He estado viendo los dos primeros actos de
La Traviata reciente de La Scala, y a pesar de todas las críticas adversas que he leído, me parece que lo ùnico interesante es la dirección de Gatti. Del foso es de donde surge una pizca de emoción, de drama y de verdad. El dúo soprano-barítono del segundo acto, si no fuera por la dimensión que le da Gatti, parecería, por lo que se ve en escena, que ambos personajes están jugando al cinquillo o preprando la declaración de la renta. La puesta en escena es una patochada (¡otra más!) del ilustre hijo de la Madre Rusia. Y el trío protagonista tiene poco interés. Lucic, como siempre, pone buenas intenciones, pero con una técnica tan rudimentaria todo queda en un "quiero y no puedo". Beczala es un horror. Ya su primera palabra ("Marchese"), que le pilla en todo el paso, le deja con el culo al aire: sonidos abiertos, notas desperdigadas cada una haciendo la guerra por su cuenta, y un canto completamente desastrado. Su único momento positivo es la
cabaletta del segundo acto, donde el hombre por lo menos, a falta de otra cosa, le echa coraje y ganas. Lo mejor del trío, con mucha diferencia, es Damrau, pero su problema es que se ve obligada a hacer tantas tonterías escénicas que apenas puede prestar atención al canto y a crear un personaje a través de él. El resultado es un fraseo enfático, al borde del histerismo, una gestualidad de mariscal prusiano, y un canto manierista y poco natural. De la conmovedora Violeta de Verdi no queda ni el recuerdo. No pierdo la esperanza de que en el último acto que me queda por ver algo de ella pueda aparecer

.