Veamos ahora otro ejemplo con uno de los personajes fetiche de la cantante norteamericana: la
Carmen de Bizet (que no la de Merimée...). Debemos reconocer que los medios de Domínguez son hermosos, pero la cantante es demasiado expeditiva y parece como si tuviera prisa por querer ligarse a Don José cuanto antes. Poco matizada y muy rutinaria, con un canto
secco y
staccato bastante feo. Las agilidades, no obstante, muy bien resueltas. Por el contrario, aunque la Resnik no soluciona éstas últimas con tanta donosura como su oponente, sin embargo se nos muestra mucho más rica y variada de expresión, ofreciéndonos una gitana sugerente, seductora y, a la vez, pizpireta (por ejemplo con esos bonitos adornos que nos regala en
"Qui veut mon âme?" y
"au bon moment!"), en ese cortejo de mantis religiosa que la cigarrera va desplegando sobre el incauto navarrico. Y todo ello con una línea de canto impecable y variada, un idiomatismo fuera de duda y despliegue de un estilo
rubato que hace arrebatadora la exposición de la pieza. Hay, además, una diferencia de dinámicas considerable entre la primera parte --sugerente, como susurrada, acariciadora-- y el final, donde Carmen se suelta la coleta y deja libre su sensualidad salvaje.
Digamos, no obstante, en beneficio de la mejicana que su pieza no está completa y parece formar parte de un recital de arias (no de una versión en directo, ni de la grabación de la ópera), al contrario que la versión de Resnik, en la que, además, comparte protagonismo con el Don Peponazo de Mario del Monaco (que con ese vozarrón puede parecer de todo, menos inofensivo y simplón).