Función del día 4.
Dicen -porque no la he leído- que
El Público es una obra surrealista, abstracta, difícil de representar. Mortier la había leído y pensó que uno de los compositores más famosos de España, Mauricio Sotelo, podría añadir algo de claridad a la obra con su música. Sotelo dice que antes que músico es flamenco. Precisamente uno de los elementos que más nos distinguen fuera -y también el más estereotipado- que tanto llamó la atención del belga y que le llevó en 2012 a encargar una obra de danza a Israel Galván,
Lo Real. La obra de Lorca, tal como me ha parecido de una primera impresión, encierra un fuerte mensaje político. Y para Mortier la ópera debía tener una función reflexiva, política, que mantuviera en nuestra sociedad el mensaje y el poder de convicción que antes tenía. Y en cierto modo este estreno - junto al de Mendoza y el de Posadas- forma parte de ese legado, de la ópera como un arte en constante actualización, en contacto con otros elementos del arte también en dicho proceso. Y así es como pensaba que el mensaje calaría en un público cosmopolita en sus hábitos y de un nivel cultural en constante crecimiento y experimentación. Y por qué no aumentando el catálogo de obras líricas españolas con propuestas como ésta.
Mauricio Sotelo, como ya dije antes, es un compositor cuya música tiene lazos con el flamenco. Si bien no salí satisfecho luego de oir alguna composición suya durante unas funciones del Ballet Nacional de España en 2004, estos días intenté darle una oportunidad, con resultados más satisfactorios. Durante los estrenos de años pasados (Brokeback Mountain y The Perfect American) sentí que había algo diferente en aquellas óperas de lo escuchado en el resto de sus obras, ya fuera para más (la de Wuorinen) o para menos (la de Glass). Y sin embargo, en esta de Sotelo me he encontrado más de lo mismo, en mi personalísima impresión. Una sucesión de momentos asequibles al oído medio junto con otros más difíciles. Inspirados me parecen el aria de Julieta (larguísima y difícil), todas las intervenciones de los cantaores a las que se sumaban interludios musicales de cierto interés y el final totalmente cargado de patetismo. Más difícil se me hacían el cuadro segundo o el principio del tercero entre muchos momentos.
Pablo Heras-Casado ha realizado un buen trabajo con la Klangforum Wien, una orquesta contemporánea de renombre y con la que Sotelo también tiene cierta afinidad.
Robert Castro como director de escena estuvo al frente de un grandioso equipo de artistas que han sido habituales en los últimos años: el escenógrafo y escultor
Alexander Polzin, el iluminador
Urs Schönebaum o el figurinista
Wojciech Dziedzic, todos ellos poseedores de un gran talento, siendo los dos primeros muy admirados por mí. Como ya se ha dicho antes, el espectáculo ha sido de una gran belleza visual.
¿Cómo llevar a la escena una obra surrealista? Durante la función he visto evocaciones de otras producciones como Ainadamar o La Conquista de México. Vemos escenarios vacíos prácticamente oscuros, que parecen más bien iluminados con focos negros. O vemos un horizonte azul en el diálogo surrealista de Gonzalo y su amado Enrique, acompañados los cantantes de una danza surrealista entre dos bailarines con escasa ropa que hacen su propio diálogo. Las escenas más bellas vinieron a partir del tercer cuadro.
Un laberinto de luces blancas en medio de la oscuridad, donde Julieta entorna su difícil aria, rodeada de un fondo negro que no parece tener límite, que consigue maravillosamente el efecto onírico, un efecto en el que Julieta no parece tocar el suelo, pero tampoco caerse. Y estamos hablando de su tumba. Luego el negro da paso al azul, donde el laberinto es cubierto por murales, que nos recuerdan lejanamente a los de Gronk. Luego en el cuarto cuadro viene la parte más lograda en la puesta en escena. Unos enormes espejos reflejan al público y la orquesta, mientras se representa la obra. Vemos al Público y a uno de los caballos reflejados en el espejo y a Gonzalo caracterizado de Cristo sufriendo una pasión, el rechazo del público, el lado malo de la revolución que rodea a la obra. Vemos un interludio coral con las luces iluminando al coro, desde la penumbra hasta la total iluminación de la sala.
También me gustaría mencionar una proyección de una animación a modo de película muda, que trata uno de los temas de la obra.
El vestuario es también surrealista, muy colorido en el caso de los personajes, o muy llamativa la coleta blanca de los caballos, por poner un ejemplo.
Los artistas cumplieron su labor muy bien en conjunto. No sé si la dificultad de la obra me permitiría analizarlos uno por uno, salvo a
Isabella Gaudí que tuvo por delante una larga y difícil aria en el tercer cuadro (Por cierto, sustituyó a la prevista Kerstin Avemo ¿podrían decirme si salimos ganando?

). Debido la inspiración flamenca constante en la obra de Sotelo me atrevería a decir que las partes vocales mejor logradas son las de los cantaores flamencos,
Arcángel -habitual colaborador de Sotelo- y
Jesús Méndez, quienes realizaron estupendas intervenciones.
Thomas Tatzl (sustituyendo a Andreas Wolf, según el primer pdf publicado el año pasado) y
José Antonio López como los protagonistas estuvieron bastante bien en sus papeles aunque el primero tenía un acento extranjero muy fuerte, así como
Gun-Brit Barkmin como su señora. El bailaor
Rubén Olmo era el tercer caballo, quien realizó una destacable danza en el tercer cuadro. En la orquesta se encontraba el guitarrista
Cañizares, quien también ha trabajado en el Real anteriormente.
La obra fue recibida mejor de lo que esperaba aunque no faltaron deserciones. Salió Sotelo a saludar, aunque las mayores ovaciones se las llevó Heras-Casado, entre ellas un "¡Viva Mortier!" que me pareció que vino del Paraíso. Personalmente éste me ha parecido el más difícil estreno de la Era Mortier- el que menos me ha gustado descontando el de Pilar Jurado-, pero la recepción me hizo pensar si no cumplió su objetivo.
Durante los últimos años, debo decir que me ha encantado el que se llevara a cabo un estreno mundial por temporada en el Teatro Real. No sólo por la repercusión internacional de sus músicos, la temática tratada o la del propio Mortier; sino también por el riesgo artístico que supone para cada teatro el hacerlo. Y eso, sumando el estreno en Madrid de otros títulos de autores consagrados de la actualidad también me ha encantado. Creo que esa podría ser la vigencia de la ópera como arte que Mortier quiso dejar plasmada en sus programaciones, independientemente de que a cada uno nos guste o no después ese título nuevo con el que se asume ese riesgo artístico.
Porque desequilibrado o no, ese estilo de programación me demuestra que la ópera sigue viva.