
Hoy me he embarcado en la máquina del tiempo para recuperar esta función triestina de 1966. Vista con la perspectiva del mundo operístico de hoy, parece que hayan pasado 500 años desde que la ópera era así, pero la verdad es que cuando yo empezaba como aficionado al género, hará unos 30 años, una función de ópera era más o menos esto que se puede ver inmortalizado aquí

.
Se trata de una función bipolar, en el sentido de que hay un polo positivo (la soprano D'Angelo, y el bajo Ferrin), y otro negativo (el tenor Saldari, y el barítono Dondi). Gianna d'Angelo era (no ha muerto, que yo sepa, pero está retirada hace mucho) una soprano lírico-ligera de voz cristalina pero con cuerpo, de técnica infalible en el canto acrobático y virtuosístico, de gusto exquisito, y de notable expresividad. De todo ello da suficientes muestras en esta función. Acostumbrados como estamos a que los supuest@s div@s de hoy, para emitir cuatro semicorcheas seguidas, necesiten contorsionarse espasmódicamente y hacer giros de cabeza cual niña de
El Exorcista, es un auténtico gustazo ver a esta señora lanzar trinos,
roulades, sobreagudos, notas picadas y demás acrobacias vocales, como si se limara las uñas. Pero no se trata de ningún milagro imposible, es simplemente técnica.
Agostino Ferrin no fue nunca una estrella, pero era un excelente profesional. Voz más baritonal que de bajo (las notas más graves del papel se le atragantan y quedan un pelín crecidas), de poca personalidad tímbrica, y con ciertas asperezas, pero manejada con mucha inteligencia y sabiduría. Todo lo contrario que Dino Dondi, el clásico barítono de gusto verista, acentos torvos, oscurecimientos absurdos y canto fibroso, sobre todo en la zona aguda. Quien quiera ver la diferencia entre un cantante como Ferrin, con los papeles en regla, un canto ordenado, que busca siempre la redondez y la pastosidad del sonido, y un desalmado vocal (Dondi), con cada nota en un sitio, y un canto vulgar y altisonante, no tiene más que escuchar el famoso dúo
Suoni la tromba. Es como la noche y el día.
El héroe de la función es el tenor Luciano Saldari, un todoterreno de la época, que supuestamente iba suelto por arriba. En realidad, es la caricatura de un tenor: voz empotrada en el pescuezo, canto sofocado y muscular, lleno de sonidos áfonos y de portamentos, y con gusto barriobajero. Su supuesta virtud (el registro agudo) tampoco parece brillar mucho en esta ocasión, porque tiene cierta tendencia a calar. Buenísima, en cambio, la dirección de Arturo Basile: fluida, elástica, con espléndido pulso teatral y narrativo, y un extraordinario sentido de la cantabilidad y del rubato. Y la puesta en escena, por supuesto, es de ésas que Mortier se llevaría a una isla desierta

.