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Probablemente no sea éste el momento ni el lugar para empezar a discutir a fondo el Siegfried, pero los argumentos que se plantean son tan interesantes que animan a continuar hablando un poquillo más del tema.
Comenzando con lo último que expone Supermaño, es decir, la difícil (y fascinante) perspectiva ideológica, naturalmente es comprensible que por aquí pueda despertarse el recelo si no la repugnancia del melómano de hoy hacia una historia cuyos pliegues oscuros es imposible soslayar. Pero a poco que pensemos sobre el tema, concluiremos que esta es una consideración que se puede extender en mayor o menor medida a prácticamente la totalidad de las obras de Wagner. Cada época ha tenido una obra de Wagner que se entendía que encarnaba de manera especialmente clara y alarmante todo lo que hoy podamos rechazar en la ideología del autor, ya sea Maestros con su torva caricatura de Beckmesser y su perorata final en pro del Deutsche Kunst, ya Lohengrin que no deja de ser otro héroe elegido (aunque al menos sea un héroe melancólico, un caudillo silente y en retirada), ya Siegfried, ya el propio Parsifal. Justamente estos días estoy leyendo (continúo leyendo) The rest is noise, de Alex Ross, que dedica unas líneas a exponer una interpretación de Parsifal desde la perspectiva antisemita que te deja helada la sangre. Con toda esta perorata quiero decir que el problema ideológico que nos plantea Siegfried es el mismo que nos plantea el resto de Wagner, y que para disfrutarlo resulta poco menos que indispensable abstraerse de la ideología del compositor o cuando menos de determinados aspectos de la misma, o como mínimo y más exactamente, abstraerse de lo que sabemos acerca de lo que sucedió después con la utilización y realización material de esa ideología.
Se ha hablado también de la inferioridad de Siegfried, o de sus dos primeros actos, respecto de otros episodios de la Tetralogía, en especial respecto de Die Walküre. Dice Gino que el problema es que los personajes nada nos importan y que carecen del patetismo de las figuras de la jornada precedente. Claro, cuando pienso en la Eneida pienso ante todo en el libro IV, o cuando pienso en Rigoletto pienso ante todo en el acto II. Legítima e incontestable la valoración si se trata de expresar una preferencia personal, su significación resulta sin embargo mucho más relativa si pensamos que Siegfried no es más que una parte de una obra mayor, que como tal fue creada, y que su representación o escucha por separado respecto de las otras tres partes del Anillo es un poco el equivalente a leer por separado el libro VIII de la Eneida y reprocharle su prolijo contenido descriptivo. El Anillo es ante todo una obra épica, por más que albergue remansos líricos importantes. Siegfried es la exposición de un mito y es el scherzo del Anillo, no en el sentido de que posea una intención humorística, sino de que después del lirismo de la primera jornada y antes del gran finale, se necesita un episodio intermedio que nos explique cómo se ha llegado de un mundo dominado por Wotan a uno en que éste permanece ensimismado e inerte en el Walhalla, esperando el final. En ese sentido, es un episodio tan “de paso” y a la vez tan decisivo como el scherzo de la Quinta de Mahler. Y ni la música, ni los personajes, pueden poseer el mismo cariz que en Die Walküre.
Solamente un apunte respecto de Siegfried y Mime, que tengo que marcharme y este mensaje ya es demasiado rollo. Dice Gino que el problema de Mime es que es demasiado grotesco. Lo que a mí me pasa al escuchar Siegfried es que a quien encuentro realmente insoportable, el verdadero malo, es el propio protagonista: incapaz de comprender todo lo que el Nibelungo ha hecho por él, incapaz de responder a otra cosa que no sean sus instintos más inmediatos, incapaz de reconocer la nobleza de su Abuelo, Siegfried es una fuerza no creadora sino destructora, una fuerza ciega traducida con una música ciega, de una energía mecánica, aterradora e industrial como es la de la forja. Frente al ¿héroe? protagonista, mi simpatía wagneriana se inclina por la nobleza de Fafner al expirar, por la tragedia de Wanderer que ha de presenciar el fin de su poder, y por supuesto, por la inocencia y el sentido práctico del único personaje de la obra con el quizá sea posible (a nuestro pesar) identificarse, sobre todo en lo menos elevado, Mime.
_________________ À partir d´un certain âge, la vie devient administrative - surtout (Houellebecq)
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