Tann escribió:
De todos modos, no tengo tan claro que el público madrileño sea tan reacio a propuestas novedosas. Antes de la llegada de Mortier y en mi breve vida de abonado ya pasaron por el Real operas como Lulu, programada por Moral en 2009, que también programo todo el ciclo de Janacek con gran éxito y truño/fracasos como Faust-Bal y La página en blanco (encargo de Moral); y nadie se rasgó las vestiduras. El problema real, creo yo, de la propuesta de Mortier no es el "que" sino el "como". El problema no está en Rihm, Wuorinen, Glass, o su corte de registas a sueldo. El problema Real es que hacía temporadas en las que cuando llegaba una obra "normal" veías a la gente "respirando" en sus butacas y escuchabas comentarios tipo; "por fin escuchamos algo normal" o "al menos hoy teníamos voces"... esta es la gente que ha seguido yendo al teatro y pagando su abono (una obra "normal" a oidos del profano es, por ejemplo, The Indian Queen; no hay que limitarse al denominado repertorio). El problema, repito, es que Mortier alteró el mix, es decir, en vez de meter poco a poco propuestas novedosas, lo lleno de "rarezas" desplazando a los márgenes de la programación aquello que el público demanda más. Hay excepciones, como el reciente Tristan o Macbeth, donde se juntan ambos extremos; pero esto no ha sido lo habitual.
El tema da mucho juego de debate, y lo seguirá dando cuando Mortier quede lejos.
Recuerde que Lulu fue un fracaso de público, yo leí comentarios de gente que por los pasillos oía: "por amor a la ópera soporto este coñazo" o las deserciones de la sala, mayores que cualquier espectáculo de Mortier exceptuando el concierto de Kurtàg por Christine Schäfer.
Y recuerde los debates que siempre se sustentan en torno a las obras de Glass, Rihm y compañía, siempre de recelo previo a la obra. Por lo menos, debo decir que en los estrenos mundiales Mortier ha elegido bien: autores consagrados, temáticas interesantes.
Al menos debo reconocer que Moral lo hizo todo con más tino: con el ciclo Janacek, Poulenc, incluso las obras de Berg, o el ciclo de Martín y Soler. En proyectos como éste creo que las partes deben poner de su parte y resulta que no lo han hecho ni el público ni el gestor que en su última temporada ha puesto belcanto (y encima del más manido) a regañadientes.
Le entiendo en lo de las obras tradicionales: creo que todos estamos de acuerdo de que con el Don Giovanni dirigido por Tcherniakov todos tocamos el infierno.