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Y sigue.
Ciertos indicios estilísticos (repeticiones, puntuación...) sugieren que Azorín escribía estos textos sin repasarlos con escrúpulo de pulidor de lentes, como haría en la mayor parte de sus escritos. Quizás menos escrúpulo hubiera sido beneficioso para lo general de su obra.
Ya a primera hora de la sesión de ayer se ha visto que el ambiente de hallaba saturado de enardecimiento y de cólera. Los incidentes preliminares eran como esas ligeras chispas, verdes, azules, que se producen en las dínamos y nos revelan la poderosa energía acumulada. El señor Lerroux, ante todo, ha pedido que se contara el número de señores diputados. “¡Y que se cierren las puertas!”, voceaba, furioso, el diputado por Barcelona. “¡No! ¡No!”, contestaban también a gritos el presidente y los secretarios.
Y en tanto, como un torrente que se desborda impetuoso, penetraba por la puerta de la derecha –que es la legal- un tropel rumoroso de diputados, que se desparramaba por los escaños, entre rumores, siseos, golpazos, toses, gritos. Y una voz fina, suplicante, lacrimosa, suena de pronto entre el bullicio. ¿Quién es el que habla? ¿De dónde parte esa voz flébil e insólita? Es el señor Morayta con sus ojuelos diminutos y sus romos bigotes canos, que pide con ansias torturadoras la palabra. “¡Pido la palabra –grita el señor Morayta- sobre el acta!” Pero el afable diputado republicano no puede pedir la palabra sobre el acta. “¡El acta – vocifera el señor Romero Robledo- no se ha aprobado!” Y se aprueba el acta entre un barullo formidable; una voz, en la mayoría, imita el mugido terrible de un monstruo paleolítico; el señor Nogués salta de pronto en su asiento, y grita: “¿Quién hace ese mu?” Y, al mismo tiempo, el señor Romero Robledo, contestando a palabras temerarias, dice que él “no necesita tener por coro a la mayoría”; y el señor Nogués vuelve a saltar, y contesta con un grito desgarrador que “no es coro, sino jauría”.
Y el escándalo crece y se encrespa; a una campanilla sucede otra; un son grave viene tras un agudo tintineo; andan los ujieres azorados; el señor Lerroux pide, rojo, pletórico, que las sesiones comiencen a las tres en punto; y el señor Gómez Núñez, que se ha levantado y habla con voz queda, acaba de pronunciar, sin duda, algunas ingeniosísimas palabras, puesto que la Cámara entera pasa súbitamente de la indignación a la alegría y rompe en una inmensa carcajada…
Y éste es, lector, el prólogo. Más tarde, ya en el orden del día, la trapatiesta se ha aupado a proporciones de epopeya. Una proposición de no ha lugar a deliberar, es decir, una proposición que pretendía impedir esta terrible discusión sobre los suplicatorios, ha dado el impulso inicial al tremendo debate. El señor Nougués está, en pie, en su escaño; y el señor Burell se haya también erguido en el suyo, y lanza tremendas imprecaciones.
¿Quién va a hablar? ¿Qué se hace? ¿Cómo va a encauzar esta discusión el presidente? El señor Romero Robledo está perplejo, sobrecogido; posee ya intuición innegable de la temerosa tempestad que sobre él se avecina. “¡Tiene la palabra el señor Nougués!”, exclama el presidente de la Cámara. “¡No, no; que conste mi protesta!”, replica el señor Burell. “¡Que se lea el artículo ciento sesenta y nueve!”, torna a gritar el señor Nougués. “¡Su señoría tiene la palabra para apoyar, y sólo para apoyar su proposición!”, vuelve a gritar el presidente. “¡Se la tomará para lo que él quiera!”, se oye gritar con ira. “¡Se la quitaré yo si hace eso!”, grita el señor Romero Robledo. ..
Se grita otra vez, se golpean otra vez los pupitres; el señor Salmerón vuelve a tender sus brazos imperativos, y vocea con un grito desgarrador: “¡Señores diputados, que nos contempla el mundo!”. Y un ¡oh! multiforme de exclamaciones irónicas ha partido de los escaños ministeriales y ha hecho nacer sonrisas y siseos, que apagan el fuego de la ira…
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