Peter Quint escribió:
Lo que yo creo que sí es significativo en este foro es el segmento de opinion de que se rebela ante la presentación del Konzept como un fenómeno artístico que equilibra, o incluso mejora, el panorama resultante de un empleo cada vez más precario de la voz.como instrumento musical en la lírica, o al menos, en importantes sectores de la misma. Y (exagerando) el hecho de que no les guste La serva padrona con un cocodrilo sodomizando a un nazi mientras ni la soprano ni el barítono proyectan la voz, ni les vuelve fanáticos, ni miopes, ni tan idiotas como para no entender el humor de ud. Gino ha opinado de producciones, yo he opinado de producciones, y el día que Tunner opinó de.una producción acabó aquello como el rosario de la aurora.
Tú sí, recuerdo una bonita reflexión sobre el Tannhäuser de Carsen. Por eso no te cité (no porque no haya aprendido de ti, vuelve a preocuparte). Pero ni a Tunner ni a Gino (por poner dos ejemplos) les he leído nunca más de una línea de análisis de una puesta que les haya gustado. Si no se sabe (o no se quiere) analizar y describir lo que gusta, es muy difícil explicar lo que no gusta. No sería más fácil decir que no les interesa o que no tienen desarrollada esa sensibilidad? Yo no disfruto del ballet, ni del béisbol ni tengo oído para lo divino. Asumo mis limitaciones. Pero es que en esa crítica hay mucho más.
No estoy de acuerdo con cómo unes la crisis de voces y el surgimiento del konzept. Son dos fénomenos íntimamente relacionados, pero no del modo en que lo haces. La adaptación definitiva del teatro de director a la ópera se produce en un momento en el que el Domingo, Caballé, Sills, Price, Pavarotti, Freni y Cossotto (selección random de cantantes) mantienen vivo el divismo a la antigua y el esplendor del belcanto; y Karajan reina (en forma de verbo y sustantivo) en Salzburgo, Abbado y Sinopoli divos versión proletaria y Muti divo en versión Gatopardo. No hace falta que nos remontemos a Bayreuth y Wieland Wagner. La generación que hoy es ya clásica (Sellars, Chéreau o Stein) no empieza a revolucionar la vertiente escénica de la ópera porque no hay cantantes, sino como una evolución lógica de unos criterios estéticos que tienen que ver mucho con Wagner o la revolución escenográfica de gente como Appia y Svoboda, pero también con Brecht. Estos directores, además, de cuya sinceridad artística nunca he dudado (no son arrivistas), resucitan una visión de la ópera como tragedia contemporánea que es la por la que yo me he enamorado de este género. Por supuesto, este nacimiento también se puede explicar sociológicamente
Que la
ópera de director, por no seguir diciendo konzept, se haya establecido en los 80 y 90 (de la mano de una generación más joven y radical) como una alternativa sólida a lo anterior sí se puede explicar por la crisis vocal progresiva, pero también con el cansancio con un modelo de ópera cada vez más caduco y alejado de su tiempo, y con el mayor peso de lo audiovisual en nuestra cultura (incluso en el público que lo rechaza). Hoy es cierto que a muchos cantantes les viene genial que el protagonismo se a veces de la escena, y que las críticas de las revistas dediquen tres párrafos a la escena y dos líneas a los cantantes. Pero es un epifenómeno, no una causa. Y claro que hay muchas puestas en escena malas, pero en el momento en que en el debate se citan sistemáticamente éstas o las más polémicas y no los grandes clásicos de la ópera de director. Ahí hay un prejuicio (consciente o por desconocimiento).
Peter Quint escribió:
Sobre el culto a la deconstrucción. Me hace gracia la porfía aguerrida de los relativistas (como una vez en este foro me denominaron iusnaturalista incorpóreo, espero poder llamarles asi) en defender de qué forma nada es inmutable y todo se puede reinterpretar, resemantizar y redefinir. Hace dos meses estrené una obra de teatro aficionado adaptando (muy) libremente Il signor Bruschino, e introduciendo, aparte de más personajes y subtramas, tesis sobre mi yo y mi ahora que no tenían nada que ver con la obra original. Obviamente, yo no dije hacer Bruschino de Rossini, sino "Galtzagorri jaunaren aitatasuna", obra de teatro de Peter Quint con argumento basado en Il signor Bruschino de Rossini, pero en todo caso, creo que estoy libre de sospecha de creencias en la inmutabilidad cuasirreligiosa del arte. Pero cuando oigo estas alabanzas a la deconstrucción resemantizadora, advierto un cambio de eje, del deconstruir para expresar otra cosa distinta a la tradicional, al deconstruir por deconstruir, como si el mismo hecho de borrar significados, entremezclar conceptos y estar deconstruyendo fuese en si mismo un ejercicio libérrimo de autodeterminación. Y el problema es que encuentro ese nihilismo queer tan fanático (o mejor, tan positivista) como aquello que dice combatir. Y eso también tiene una explicación sociológica.
Es curioso leer un párrafo relativista llamando positivista al relativismo. Puede que sea un caso de rizar el rizo
por rizar, utilizando tu expresión.
No creo que haya que deconstruir por sistema. Lo he dicho muchas veces en este foro. Disfruto de puestas en escena ambientales o ilustradoras (realistas o abstractas), como la Kat'a Kabanova de Carsen, la Muerte en Venecia de Warner, el Don Carlos de Bondy, o el Pelléas de Peter Stein. Tampoco creo que toda la ópera de director busca
deconstruir. Y por supuesto, como ya he dicho muchas veces aunque se me siga diciendo lo contrario, no creo que el director de escena tenga ninguna misión sagrada de traducir la obra al espectador actual. Con que me dé su lectura lo mejor que sepa me basta.
Sobre la reinterpretación y resemantización creo que partimos de presupuestos distintos. Yo no creo que se pueda interpretar sin reinterpretar. Y la resemantización no es una opción, sino un hecho mismo de la recepción de cualquier expresión artística. Lo hacemos constantemente al leer Anna Karenina o ver un cuadro de Rembrandt. Y ésa es la esencia del arte, como explica toda teórica estética contemporánea. En la ópera se da el caso que necesitamos muchos intermediarios para disfrutar de ella (cantantes, directores, etc.), y estos artistas (re)interpretan aunque no quieran. Y ya que ese hecho es inevitable, prefiero que los intérpretes sean conscientes de ese proceso. Y si me cuestionan, me iluminan, me provocan por el camino, mejor que mejor.