Asistí ayer a la última representación por esta temporada de
Die Soldaten en la Bayerische Staatsoper, con localidades agotadas y numerosas personas en la puerta blandiendo el típico cartel de
Suche Karte (uno de ellos en lugar de cartel tenía esas mismas palabras escritas en su móvil, que mostraba al horizonte, lo que al menos para mí ya no es tan típico).
No voy a entrar en muchos detalles sobre la función. Tienen aquí
una estupenda crónica que corresponde a una de las funciones del pasado mes de mayo, en que se estrenó esta producción. Función a la que también pude asistir, de manera que estos han sido mis terceros
Soldaten en vivo.
Pero el impacto bestial no disminuye: la obra es una auténtica trituradora emocional. Se sale de ella completamente exhausto, apisonado, vuelto del revés. No solo o no tanto por la intensidad extrema de la música y del drama, sino porque el compositor no ofrece ningún tipo de esperanza, ninguna clase de luz. Aquí la tragedia no conduce a la redención, ni la catarsis hacia la apoteosis. Aquí lo que se produce es una apoteosis de la negrura, de la destrucción y de la muerte.
Lasciate ogni speranza.
La versión hoy presentada es quizá lo de menos; baste sobre ella decir que alcanza en todos y cada uno de sus elementos un nivel de perfección que va a ser muy difícil superar. Kirill Petrenko apuesta, como es costumbre en él, por una versión de transparencia y minuciosidad extremas, en la que la emoción se alcanza a través del análisis más exhaustivo imaginable; pero la paradoja es que no por ello la emoción que se alcanza y que el espectador recibe es menor, sino todo lo contrario. La escuela objetiva, dicen.
Solo encarecer a todos los foreros, foreras, hombres de bien, hombras de bien, que si tienen a su alcance la posibilidad de asistir a esta obra no lo duden ni medio segundo. Pertenece al reducido número de títulos que pueden cambiarte la vida.