Una
Semiramide parisina de hace un par de meses, con Mosuc, Donose, Osborn y Pertusi. Para los tiempos que corren y teniendo en cuenta las dificultades estratosféricas de esta soberana partitura, una función bastante disfrutable.
La reina babilónica de Mosuc es aseada y modosita, pero está claro que el papel le viene grande, sobre todo en lo que a hechuras vocales se refiere. La soprano rumana canta bien, salva con decoro los muchos obstáculos del papel, pero falta pegada, presencia y contundencia para el personaje. Más que una reina altiva y prepotente, parece una niñita consentida y caprichosa. Muy apreciable el Arsace de Ruxandra Donose. Hay algunas dificultades por arriba y por abajo, pero la línea de canto es estupenda y la coloratura (¡por fin!) tiene consistencia y chispa, acostumbrados como estamos a tantas gallinas cluecas de canto infecto.
De nivel el Idreno de John Osborn, de canto fácil y con capacidad para la efervescencia rossiniana, aparte de soltura en el agudo (se va al Mi natural en su aria). Un completo absurdo que, teniendo un cantante de este tipo, la insaciable tijera de Evelino Pidó, nos prive de poder escuchar su primera aria,
Ah, dov’é, dov’é il cimento? 
. Por desgracia, el paso del tiempo empieza a ser muy evidente en la voz de Michele Pertusi. Mantiene las buenas formas y el rigor estilístico, pero la voz apenas tiene ya algo de esmalte y de tersura. Va salvando los muebles como buenamente puede, pero llega completamente exhausto a su escena solista del segundo acto, donde el maestro tiene que acudir en su auxilio varias veces, sobre todo en el andante. Descafeinada y rutinaria la dirección de Evelino Pidó, amén del comentado abuso de las tijeras, mutilando “da capos” (y escenas completas, como ya se ha dicho) cual martillo pilón.
Y una gozada reencontrarse siempre con esta música paradisíaca, donde Rossini alcanzó una de las cimas de su
bello ideale del canto. Una música pensada para desquitarse de toda la podredumbre y de todas las nimiedades que nos rodean.