
Sigo haciendo oído para la excursión a Bilbao. En esta ocasión, versión vídeo con puesta en escena de un tal Andrei Serban, muy en el límite, que busca en Tennessee Williams la inspiración para recrear personajes y ambientes en un entorno opresivo supuestamente más cercano al imaginario del espectador actual. Junto a hallazgos interesantes y una dirección interpretativa que enriquece algunos papeles (Sophie, el ejemplo más claro), enfoques muy discutibles, como la eliminación de toda consideración moral en las acciones de una antipática Charlotte, que llega a mostrarle a Werther las pistolas en un jugueteo que no he acabado de entender.
El dúo protagonista es bastante atractivo. Elina Garanca, una de mis debilidades, luce una voz ancha y carnosa que ayuda –junto con su sola presencia física- a que aceptemos su antiheroína, tan alejada del rol al que estamos acostumbrados. Su fraseo es acerado y contundente, quizás algo frío –como corresponde a esta Charlotte vienesa-, pero conmovedor en momentos como la lectura de las cartas o el Va! laisse couler mes larmes. Marcelo Álvarez tampoco es un Werther al uso: su exaltación enfermiza elimina de un plumazo el drama del caballero que trata de comportarse “como es debido” frente a un destino que le condena desde el principio. El tenor argentino tiene un timbre atractivo y una tesitura central efusiva y rica en armónicos, pero su línea de canto es demasiado brutilla para mi gusto y en las medias voces no resulta del todo convincente. De los agudos en piano, ya ni les cuento.
El resto del reparto, con Albert Eröd e Ileana Tonca a la cabeza, cumplidores sin más. La orquesta vienesa tiene un sonido excelente, pero la dirección de Philippe Jordan me parece bastante irregular y casi me atrevería a decir que un poco atolondrada.