Registrado: 24 Ene 2009 1:19 Mensajes: 1526 Ubicación: Madrid
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Estoy leyendo con gran placer a Buzzati; y, aprovechando este minidebate de Nico y Tunner sobre opciones de vida, no me resisto a incluir (simplemente porque me parece divertido) este pasaje de Miedo en la Scala en el que se describe parte de la fauna que acude al estreno de una ópera contemporánea, la Matanza de los Inocentes, de Pierre Grossgemüth: ¿Quién faltaba? Los expertos ojos de Cottes inspeccionaron sector por sector el abundante público, hallando a todo el mundo en su lugar. A su lado se sentaba el famoso pediatra Ferro, que habría dejado morir de difteria a miles de sus pequeños clientes antes de perderse un estreno (el pensamiento sugirió incluso a Cottes un gracioso retruécano en relación con Herodes y los niños de Galilea que se prometió utilizar más tarde). A su derecha, la pareja que alguna vez había definido como los «parientes pobres», un hombre y una mujer ya mayores, vestidos de ceremonia, sí, pero siempre con la misma ropa gastada, que no faltaban a ningún estreno, aplaudían con idéntico ardor cualquier cosa que pusieran, no hablaban con nadie, no saludaban a nadie y no cambiaban una palabra ni siquiera entre ellos; hasta el punto de que todos los consideraban claqueurs de lujo, desplazados al sector más aristocrático de la platea para dar vía libre a los aplausos. Más allá, el excelente profesor Schiassi, economista, famoso por haber seguido años y años a Toscanini allí adonde fuese a dar un concierto; y como entonces anduviera escaso de dinero, viajaba en bicicleta, dormía en los parques y comía las provisiones que llevaba en una mochila; parientes y amigos pensaban que estaba un poco loco, pero lo querían igual. Y ahí estaba el ingeniero Beccian, de canales y puertos, tan rico que quizá fuera hasta multimillonario, melómano humilde e infeliz que, habiendo sido nombrado hacía un mes consejero de la Sociedad del Cuarteto (por lo cual había suspirado durante decenas de años como un enamorado y había hecho indecibles esfuerzos diplomáticos), le había acometido tal ataque de soberbia en su casa y en su empresa, que se había vuelto insoportable, y él, que antes no osaba dirigir la palabra al último de los contrabajos, pontificaba ahora sobre Purcell y D'Indy. Y allí, con su minúsculo marido, la bellísima Maddi Canestrini, antigua dependienta que a cada nueva ópera se hacía catequizar por la tarde por un profesor de historia de la música para no hacer ningún papelón; nunca su célebre busto se había podido admirar en tanta plenitud y, verdaderamente, resplandecía entre la multitud, como dijo uno, igual que el faro en el cabo de Buena Esperanza. Allí estaba la princesa Wurz-Montague, con su gran nariz de pájaro, venida expresamente de Egipto con sus cuatro hijas. Allí, en el palco más bajo del proscenio, brillaban los ávidos ojos del barbudo conde Noce, asiduo tan sólo a las óperas que prometieran la aparición de bailarinas, y que en tal circunstancia, desde tiempo inmemorial, expresaba incansablemente su satisfacción con la fórmula invariable: «Ah, ¡qué figuras! Ah, ¡qué piernas!». En un palco del primer piso, toda la tribu de los Salcetti, vieja familia milanesa que se jactaba de no haberse perdido un estreno de la Scala desde 1837. Y en el cuarto piso, casi encima del proscenio, la pobre marquesa Marizzoni, con madre, tía e hija núbil, que miraban de reojo con amargura al suntuoso palco 14 del segundo piso, su feudo, que se habían visto obligadas a abandonar este año por restricciones económicas; resignadas a gastar en el abono un octavo de lo que acostumbraban, permanecían allí arriba, entre las palomas, rígidas y comedidas como abubillas, procurando pasar inadvertidas. Entre tanto, velado por un edecán en uniforme, un obeso príncipe indio no muy bien identificado daba cabezadas y, obedeciendo al ritmo de su respiración, la aigrette de su turbante subía y bajaba, asomando fuera del palco. Poco más allá, con un vestido color rojo vivo que causaba estupor, abierto por delante hasta la cintura, los brazos desnudos con un cordón negro enroscado en ellos como una serpiente, se hallaba de pie, para hacerse admirar, una impresionante mujer de unos treinta años; una actriz de Hollywood, decían, pero las opiniones acerca de su nombre eran discordantes. A su lado se sentaba, inmóvil, un niño guapísimo y espantosamente pálido que parecía que fuera a morirse de un momento a otro. En cuanto a los círculos rivales de la nobleza y de la burguesía adinerada, habían renunciado a la elegante costumbre de dejar los balcones de proscenio medio vacíos. Los "señoritos" mejor provistos de Lombardía se hacinaban ahí en apretados racimos de rostros bronceados, de camisas brillantes, de fracs de los mejores sastres. Para confirmar el éxito de la velada se veía, además, contra lo acostumbrado, gran número de mujeres hermosas con décolletés sumamente atrevidos. Cottes se propuso entregarse de nuevo, durante algún descanso, a una distracción que acostumbraba permitirse en sus años mozos: abismarse tales panoramas desde lo alto. Y en su interior escogió como observatorio el palco del cuarto piso en que destellaban las esmeraldas gigantescas de Flavia Sol, excelente contralto y buena amiga. Una versión completa en español del cuento se encuentra en: http://www.ciudadseva.com/textos/cuento ... _scala.htm
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