A la faena.
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Mi impresión general fue la de un primer acto bastante flojo, con la excepción de las intervenciones de la Mosuc, un segundo en que la cosa remontó bastante, y un tercero que nunca llegó a alcanzar la altura que merece la música de Verdi.
Por empezar por la cuestión Nucci, a lo mejor todo era previsible, como apunta Naaman, pero el caso es que lo escuché sin ningún juicio previo, porque solo conocía a este cantante por piezas sueltas que tengo en mp3. Su primer acto me pareció muy malo. Lo que creí oír –a expensas de que sus admiradores me desmientan- fue, entre otros detalles que me molestaron:
- Un fraseo nada verdiano, completamente ausente de legato, abundante en recursos veristas impropios de la obra que se llevaron por delante el Deh, non parlare.
- Una emisión menos liberada que mi tía monja, inflada por recursos que algún entendido explicará y con llamativos cambios de color.
- Una interpretación de las dinámicas bastante alejada de la partitura, con notable desprecio de los reguladores. Algo así como “voy mantenerlo todo lo pianito que pueda hasta que pueda meter el pepinazo que los deje patitiesos”.
- Una tendencia sistemática a acortar las frases que trajo de cabeza a la Mosuc y dejó todavía más en evidencia los tempi somnolientos de Gómez Martínez.
Luego empezó el segundo acto y se produjo la transformación. El dúo del
Solo per me l’infamia lo cantó con impecable
legato, preparando el ambiente, y bordó una
Vendetta llena de dramatismo, pero con sonidos redondos, plenos, una gran interpretación aunque a mi juicio no merecedora del bis. A partir de ahí, Nucci volvió a las andadas pero con bastante más discreción, llegando casi a desaparecer en el cuarteto.
Elena Mosuc me ha parecido una gran belcantista. Fue la gran protagonista del primer acto y nos brindó un inolvidable
Caro nome, con sonidos bellísimos y recursos espectaculares, quizás excesivos para la sencillez del personaje. En los pasajes más patéticos no me convenció tanto. Salió tras el descanso con la voz un poco velada, no anduvo muy convincente en
Tutte le feste al tempio y hubo que esperar al acto final para que volviera a brillar. De todas formas, lo mejor de la función, con pocas dudas. En cuanto a Ismael Jordi, tampoco es un cantante al que le augure un gran futuro en repertorio verdiano: más bien un quasi contraltino –perdón por la exageración- de timbre para mí algo ingrato, falto de temperamento y con algunos agudos no muy bien terminados. Sin embargo, el respetable fue con él especialmente severo y no premió sus otras cualidades: línea de canto impecable, matizada y buena proyección. Comenzó bastante mal, frío e inseguro, pero fue de menos a más. Sabedor de sus puntos débiles, echó el resto en
Ella mi fu rapita, pero después del
Parmi veder bajó la guardia y el
Possente amor le quedó exangüe. En el tercer acto dibujó un Duque frívolo y casi ingenuo que no convenció a los
tiffosi.
El resto del reparto no pasó de discreto, lo que al parecer tampoco cuenta mucho. Kurt Gysen fue un Monterone completamente insuficiente, Felipe Bou dio poco más que el Fa correspondiente y María José Montiel, voz feota y diría que algo entubada, le echó temperamento y cantó más que dignamente en el cuarteto.
Como esto ya es un rollo indigesto, me limitaré a añadir que la parte instrumental fue tan falta de nervio como poco matizada en la dirección, con algún problema de afinación y desajustes varios que imagino se pueden ir corrigiendo en funciones posteriores (lo primero lo dudo mucho). La puesta en escena, anodina: algunos apuntes sin desarrollar o echados a perder (la escena del rapto, en que al final se llevan… la casa), minimalismo (el encuentro entre Rigoletto y Sparafucile) o ilustraciones discretas en que se elude cualquier aportación comprometida (todo el último acto).
Hace algunos años, habría salido del teatro enfadado. El sábado, en cambio, disfrute de lo bueno que hubo y me alegré de que tanta gente se sintiera feliz. En serio.