, la calidez de su hospitalidad y ternura y la intensísima redención por la renuncia (primero a todo por su amor, después a su amor, y finalmente a sí misma en favor del héroe que devolverá el amor al mundo) que han mostrado otras Sieglindes (parcialmente Lehmann y completamente Crespin) a Janowitz le quedan muy lejanas.
En cuanto al planteamiento de la dirección, opino que el concepto de Karajan va de más a menos a medida que avanza la Tetralogía igual que (aunque de forma menos acusada) el de Solti va de menos a más. Con Karajan, la transparencia limpísima, la ensoñación (casi la irrealidad) que le iban tan bien la Primera y a la Cuarta escena del Oro del Rhin (y sobre el que la Segunda escena demostró que podía desarrolarse un intenso drama sobre almas), funciona también de maravilla sobre todo el bellísimo acto I de la Valquiria (¡y cómo está Vickers!), y consigue capear casi la ópera completa dentro de esos principios, logrando momentos nuevamente muy conmovedores en el anuncio de la muerte y la mayor parte del acto III. Pero según la lírica va cediendo ante la épica de la Tetralogía, la transparencia camerística del director se va volviendo frío remilgo, la narración se enquista en primeros planos, y los efectos sonoros (todavía hermosísimos, no faltaba más, en los murmullos del bosque, el viaje de Sigfrido por el Rhin o su marcha fúnebre) no bastan para sostener en pie dos óperas, por otro lado tan difíciles de sostener en pie, como Sigfrido y Ocaso (y eso sin entrar en el notorio bajón relativo de un cast que durante las dos primeras óperas había resistido bien la comparación con el babilónico reparto del Anillo de DECCA).
Y a Solti le pasa un poco lo contrario. Los reproches contra la supuesta "violencia" de su Oro nunca los he entendido del todo (yo insisto en reivindicarla como una gran GRAN versión) y la Valquiria, siendo una estupenda lectura (y albergando dos tesoros inmarcesibles, la espléndida y necesaria Brunilda de Nilsson y una de las lecturas mayores del rol de Sieglinde, si no la total, a manos de Régine Crespin), resulta algo anticlimática porque a) se grabó después de Sigfrido y Ocaso, y se nota; b) hemos oído tantísimo la Valquiria que es difícil dar con la lectura para una vida la primera vez que la montas en estudio y sobre todo c) Hans Hotter ya no puede con el papel (en el momento decisivo del Anillo, el que transformará el drama y lo convertirá en uno distinto, cuando el todopoderoso Wotan se hace subjetivamente consciente de sus limitaciones emocionales y comprende que nunca podrá gobernar para la felicidad de sus sometidos porque no sabe amar, el hecho de que Hotter cante Endloser Grimm! Ewiger Gram! Der Traurigste bin ich von allen! y el deterioro del instrumento no permita distinguir en qué nota está es algo trágico). Con todo, la pasión y la vida insuflada por Solti consigue enormes momentos, en concreto, en el acto I y los últimos 45 minutos de la ópera (aparte de que James King, gran pero no eterno tenor, nunca estuvo tan bien). Pero desde que comienza Sigfrido hasta el final de la Tetralogía, lo de Solti se va volviendo tan extraordinario (por la motivadísima prestación orquestal, por la calidad de un reparto como ya no existen y por la consciencia de estar creando, a su forma, una referencia wagneriana) que los brillos ocasionales pero repetitivos de Karajan no le resultan una competencia seria.
Lo que pasa es que yo soy muy de Oro y Valquiria, menos (aunque bastante) de Ocaso y muy poco de Sigfrido, y por eso, el concepto de Karajan redunda allá donde yo más disfruto (ese acto I es una verdadera joya). De modo que lo dejaría en empate técnico, rematado por el hecho de que Solti y Karajan nos trajeron, cada uno, a un miembro a la pareja welsunga de referencia desde 1960.
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
|