
La verdad es que, así de primeras, eso de escucharse un
Barbiere en alemán, puede resultar contraproducente, pero sin embargo cuando se cuenta con unos intérpretes como los de esta versión, la cosa acaba convirtiéndose en un excelente disfrute. Lo más sorprendente del caso es el burbujeo y la efervescencia que adquiere el idioma alemán cuando está dicho, sobre todo en los recitativos, con la gracia y el desparpajo de todos los protagonistas, en lo que se demuestra que fue una magnífica labor de conjunto.
Para empezar, Hermann Prey hace un estupendo protagonista. Reconozco mi debilidad por Prey, porque fue mi primer Figaro, en la versión de Abbado con Berganza, y porque además era un cantante que desprendía una calidez y una musicalidad extraordinaria. En esta función, con la voz fresquísima, dibuja un Figaro dinámico, desenfadado y desbordante de juventud. Y además como es lógico, aquí la mayor identificación idiomática que cuando cantaba el papel en italiano, le permite más riqueza de inflexiones y de acentos tanto en los recitativos como en los números musicales. Se toma alguna licencia en las agilidades (por ejemplo, las famosas semicorcheas de su dúo con Rosina, que todos los barítonos se comen), pero en concjunto me parece un Figaro de referencia, aún con el inconveniente del idioma.
La ligerísima Erika Köth es una pizpireta Rosina. Ya sabemos que este tipo de vocalidad poco tiene que ver con Rossini, ni en esta obra ni en ninguna otra, pero una vez que aceptamos pulpo como animal de compañía, hay que reconocer que el animalito está muy bien amaestrado

. El mecanismo pirotécnico está perfectamente engrasado y controlado y hace con él lo que le viene en gana, además de que el sonido surge espumoso y muy fluído. Los sobreagudos, que esparce aquí y allá, también tienen chispa, salvo el Fa5 con que concluye su cavatina que queda un pelín seco.
Como era de esperar, el Almaviva de Wunderlich es elegantísimo (extraordinaria la serenata), pero se le ve un poco fuera de sitio en este estilo. Las agilidades y el sillabato le hacen perder un poco la posición, con sonidos que van y vienen, y hacen mella también en el control del fiato, que necesita reponer con excesiva frecuencia. En cualquier caso, comparado con la mayoría de tenores que se aproximaban a este papel en aquellos años, Wunderlich es muy preferible.
Las voces graves las ponen Hans Hotter, muy simpático como actor, pero que en
La calunnia pasa un mal trago por el machaque continuo del aria sobre la zona de paso de su voz (Do sostenido, Re), y un sorprendente Max Proebstl que no hace el payaso como Don Bartolo, sino que canta (y muy aceptablmente bien) su papel. Como prueba de que sabía de qué iba esto, el estupendo (por morbidez, cobertura y expansión) Mi bemol3 con que concluye su aria.
El director es Joseph Keilberth. El sonido de la grabación deja muy en segundo plano a la orquesta, por lo cual no puede apreciarse con todo detalle su labor, pero por lo que se escucha en lontananza parece un sonido transparente y muy bien ordenado, quizás un poco espartano y distante, como si Keilberth no acabara de fiarse del todo del ladino Rossini

, pero por supuesto muy lejos del “charanguerío” con el que muchos directores confunden lo bufo o lo cómico.
La función es del año 1959, y aunque en la carátula del DVD no lo aclara, e incluso puede dar lugar a confusión, la representación no tuvo lugar en la Bayerische Staatsoper, sino en el preciosísimo Teatro de Cuvilliés.