
Ando enfrascado últimamente con el
Stiffelio verdiano, una ópera que cada vez que la escucho me gusta más y que no para de ascender en mi particular ranking de óperas de Verdi. Y he vuelto a ver la producción del MET, de 1993, con Domingo, Sweet y Chernov, además de la batuta de Levine.
Lo mejor precisamente es la dirección orquestal del maestro americano, simepre en buena sintonía con estos Verdis juveniles, llenos de empuje, vigor y capacidad de síntesis. Es admirable cómo Levine sabe graduar perfectamente las intensidades y la tensión teatral de una obra fascinante de principio a fin. Estupendo, por ejemplo, los juegos dinámicos para subrayar las progresiones dramáticas de ciertas escenas, como los finales primero y segundo, o el sensacional dúo del tercer acto.
El terceto vocal hace lo que puede con una partitura plagada de dificultades. Domingo saca adelante el papel con su habitual uso y abuso de la “testiculina”, todo cantado por las bravas y a pecho descubierto. El personaje queda así desdibujado, sin matices y sin variedad de acentos. Como siempre, la entrega, el entusiasmo, el fervor y demás atributos extra-vocales suplen las carencias. En su favor, decir que en toda la discografía de la obra no hay nadie que haga verdadero honor a las dificultades del papel. Una pena que el Bergonzi maduro nunca abordara este personaje.
La voz de Sharon Sweet, por lo que se puede deducir de sus grabaciones, debía ser imponente: homogénea de arriba a abajo, ancha, pastosa, con
squillo en la zona aguda, con graves enjundiosos, y además con un buen control de semejante torrente vocal, lo cual le permite jugar con el volumen y ligar los sonidos de muy buena manera. Falla, sin embargo, la acentuación dramática, una mayor calidez en la expresión, y un mejor dominio del italiano, muy importante en una obra en la que Verdi esparce por doquier esas frases intensas y cargadas de incisividad que conforman elementos caracterísiticos y fundamentales de su estilo, como son la “parola scenica” o eso que se ha dado en llamar “acento verdiano”.
Chernov (un cantante, por cierto, que ha desaparecido del mapa), con una emisión “sui generis”, resulta aceptable como el padre vengativo e hipócrita, pero le falta talla para redondear su labor. En su escena solista quedan en evidencia sus carencias: al recitativo (uno de los más complejos que jamás escribiera Verdi para barítono) le falta fantasía; el aria está cantada con corrección, pero sin profundidad; y la cabaletta, que Verdi pide en
pianissimo salvo las frases finales, a todo pulmón, traicionando el espíritu, en lo cual también Levine tiene parte de culpa.
La puesta en escena de Giancarlo del Monaco es muy bella visualmente, aunque no acaba de ahondar en la tragedia y en la tristeza insondable que marcan esta extraordinaria partitura.