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Gran velada la ofrecida ayer por el Teatro Real.
La ocasión era inmejorable. El estreno en España de una de las mejores óperas escritas en la segunda mitad del siglo XX, Die Eroberung von Mexico, o la conquista de México, en castellano.
Estamos ante una obra que es hija de su tiempo. Escrita durante varios años por Wolfgang Rihm, que pensaba estrenarla coincidiendo con los fastos del quinto Centenario del descubrimiento de América. Aunque el libreto, del propio Rihm, está basado en textos de Antonin Artaud, Octavio Paz y elementos populares mexicanos, no se trata de una ópera construida con una mentalidad Romántica. No se presenta un drama lineal, con planteamiento, nudo y desenlace, sino más bien una reflexión sobre el encuentro de dos culturas, dos civilizaciones, y como una de ellas debe morir, para dar paso a algo nuevo, a una fusión de ambas. Y la mayor parte de esa reflexión, está en la música, no en los textos.
Aunque Rihm ha comentado sobre su ópera que todo en ella debe entenderse como canto, como música vocal, mi percepción es básicamente que en Die Eroberung von Mexico, las voces, incluso el resto de la orquesta, es un elemento más de la historia que nos va desgranando una bellísima, maravillosa percusión. Hasta el mismo final de la ópera, las voces de Montezuma y Cortés, y por supuesto el coro, no cobran una personalidad propia, que enuncia la muerte, y la resurrección, de México.
El inicio de la obra es simplemente sublime, llevado por la percusión, a la que se incorporan dos narradores con palabras aztecas y sonidos onomatopéyicos, y que de forma sobrenatural, casi mágica, nos lleva a Centroamérica, en el siglo XVI. A partir del primer "neutro-masculino.femenino", un elemento que va apareciendo y marcando el desarrollo de la ópera, y la entrada de Montezuma, pasamos a la parte central del espectáculo, que se extiende prácticamente hasta el final, y donde las voces de Montezuma (soprano, ayudada por una soprano coloratura y una contralto) y Cortés (barítono, completado con los dos narradores) se desgranan contra el fantástico tapiz orquestal y la constante e imaginativa percusión. Los minutos finales, con la fusión final del coro masculino (España) y el femenino (México), y el dueto entre Montezuma y Cortés, son delicados, muy hermosos, casi etéreos, y un marcado contraste con todo lo que habíamos escuchado hasta el momento.
La disposición de la orquesta (que incluía dos guitarras eléctricas) y los cantantes de refuerzo es también peculiar, pues no se encuentran todos en el foso, sino que se distribuyen entre la audiencia. En el caso del Teatro Real, ocupando palcos de entresuelo, y el palco Real.
Una partitura muy compleja y díficil de interpretar, que sin embargo disfrutamos en condiciones bastante aceptables. Es cierto que suena mejor en el CD publicado, pero se trataba tan sólo de la segunda función. Creo que la labor de Alejo Pérez y la orquesta se puede calificar de buena.
La labor del escenógrafo, la iluminación, el vestuario,... fue visualmente muy satisfactoria. Disfrute mucho con el espectáculo, que además, sobre todo con la aparición de esos extraños esqueletos vegetales, iba como anillo al dedo a la música. Las danzas, en cambio, se antojan un tanto diluidas, y la aparición de Malinche, ese personaje mudo introducido por Rihm, que se supone una metáfora de la incomprensión entre ambas culturas, estaba apropiadamente representado como si fuera un elemento extraído del teatro Nō. En cuanto al drama en sí... no es fácil plasmar una narración tan poco lineal, que se basa más en ideas, en símbolos, que en acciones. Creo que el señor Pierre Audi estuvo bastante cerca de conseguirlo.
Mi admirada Nadja Michael... y digo bien, admirada. Siempre me quedo perplejo ante la capacidad de esta señora para tener la carrera operística que tiene, con semejante voz, y semejante canto. Ayer mismo, temía escuchar sus graznidos. Pero en esta ocasión, más que procedente de un grúido, parecían emitidos por un córvido. En fin, como no soy un ornitólogo a la altura de Messiaen, tampoco puedo precisar más. Dígamos que un pájaro de los avernos cantó Montezuma. ¿Para cuando una ópera protagonizada por soprano y barítono, escrita especialmente para Nadja Michael y Marco Vratogna?.
Georg Nidl cumplió correctamente con su cometido en el papel de Cortés.
Excelente iniciativa del Teatro Real, y del señor Mortier, que además publicó en esta ocasión un folleto de calidad, y lo repartió gratuitamente al público, como debe ser. Espero escuchar otra vez la ópera el día 18, con las voces de Ausrine Stundyte y Holger Falk.
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