
Monumental dirección de Abbado de una obra que cada día que pasa se agiganta más. Asombra la cantidad de matices, colores, timbres, atmósferas, gradaciones dinámicas o sonoridades que consigue Abbado a través de una orquesta que es un guante a sus órdenes. De lo turbio a lo sublime, de lo agresivo a lo terso y paradisíaco, de lo sinuoso a la pasión más desbordada, de lo popular a lo aristocrático... Y todo servido con un maravilloso sentido del espectáculo (sí, eso que algunos se empecinan en negarle al género para reducirlo a un perenne acto de contrición, que hay que sobrellevar con resignación y sacrificio, como si de unas almorranas se tratara) que atrapa e impacta al oyente a partes iguales. Una auténtica gozada. Sin ir más lejos, el tercer acto es un torbellino que le deja a uno levitando.
Con respecto a la grabación en vídeo (que es otro monumento) hay algunos cambios en el reparto, pero va un poco lo comido por lo servido. Se pierde al gran Ghiaurov a cambio de un anónimo Haugland, y se gana a Lipovsek (de canto tersísimo y hechizante) en lugar de Sementchuk. En cuanto al trueque de Popov por Marusin, como Golytzin, no hay mucha diferencia porque ninguno de los dos entusiasma. El resto va desde los competentes, en este repertorio, Burchuladze y Atlantov, hasta el soberbio Shaklovity de Kotscherga, que yo creo que nunca en su vida ha estado tan bien como aquí.
Y como me pasa siempre tras escuchar
Khovanchina o
Boris, sigo sin resolver la duda de con cuál me quedo. Algo parecido me ocurre con Chaikovsky y sus dos obras maestras,
Onegin y
Dama de Picas. ¿Con papá o con mamá?...
