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Alfredo Kraus manifestó más de una vez su predilección por la I para vocalizar (vocal colocada "casi sola" en los resonadores adyacentes a la nariz y que permite una proyección relativamente sencilla en comparación con otras más abiertas). Montserrat Caballé, por el contrario, era más fan de la A, una vocal que está mucho más atrás, y para proyectar correctamente, exige un giro mayor y tener el paladar blando absolutamente levantado. Los resonadores a los que se dirige la emisión de la A, así planteada, están mucho más dirigidos a la frente que a la parte central de la máscara. Caballé tomó ese camino como eje central de su emisión, y su supremo perfeccionamiento le permitió esos sonidos "flotantes", de canto que parece no tocar el suelo nunca, que hizo tan personales (esos que Elvio Giudici definió como los únicos capaces de aprehender la esencia de la música belliniana). Consciente del valor de la cristalina línea de canto que así lograba apuntalar, optó por difuminar la dicción para no incurrir en cambios de posición que perjudicaran el legato. Y eso la llevó a las estrellas, aun a costa de abonar algún peaje; fundamentalmente, la forma en que esa dicción tan abstracta del centro hacia arriba incidía en el fraseo, y en consecuencia, en la caracterización de los personajes que cantaba, donde salvo en papeles muy concretos, el fraseo solía tender a lo genérico, o incluso, en ocasiones, a lo ausente.
De su privilegiadísima emisión, destacaría tres temas. El primero, la glotis. Hasta los primeros años 70, Montserrat Caballé no fue capaz de terminar de dominar unos perturbadores golpes de glotis que generaban cierto sobresalto en una línea que trataba de ser tan áurea. Ello no llegó a generar un problema especialmente grave, pero no dejó de estar ahí y molestar un poquito. En segundo lugar, el pasaje del centro al grave. Éste sí creo que constituye el gran problema de la emisión de Montserrat Caballé, pues en ese camino que figurativamente podríamos llamar "de la frente al pecho", el sonido nunca dejó de cambiar notoriamente de color y abrirse, y cuando a la mujer (que como soprano fue milagrosa, pero como actriz trágica absolutamente no) le daba por enfatizar esas caídas con golpes melodramáticos, los resultados eran, en ocasiones, muy malos (y es un término caritativo). Sin embargo, el tema más complejo de la emisión de Montserrat Caballé lo conforma, paradójicamente, la que probablemente haya sido su virtud más laureada: sus filados en el agudo. Porque su emisión, tan alta y etérea, en ocasiones ha parecido cercana al sonido flautato o "falsete de las mujeres", tema complejísimo (casi metafísica del canto) y que no tengo conocimientos para instruir. En todo caso, sí que me parece que es desmentible que se trate de ningún tipo de emisión ilegítima o de birlibirloque. En primer lugar, por la homogeneidad con el resto de la gama. Si los "pianísimos Caballé" no fueran un excelso logro técnico, la falta de ensamblaje con el resto del instrumento se hubiera percibido de forma mucho más notoria, y no lo hacía (tienen como paradigma la escala cromática a la atmósfera y vuelta en la cadencia del aria de salida de Masnadieri). En segundo lugar, la proyección. Nunca escuché un ppp-Caballé en vivo, pero no conozco ningún testimonio que apunte a que tuviera una proyección insuficiente, por grande que fuera la sala. Y no creo que eso sea posible sin un control absoluto del aire y una posición del sonido absolutamente girada con el paladar levantado de forma perfecta. Y finalmente, la progresión con el forte. Recuerdo dos casos (uno para bien y otro para menos bien) en los que un ppp-Caballé es objeto de un regulador que demuestra que no hay cambio de posición con respecto al forte. La primera es un Sib4 en la pietà del Signore, ascolta en un concierto en el Liceo de Barcelona en 1975. El ataque es en pianísimo, pero después lo crece paulatinamente con un efecto que tira el teatro. El segundo es el invan la pace de una Forza en vídeo desde la Scala (ésa en la que Carreras está tan sorprendentemente bien y Ghiaurov tan sorprendentemente mal). El ataque quiere ser en ppp pero amenaza con percance, y antes de que se le corte, la astuta soprano, haciendo de la necesidad virtud, ataca al forte y después lo decrece, nuevamente, sin cambio de color ni posición. Por ello, a mí el controvertido tema de los pianos Caballé me ha parecido siempre una proeza técnica excepcional.
Montserrat Caballé, vocalista excelsa, actriz algo menos que discreta y profesional ligeramente pigra y segurola en el planteamiento de su carrera (también es verdad que de haber seguido cantando como en el Devereux liceístico de 1968, hubiera durado 7 años, pero es que se pasó al otro extremo), desarrolló una línea de canto de verdadera fábula y llevó el canto a unos niveles de belleza que en el sonido grabado apenas tienen parangón. Y Jessye Norman, profesionalísima y originalísima cantante, hiperbellísima y bruñida voz, inteligentísima y cultísima músico, fraseadora de verdadera excepción y pionera en la belleza y significación de música clásica minoritaria, no puede igualar semejante milagro.
Montserrat Caballé
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
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