¡Qué opiniones tan sustanciosas han intercambiado ustedes a propósito del
Sigfrido!
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Para mí, estamos ante una obra grandiosa, con momentos verdaderamente sublimes, pero un escalón por debajo de las otras dos jornadas de la Tetralogía. La razón podría ser su falta de entidad como obra independiente y su problemático encaje en
Der Ring. Los veinte años que Wagner le dedicó prueban, a mi modesto entender, las dificultades del autor a la hora de aclarar sus ideas al respecto. Creo que, en un primer momento, el planteamiento de Wagner se limitaba a crear una “precuela” de la historia que realmente le interesaba (La muerte de Sigfrido), un prólogo al estilo de
Rheingold respecto a
Der Ring. A medida que avanzaba, su interés se fue desplazando en otras direcciones: la relación Wotan-Brunilda, la dialéctica entre los personajes de los distintos mundos, etc. Todo ello deja su huella en
Siegfried donde, a pesar del título, el protagonista nunca termina de cobrar entidad ni dramática ni musical. En el primer acto, el personaje es enfocado a través de los ojos de Mime, cuyo conflicto acaba siendo –como bien apuntaba Alberich- el eje de toda la primera parte, con la agravante –y en eso coincido con Gino- de que se trata quizás del “malo” menos interesante de todo
El anillo. En el segundo acto, el centro de atención se desplaza a Wotan, pero su condición como Caminante no cobra sentido si prescindimos de lo que le ha ocurrido y le va a ocurrir fuera de la historia que se nos está contando. Por eso el episodio de los acertijos y en general toda la parte central de la ópera nos parece a muchos lo más flojo de la Tetralogía. Lo que ocurre es que lo que compuso Wagner a partir del último parón creativo es tan espléndido que compensa.
Otro aspecto que a algunos nos incomoda bastante en
Siegfried es el ideológico, sugerido por Gakugeki. En pocos momentos de la obra wagneriana hay que hacer tanto de tripas corazón como en los diálogos entre Mime y su hijo adoptivo, donde el componente racial del "redentor" desvela toda su importancia. Esa toxina queda ahí, instilada en el cuerpo de la creación artística y no es extraño que la ópera termine como termina. En efecto, las líneas del racismo y de la sexualidad tienden a encontrarse en un horizonte de incesto, como Wagner terminó asumiendo en la primera jornada de
El anillo. En este sentido, lo del descubrimiento de Brunilda puede resultar gracioso, pero es un efecto hilarante no previsto por el autor, como diría aquel. Desde luego, la música, que es siempre lo que da sentido a una ópera, no puede tomar el episodio más en serio, para desazón de los wagnerianos con sentido común.