Gran apuesta del Teatro Real para su comienzo de temporada, podría decirse que al cabo de unos cuantos días para que la mente sopese lo visto y escuchado en esta
Conquista de México, la conclusión que (felizmente) se alcanza es la de haberse cumplido las expectativas.
Lo que no deja de resultar un tanto irónico tratándose como se trata de una obra que, ante todo, desafía cualesquiera expectativas habituales que podamos albergar como espectadores acerca del tipo de espectáculo que vamos a presenciar en el teatro de ópera. No son en vano las explicaciones que se facilitan en el cuadernillo informativo del teatro (lástima que no se incluya en esta ocasión el libreto con su original y su traducción) sobre la forma en que la obra, a un nivel profundo, se apoya en el así llamado teatro de la crueldad de Artaud: “un ideal de representación escénica encaminado a suprimir la centralidad de la palabra y de la psicología del personaje (elementos que constituían los cimientos del teatro occidental) y a otorgar un revolucionario papel a la fisiología del actor. En los propósitos de Artaud, el espectáculo teatral se convertía en una suerte de rito mágico donde la acción sobre el escenario buscaba sumir al espectador en un horizonte violentamente anárquico e irracional, liberando las fuerzas ocultas y oscuras que yacían en su subconsciente”, escribe Stefano Russomanno. Es quizá la llave para acceder a una partitura de tan enorme exigencia para el oyente como esta, una obra que podría decirse que solamente de una manera anecdótica se basa en el episodio histórico de la conquista de México (pues en realidad el conflicto que plantea parece ser mucho más abstracto, más intemporal) y que sin embargo solamente de una manera elusiva y reticente permite acceder al espectador a ese nivel anecdótico. En vano se tratará de seguir una historia convencional, aunque la historia convencional esté ahí, como impregnando lo que se ve y escucha. En vano se tratará de valorar el libreto en cuanto narración de una historia, aunque la narración de una historia esté ahí, como estructurando muy a grandes rasgos lo que sucede. Más allá de ese andamiaje, la obra es pura sugestión, pura irracionalidad, pura metáfora. El espectador, desconcertado, tratará de seguir la historia de Montezuma y Cortés, de los aztecas y los españoles, para acabar dándose cuenta mucho después de finalizada la función de lo que en realidad era más bien obvio desde su mismo inicio, que la obra básicamente trata de mostrar un sueño turbio acerca de lo significa el encuentro con lo otro, con lo diferente/próximo, de la violencia y la delicadeza que puede nacer de ese encuentro. Violenta y delicada por turnos, la música de Rihm deslumbra tanto por la riqueza y espectacularidad de la escritura para la percusión (y en general para la orquesta) como por la expresividad de la línea de canto de la soprano protagonista, claramente diferenciado (caracterizado) cada uno de los personajes mediante su respectiva escritura vocal.
La obra, con todo, permanece enigmática: ambigua como el sexo de Montezuma (masculino / femenino / neutro) y la relación que le une con Cortés; casi indescifrable como una estatua azteca. Todo o casi todo lo que verdaderamente importa acerca de ella son las sensaciones que pueda producir en el espectador.

En ocasión como esta, la interpretación de la obra se confunde con la obra misma. Hay que reconocer el gran logro del Real en este aspecto. La propuesta de Audi posee el colorido, el atractivo visual y las dosis de abstracción e intemporalidad que se asocian al estilo de este director de escena, sin dar la sensación en momento alguno de interponerse en el mensaje del compositor ni de imponer un
konzept propio; bien está, y más en este caso. No podría ahora mismo imaginarme esta obra con otras imágenes. De extraordinario mérito la actuación de orquesta y coro. De bastante mayor interés el primer reparto que el segundo, tanto por la incisividad y contundencia de Nigl en el declamado de su texto como por la intensidad y la emotividad de Michael, cuyas heterodoxias canoras ahí están, pero no perturban en esta ocasión.
La fracción más creativa del público del Real aderezó la función con interesantes efectos percusivos de carácter aleatorio (golpes de las puertas en doble o triple
forte, al salir del recinto durante la representación) que no aparecen reflejados, al menos de manera expresa, en la partitura de Rihm. Al final, hubo algunos bravos aislados (hacia la soprano, hacia el director musical, hacia la obra misma), algunos aplausos silenciosos procedentes (se supone) de la
mayoría silenciosa, y algunos abucheos aislados (hacia la obra misma, hacia el hecho de incluirse en el abono, hacia el mundo en general). En general, el espectador no salía muy convencido, pero no es descartable que a estas alturas, o bien en algún momento futuro, a su mente le dé por sopesar lo que vio y escuchó.