Para que la fiesta no decaiga...
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«Desde mi puesto de acompañante, más tarde de co-director y finalmente de director, he podido observar en su trabajo a muchos directores de escena, lo cual me ha convencido de que generalmente la falta de talento escénico de los regidores requiere ser compensada por el deseo incontenible de explicar su montaje escénico... deseo que se les concede con demasiada frecuencia. De los regidores que yo más he admirado nunca he leído una sola palabra en ningún lugar. En cambio, los que me parecen detestables utilizan más tiempo en lavar el cerebro de los espectadores, antes de la première, que en realizar su trabajo. En entrevistas muy bien planificadas "descubren" sus ideas, el juicio que les merece el mundo y sus dictámenes metafísiscos, los cuales son recogidos por intelectuales bobalicones que se encargan de transmitirlos. Esto provoca que en la actualidad, en numerosas premières, se crea una situación que nunca debería darse: en escena el objetivo principal es el regidor y no la obra y los interprétes, que son en realidad el centro de la acción y no un concepto más. Este inconveniente podría tener su origen en que actualmente los Teatros de Opera deben montar siempre nuevas producciones ante la falta de nuevas óperas.
»Un gran enjambre de creadores -criados a los pechos de Brecht- se han lanzado, como aves de rapiña, sobre el repertorio operístico creyendo que necesitaba un aporte vitamínico; así, suministran a los más inocentes y honrados dramas musicales infusiones de cambios de época y de inquietudes sociales, para darles un aire de sátira mordaz. Desgraciadamente, tanto a los dotados como a los incompetentes, se les dan excesivas oportunidades de mostrar sus creaciones y así en estos últimos años muchos regidores han hecho una gran carrera sobre las espaldas de un indefenso Mozart o de un indefenso Verdi, en vez de dedicarse a redactar artículos para una revista marxista -y quedarse allí para siempre- cosa que habría sido mucho más razonable.
»Un regidor operístico tendría que tener una única meta: hacer comprensible y seductora la obra que escenifica, tanto para el espectador habitual como para el novato. Tengo algunos ejemplos graciosos que demuestran lo contrario de lo que acabo de decir. Ejemplos de como por el puro capricho de un regidor, escenas vitales, pueden ser destrozadas hasta hacerlas absolutamente incomprensibles
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»La permanencia de un par de docenas de obras maestras que han logrado sobrevivir a la tenaz manipulación a que han sido expuestas, ha desembocado en un gran abuso de estos sistemas. Con los nombres de los charlatanes que incansables invierten mucha energía y mucho dinero ajeno en nuevas producciones, inmaduros engendros de estas mentes enfermizas, se podría llenar una extensa lista de delincuentes
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»La cada vez más extendida falta de prejuicios y la mayor tolerancia de nuestro tiempo nos han llevado a perder la noción de lo correcto y de lo incorrecto. Pienso que las artes plásticas resisten con más fuerza esta general falta de valores. Si alguien osase colocar una barba al David de Miguel Angel en Florencia, la fechoría no tardaría en ser reparada; pero, ante el pujante vandalismo, el mundo de la música parece tener infinita confianza en la supervivencia de sus obras maestras. Los disparates más tendenciosos no logran asesinar el genio de Mozart o de Verdi. Lo que me intranquiliza es que los cantantes no llegen a rechazar estas absurdas direcciones y que el público deba pagar precios vergonzosamente altos por unas representaciones insustanciales y falseadas, por lo que a la larga ésto lo aparte de los Teatros de Opera, que al fin se convierten en bancos de pruebas para bien de un pequeño rebaño de mentes retorcidas».
Estas y otras muchas cosas más decía Erich Leinsdorf en un suculento artículo de autoría propia que puede leerse completo y traducido
aquí.