Peliculón
Nosferatu, grande Murnau. Yo en cambio sigo dedicado a mis deberes.
Life Aquatic (2004)Si buscaba una película representativa de nuevos modos de hacer cine en el siglo XXI, ya la he encontrado.
Life Aquatic, del autor de culto Wes Anderson, es la quintaesencia del cine posmoderno. Al menos tiene todos los tics de lo que entiendo por posmodernidad, en este caso cinematográfica:
- Es puro metalenguaje. Va sobre la representación audiovisual de la realidad, el carácter ficcional de toda narración -por muy biográfica que sea-, la incapacidad del artista para proyectarse fuera de su propio yo y todas esas vainas.
- Es pura referencia a la creación de otros. No hay un solo personaje o escena que no aluda, cite, homenajee o plagie a autores y obras no solo de la historia del cine (desde Fellini a Star Treck, desde James Bond hasta las películas de Richard Lester), sino de otras manifestaciones culturales, con preferencia siempre de la llamada cultura popular (televisión, comic, música pop).
- Es un híbrido de géneros y registros. No se sabe si es comedia, drama familiar, falso documental o cine de aventuras; el espectador se encuentra permanentemente instalado en el desconcierto y cualquier expectativa sobre el rumbo de la película (decir sentido parece excesivo) se ve desmentida en la secuencia o en el plano siguiente.
- Huye espantada de cualquier compromiso. No se toma nada en serio. Cualquier sospecha de valores o de principios, no digamos nada de juicios, es despachada rápidamente con un rictus de sarcasmo.
Entiendo que todo esto despierte el entusiasmo de quienes me la recomendaron, ese sector de integrados antiapocalípticos para quienes el
pensiero debole es una victoria sobre todo dogma o fe secularizada que pretenda hacer distinciones tan caducas como creación / interpretación, originalidad / imitación, contenido / forma, etc. A mí, que nunca me han ido mucho las ortodoxias, esta tendencia a vaciar la bañera con el niño dentro me pilla ya muy mayor.
No diría que
Life Aquatic es una mala película. Incluso estoy dispuesto a reconocer sus meritos, en especial un meticuloso trabajo de planificación (predominantemente frontal, estática, general) y montaje (abrupto solo en apariencia) que recrea los usos de los viejos documentales del comandante Cousteau desde una perspectiva siempre irónica o distanciada. El problema es que el efecto o las sensaciones que Anderson pretende compartir conmigo no me llegan. La comicidad del tratamiento solo me hace sonreír en un par de ocasiones, la invitación a las sesudas reflexiones metalingüísticas me da pereza y la supuesta emoción de su final me resulta fría e impostada.
Hubo un tiempo en que los cineastas, los artistas en general hacían arte sobre la vida, los mejores sobre sus propias vivencias. Pero después de vivirlas. Tengo la impresión de que cada vez más a menudo se dedican a esto quienes no han tenido más vida que la de sus ficciones. Claro que seguramente esta distinción, la de ficción y realidad, es otra de esas distinciones caducas. Ya saben: Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo mismo no me encuentro muy bien últimamente.