
Lejos de mis andurriales, no sé qué viento –quizás la presión mediática

- me ha llevado hasta ¡Crimea! para dedicarle una primera escucha completa a
Ifigenia en Tauride. Sin acabar de entusiasmarme, la obra cuenta con bastantes atractivos para quienes somos un poco reacios al barroco: es un claro exponente de esa “revolución” en la que Gluck consiguió una integración de elementos (acción dramática, estructura musical, canto y recitativo, coros, instrumentación) que ya no tendría vuelta atrás. En especial me ha llamado la atención la importancia de la parte orquestal, tanto en la descripción de acciones externas como en el contrapunto de los pensamientos y pasiones de los personajes: algunos de esos recursos me han sonado a Händel, pero otros diría que son bastante originales. Los conocedores del asunto nos podrían ilustrar al respecto.
La versión de Minkowski es un atractivo añadido, porque su lectura, sin dejar de ser purista –tengo entendido que algunos instrumentos son de época-, tiene bastante más fuerza y contrastes que las de los directores
moñas que están en la mente de todos. Otro hecho llamativo es su aparente falta de rigor a la hora de decidir el elenco vocal: si con un Harnoncourt, pongamos por caso, los cantantes parecen peones en el tablero que tienen en mente, Minkowski parece apostar por individualidades no encorsetadas en este repertorio, con el riesgo que ello conlleva. No tengo claro que el resultado empaste, ni con la obra ni entre los protagonistas. Mirelle Delunsch es voz ancha y con cuerpo, una Ifigenia de armas tomar que en algunos momentos lanza frases que nos dejan boquiabiertos, pero que no ejerce el control que uno esperaría en una ópera dieciochesca. Tiende al grito desabrido y hasta diría que desafinado, aunque mis oídos no son muy de fiar. La pareja Orestes-Pílades presenta un contraste que tiene su atractivo, pero musicalmente tampoco me convence. Jean François Lapointe tiene un buen caudal de voz, con sonidos redondos aunque me da la impresión que algo engolados y un fraseo más bien plano. Yann Beuron, en cambio, pone toda la intención en cada frase, pero ese timbre blanquecino y asténico no ayuda a transmitir la faceta heroica de Pílades. Al final reconozco que, en algún momento particularmente crítico, mi subconsciente me jugó una mala pasada y recordé a
la extraña pareja (ya saben, Matthau & Lemmon). Del resto, destacaría la excelente labor del coro de la Nederlandse Opera.
Pierre Audi apuesta por una puesta en escena sobria, con personajes, orquesta y coros integrados en un reducido espacio escénico en torno a un ara-pozo de los sacrificios flanqueado por dos estructuras de andamios desde los que se mueven, respetivamente, el poder político-militar (Thoas con sus hombres) y la divinidad (Diana-Artemisa). Nada particularmente ingenioso, pero sí efectivo.
Puede que me decida a visitar Aulide, a nada que me animen un poco.