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Vistos los dos repartos de esta Stuarda, sólo certificar que estamos ante un nuevo testimonio de la decadencia dura, tristemente reveladora e insoslayable a la que nos condena la edad de hojalata del canto. El público Liceísta más veterano ha pasado de las glorias de Montserrat Caballé y Edita Gruberova en este título, a unas funciones dignas, aceptables, si se quiere, para los tiempos que corren, pero nada más.
En valoración global la función del llamado primer reparto resulta superior y su temperatura teatral es claramente más alta, gracias especialmente a una sorprendente Silvia Tró Santafé como Reina Elisabetta. Sus virtudes (conocimiento del estilo, profesionalidad, fraseo siempre compuesto) y defectos (vibrato ostensible, notas altas abiertas), ya las conocíamos, pero el temperamento que ha mostrado en estas funciones ha resultado inédito y todo un paso adelante. Las diferencias de su Elisabetta, taimada, tiránica y cruel, con una pastueña y aburridísima en su gris corrección Marina Pizzolato, fueron siderales. De todo ello puede ser revelador ejemplo, el momento del acto primero en que acorrala a Leicester mientras le desnuda, al lado del monjil paripé de parvulario que exhibieron Pizzolato y Gandía en esa misma escena.
La razón de ser de estas funciones radicaba en la presencia de Joyce di Donato, que podemos encuadrar en el catálogo (también de mustia hojalata) de "divas de la actualidad". Una cantante de colores sopraniles y vicios "barroqueros" de origen, pero con apenas una octava en su sitio. El grave abierto y bronco, el pasaje al agudo olímpicamente preterido. El problema de las tonalidades y versiones tiene su interés indudable. Personalmente, siempre que, ojo, concurra el respeto musicológico mínimo exigible, no me importa si el resultado ofrecido por el divo correspondiente compensa, emociona y te hace disfrutar de lo lindo en teatro. Como no podía ser de otra forma, el acercamiento de la americana se encuadra en la línea del realizado por Janet Baker con la dirección de Charles Mackerras. Pero claro, Di Donato está lejos de ser Janet Baker y en algunos aspectos resulta claramente superada por la soprano del segundo reparto, Majella Cullagh. De Di Donato hay que destacar su determinación y confianza en sí misma, que junto a unas dosis de carisma (tampoco es que sea Leyla Gencer, ojo) logra que el público se identifique en cierto modo y de modo superior respecto a la otra intérprete, con las tribulaciones de la reina escocesa. Para ello, asimismo, y a falta de un verdadero talento como fraseadora, e inacapaz de acentos genuinamente áulicos, recurre a efectos pasados de rosca, exagerados, en la linea muy americana de "show Barnum", que los separa una línea muy, muy, muy fina del concepto zafiedad y mucho más en este repertorio. La cantante es musical y sostiene una línea de canto plausible mientras la tesitura no se empina y realizó asimismo variaciones en los da capo, lo cual hay que agradecer. Por encima de la zona de pasaje no existe una impostación ortodoxa, y sí una suerte de sonidos ora abiertos, ora inmisericordemente fijos y laminados. Asimismo, las volate de la cabaletta "Nella pace del mesto riposo" se resolvieron con una agilidad del tipo cacareo Barroquero-Bartoliano totalmente fuera de lugar. En ese aspecto resultó muy superior Majella Cullagh una cantante muy honrada y profesional, bien preparada, conocedora del estilo y con una técnica respetable, pero que ha de luchar con un instrumento vocal paupérrimo. La tradición irlandesa de voces no da para más. Su agilidad fue superior y más ortodoxa, así como su articulación del italiano y su legato. Hubo que esperar a su interpretación para escuchar notas flotantes en el teatro y reguladores bien resueltos. En una sala más pequeña hubiera lucido más, porque, insisto, difícil es encontrar una voz más pobretona, ingrata, pequeña, opaca.... Asimismo, en el aspecto interpretativo su Stuarda careció de personalidad y comunicatividad.
Privado de los pinyoles, la complicada tesitura situada siempre en el pasaje (José Bros siempre dice que de los tres tenores de la llamada trilogía Tudor es el más difícil, lo que me han confirmado otros intérpretes de este repertorio) pone en evidencia las carencias técnicas de Javier Camarena. Eso sí, el timbre es grato y el tenor mejicano frasea siempre con cuidado, estilo y buen gusto. Gandía muestra un timbre atractivo, un canto correcto y cierto genérico ardor, pero resulta aburridísimo como fraseador y muy envarado como intérprete.
Buena labor de Maurizio Benini, siempre atento a los cantantes, acompañando el canto y aunque tuvo que luchar con la absoluta falta de transparencia y pulimiento tímbrico de la orquesta del Liceo, mantuvo un buen pulso teatral y planteó un notable concertante final del acto segundo (bien balanceado, con brío y progresión) después del enfrentamiento de las dos reinas.
_________________ "El canto como la belleza que se convierte en verdad" (Friedrich Schiller)
Última edición por Carl Tunner el 05 Ene 2015 13:06, editado 1 vez en total
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